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lunes, 20 de octubre de 2008

No es país para facebooks (3): avisos en Izal

El pueblecito salacenco de Izal está en el fondo de un circo montañoso, al que sólo se puede entrar por un desfiladero. Es una aldea pequeña, aislada, pero conserva una arquitectura imponente: un conjunto de casonas de piedra con puertas doveladas y ventanas geminadas, y el único hórreo de todo el valle. Estaba fotografiando una de las casas cuando apareció el dueño, un hombre de unos 70 años.


-(Carraspeo). Qué casa tan bonita.
-Bah, yo le prendía fuego.
-¿Y eso?
-Bah...
-Pero menudos muros, y menuda puerta tiene, con ese arco. Y esa ventana es señal de que la casa es buena, ¿eh?, una casa noble...
-Antes la ventana era una ventana doble, porque tenía un pilarico de piedra en medio. Ya ves que le falta, ¿no? [Recordé dos de mis palabras favoritas: parteluz y ajimez, que además dan muchos puntos en el scrabble]. Hace años, en esa habitación hicimos una cocina y entonces a la ventana le rompimos el pilarico del medio para que entrara más luz. Antes no se le daba importancia a estas cosas. Algún día lo volveré a poner, que ya se ve que es una cosa valiosa.
-Sí, la ventana es muy bonita.
-Lo que importa es que de la ventana para adentro haya comida.

Después de visitar Izal quería subir a la ermita de Nuestra Señora de Arburúa, del siglo XVI, colgada 400 metros sobre el valle de Salazar, un mirador estupendo.


(A la izquierda y abajo, el pueblo de Izal. A la derecha y arriba, la ermita de Arburúa. Haced clic para ampliar la imagen)

A la entrada del pueblo había visto una pista hacia Arburúa y pregunté al hombre qué tal estaba ese camino.

-¿Tienes un todoterreno?
-No, una furgoneta vieja.
-Bueno, la pista es de piedra y le han hecho unas zanjas para que corra el agua, pero si vas despacio y metiendo las ruedas con cuidado, yo creo que podrás subir.
Interviene otro vecino:
-¿Tú no subiste una vez con el doscaballos?
-Sí, hace años.
-Bueno -digo yo-, pues si usted subió con el doscaballos yo creo que podré subir con la furgoneta.
-Claro que sí. Lo único, cuando llegues a la ermita, pega un campanazo para que sepamos que has llegado.

Me metí por la pista y empecé a subir en primera por una cuesta de grava muy empinada y plagada de pedruscos y socavones. Qué digo socavones, si en alguno de esos agujeros yo creo que podría vivir una familia. A los cien metros ya me había asustado. Temía pegarle un golpetazo a los bajos o atascar las ruedas en alguna de las zanjas estrechas. Pensé que la furgoneta se iba a quedar allí para siempre. Pero tampoco podía darme la vuelta, porque el camino era estrecho y asomado a un pequeño talud, así que seguí para arriba, sudando frío, y recorrí medio kilómetro eterno hasta que encontré un pequeño ensanchamiento de la pista, lo justo para maniobrar -muchas veces- y dar la vuelta. Aparqué la furgoneta bien arrimada al talud, mirando pista abajo, y eché a andar hacia la ermita. El camino tampoco era tan largo como me habían dicho: bastaba una hora y cuarto para subir y bajar andando, entre pinos, robles y bojes.

A la ermita de Arburúa, renovada y reluciente, llegan el primer domingo de junio las procesiones de los siete pueblos del sur de Salazar (Uscarrés, Igal, Izal, Güesa, Iciz, Gallués y Ripalda). Por eso le llaman la romería de las Siete Cruces. Pasé veinte minutos en la cumbre, contando cuántos de esos pueblos se podían ver desparramados por el valle, contemplando el arranque de los Pirineos hacia el norte y la sierra de Arangoiti hacia el sur. Luego recordé que debía mandarles el mensaje de mi supervivencia a los dos hombres de Izal y me conecté al wifi de Arburúa (siempre tiene cobertura): tiré del cable y pegué tres campanazos alegres que resonaron de ladera a ladera en el circo de Izal.


(El messenger de Arburúa)

domingo, 19 de octubre de 2008

Abodi (2), el tercer versículo

Luego se retiró la niebla y aparecieron los bosques.







viernes, 17 de octubre de 2008

Abodi (1): paseo de la luna al sol

Ayer a las ocho de la mañana caminé por los altos de Abodi (altitud: 1.400-1.500 metros) y a mi espalda quedaba la luna llena. A esas horas ya estaba lejana y pequeña, pero durante la noche, vista desde el ventanuco de la furgoneta, parecía un gigantesco anuncio de queso roncalés brillando sobre los Pirineos.


Delante de mí estaba el sol, peleando por asomar entre la niebla.


A mi izquierda, los fiordos de niebla que inundaban la selva de Irati.


Ayer en Abodi a las ocho de la mañana, caminando entre la luna y el sol, palpando con las botas las praderas empapadas y mullidas, empecé a sentirme ligero, muy ligero, tan ligero que me parecía flotar. Creí que iba a volar pero en realidad era un leve bajón de azúcar. Apenas había desayunado una pera y un melocotón antes de echar a andar, y mi organismo es de alto consumo energético (el término científico es tragaldabas). Paré un momento, comí dos barritas de cereales y dos puñados de pasas sultanas, y caminé hasta el collado de las Alforjas (1.430 metros), donde un poste me indicó el camino para pasar, agachando un poco la cabeza, entre el cielo y la tierra.

sábado, 11 de octubre de 2008

La mejor comida del año

El miércoles al mediodía recorrí los hayedos de Lauzaran (foto 1), bajé al barranco de Itolatz, subí a buscar el castillo de Arlekia (foto 2: unos enigmáticos muros medio derruidos, camuflados entre la vegetación como una ruina camboyana, que posiblemente datan de tiempos romanos) y bajé de nuevo hacia los restos de la Real Fábrica de Municiones de Hierro de Orbaizeta.




En Lauzaran, y antes en Azpegi y en Harpea, me habían caído chaparrones esporádicos durante toda la mañana. Cuando bajaba de Arlekia, ya a las dos de la tarde, empezó a jarrear. Llegué corriendo bajo el diluvio a la plaza de la Fábrica de Orbaizeta y me metí en la furgo. Me quité toda la ropa mojada por lluvias y sudores, me puse ropa seca, saqué el hornillo y un cazo, y calenté el potaje de lentejas preparado la víspera en la olla exprés.


Después de comer, coloqué las tablas y las colchonetas, me tumbé, me arropé con el saco y me quedé frito quince o veinte minutos. Me desperté con el repiqueteo del chaparrón sobre el techo de la furgoneta y en ese momento no deseé nada más.

lunes, 29 de septiembre de 2008

No es país para facebooks (2)

Ayer domingo, a media mañana, salí de casa para dar un paseo. Tenía muy reciente el texto sobre Jaizkibel y el posterior debate, así que me entraron ganas de recorrer aquellos escenarios: subí desde Lezo hasta el primer torreón, pasé por el Fuerte de Lord John, bajé en picado a Pasajes de San Juan, me acerqué a la bocana de la bahía, subí al gran semáforo de Talaia y recorrí la cresta vertiginosa sobre los acantilados de Arrokaundieta. También tenía muy reciente el relato de Eresfea sobre el encuentro tan vasco de dos montañeros.

Subía por un paso aéreo de la cresta cuando me encontré con un hombre barbudo de unos 60 años que bajaba. Se paró a saludarme, "zer, buelta bat ematen?", y me preguntó qué recorrido quería hacer. Le expliqué que estaba dando un paseo breve. "Ah, es que hay gente que quiere ir por la ruta litoral hasta Hondarribia y creen que tardarán cuatro horas. Y se tardan nueve. Habría que poner un cartel en Pasajes, para avisar".

Vi a aquel hombre tan pendiente de los paseantes que se me encendió una bombilla: "Ez zara Miguel Lujanbio izango, ezta?". El hombre se rió, sorprendido: sí, era Miguel Lujanbio.

Yo sabía que un tal Miguel Lujanbio, del Club Vasco de Camping, se había tomado la tremenda tarea de señalizar con trazos de pintura blanca y verde la ruta litoral de Jaizkibel, desde Pasajes hasta Hondarribia (veintipico kilómetros de caminata por un litoral salvaje, por un itinerario tan quebrado y tan plagado de repechones que acaba sumando 1.500 metros de desnivel: un palizón). Le dije a Miguel que estaba agradecidísimo por su trabajo. Le expliqué que yo era periodista, que la revista Euskal Herria me había encargado que recorriera toda la costa vasca a pie, desde Baiona hasta Muskiz, para escribir una guía, y que el pasado invierno había caminado desde Hondarribia hasta Pasajes siguiendo sus marcas. Le pregunté una curiosidad: cuando yo recorrí este tramo, la señal que indicaba la ruta consistía en un trazo blanco y otro verde; ahora, los dos trazos son siempre blancos (como ya me avisaron Patxi y Eresfea hace unas semanas). Las marcas de pintura para indicar rutas están homologadas: los trazos blancos y verdes se emplean para las rutas SL ("sendero local"). Así que la Federación Vasca de Montaña pidió a Miguel que, si podía ser, cambiara esos colores para no confundir a la gente. El bueno de Miguel se recorrió de nuevo todo el litoral y pintó un trazo blanco encima de cada trazo verde, durante veintipico kilómetros, de roca en roca, de tronco en tronco.

Le dije que me gustaría enviarle un ejemplar de la revista Euskal Herria y, cuando salga en diciembre, un ejemplar del libro Trekking de la costa vasca. Saqué un bolígrafo y el libro que llevaba en la mochila. Miguel escribió sus señas en la guarda de Al este del edén. Para que me entendáis los cibernautas, digamos que lo enlacé en mi (face)book. Después me dijo que había hecho un pequeño montaje de fotos de Jaizkibel, acompañadas de música, y que me daría una copia en un dvd. Mencionó algunos bares de Lezo, para saber cuál quedaba más cerca de mi casa, y yo le dije entusiasmado que sí, que podíamos quedar algún día de éstos.

-No, no -me cortó-. Yo no suelo ir por allá. Es que mi hija va a menudo a Lezo y te lo puede dejar allí mismo. Dame tu teléfono, si quieres, y te avisaré cuando lo deje en algún bar.

Nos despedimos, muy contentos los dos por habernos conocido. Y nos citamos de una manera imprecisa: ya nos encontraremos por estos caminos algún otro día...

Me acordé de Eresfea y del montañero de Gaintza con el que se ha encontrado tres veces en tres años. Pensé que le llevo ventaja, porque al primer encuentro yo ya he intercambiado las señas y el teléfono, pero también pensé que quizá pase otro par de años hasta que me cruce con Miguel. Y le copié la conclusión: lo más importante es que esta vez nos hemos presentado.

* * *

Sigo copiando a Eresfea. Esta vez, un texto que escribió hace unos meses sobre los hitos.

"En la montaña, a veces, la senda no está bien dibujada. Entonces se agradece la guía de los montoncitos de piedras, los hitos que los franceses llaman cairn.

Tengo una extraña confianza en los hitos. Aunque se desvíen de la mejor ruta, señalan el camino que otro hizo, el que tú reafirmas con tus pasos; marcan, también, la preocupación de otro por los pasos de los demás. Son montones de generosidad".

* * *


(Ya publiqué esta foto hace meses, cuando recorrí el litoral de Jaizkibel con Xabier Igoa. Esta vez, en lugar de fijaros en las habilidades acrobáticas de Xabier, mirad la marca de pintura blanca y verde que indica la ruta: es la huella generosa de Miguel Lujanbio).

jueves, 25 de septiembre de 2008

Jaizkibel en una tabla excel

La semana pasada hice cuatro escapadas en cinco días. El miércoles, paseo por el valle de Ollo:



(Más fotos de Ollo)


El jueves, paseo por Las Bardenas:



(Más fotos de Las Bardenas)

El sábado, jornada de trabajo a bordo de un velero, por los acantilados de La Galea, Sopelana, Plentzia (sí, sí, de trabajo):


El domingo, paseo por el valle del Baztán:



(Más fotos del Baztán y el Bidasoa)

La mayoría de los habitantes del mundo tendría que recorrer cientos o miles de kilómetros para encadenar paisajes tan variados como estos cuatro. Nosotros podemos visitarlos uno tras otro, en días consecutivos, incluso durmiendo todas las noches en casa. Es un privilegio en el que pocas veces reparamos. Y no nos corresponde ningún mérito. No hemos hecho nada para merecerlo.

Sí que se nos puede juzgar por una cosa: cómo cuidamos o descuidamos este pedazo de tierra que nos ha tocado. Y debemos reconocer que somos bastante buenos destrozándolo. Nuestros ríos fueron cloacas tóxicas durante décadas, convertimos las riberas en almacenes industriales, esquilmamos el mar, arrancamos los bosques para sustituirlos por extensiones de pinos insignis y eucaliptos... Eso sí: ganamos mucha pasta.

Ahora le toca al litoral de Jaizkibel, el tramo más salvaje y solitario de toda la costa vasca: acantilados de vértigo, valles profundos, calas recoletas, laberintos rocosos, rasas litorales, esculturas de arenisca erosionada... Es un paraíso tan cercano como ignorado. Y claro: ojos que no ven, excavadora que no siente. Dentro de un par de años habrán destruido buena parte de esa costa para construir un superpuerto que sustituya o complemente al puerto de la bahía de Pasajes.

Las autoridades impulsoras del proyecto miden la realidad en euros y por tanto el asunto está clarísimo: en un platillo de la balanza hay desarrollo económico (es decir: pasta, mucha pasta) y en el otro platillo sólo hay espacios como el de la siguiente foto, cuyo valor en una tabla excel es evidentemente cero.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Senderos estrechos


"Nos fuimos a América porque la vida aquí estaba muy difícil. Pero la de allí no resultó mucho mejor. Éramos muy jóvenes, nos daban dos mil ovejas y varios burros y nos mandaban a caminar solos por el desierto de Nevada durante dos meses. Buscábamos un árbol para dormir. Nos levantábamos a las cinco de la mañana para cocer pan, abríamos un agujero de medio metro en la tierra, lo calentábamos, hacíamos la masa y le añadíamos la levadura. En verano subíamos con los rebaños a la sierra. Era una vida muy triste. Todo el día solo: yo hablaba y yo mismo me respondía. Por suerte eso se acabó. Ahora aquí en casa se vive muy bien, mejor que en América. Nosotros hemos andado por senderos muy estrechos antes de alcanzar los caminos anchos".

Son palabras de uno de los pastores que ayer se juntaron en Elizondo. El Amerikanoen Biltzarra (reunión de americanos) homenajeó a varios cientos de pastores, casi todos baztaneses y bajonavarros, de Elizondo, Sunbilla, Aldudes, Baigorri, Esterentzubi, Ortzaize o Valcarlos, que hace cuarenta o cincuenta años emigraron a California, Nevada y Arizona. Ayer montaron en Elizondo un ardi kanpo o euskal sheep camp, con sus carretas y sus tiendas, con un cercado donde esquilaron ovejas, y varios de ellos subieron al tablado para contar sus peripecias pastoriles y para saludarse unos a otros, preferentemente en inglés y en euskera, con un poco de español y francés.





(En la foto, un hombre mira en el mapa de Arizona la localización de los sheep camps dirigidos por pastores vascos. La lista suma 36 sheep camps: los de Gin Echamendi, Juan Bautista Echamendi, Antonio Manterola, Miguel Ojaco, Pierre Poket, Gin Arriaga, Fermin Echeberria, Arganes el Largo, Auza Broders, Izidoro Otondo, Basilio Aja, Esteben Uriz, Martín Sarratea...).

Después llegó el turno de los reencuentros. Édouard, de Ortzaize, pidió el micrófono para preguntar si entre el público estaba Casimiro, de Lekarotz, con quien había compartido un sheep camp en California en 1961. No apareció. Cinco hermanos de Ituren buscaban a Antonio Telleri, de Valcarlos, 35 años después de trabajar con él en Arizona. Beltrán preguntaba por Bautista, de Arraioz. Algunos aparecían y otros no.

Estos dos de la siguiente foto sí se reencontraron: habían pastoreado juntos en 1966 y no volvieron a verse hasta ayer.


viernes, 19 de septiembre de 2008

Cien mil ovejas entran en Las Bardenas

Como viene ocurriendo en los últimos 1.126 años, los pastores que bajan del Pirineo llegaron ayer con sus ovejas a las Bardenas, donde pastarán hasta principios de mayo.

Encontramos a José Antonio, el penúltimo trashumante, y charlamos un rato con él. Recordaba al detalle el día en que aparecimos con la vespa por las Bardenas y le conocimos, hace dos años.

Aquí van cuatro fotos (la segunda merece un clic) y un fragmento de conversación captados ayer a las ocho de la mañana, en El Paso, durante la entrada de los rebaños.








El fragmento: "Yo me fui a Pamplona en el año 71, y en estos 33 años (sic) no les he envidiado nunca nada. Que andan ahogados, que no tienen tiempo ni para ir a una boda".

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Ya vienen los roncaleses

Con las primeras luces del 18 de septiembre, varias docenas de pastores y miles de ovejas se juntan en El Paso, cerca de Carcastillo. Han caminado cinco, seis o siete jornadas desde los valles pirenaicos de Roncal y Salazar y esperan a que el cabo de Guardas -o la autoridad de turno- pegue un tiro al aire con la carabina para anunciar la apertura de las Bardenas. Después los rebaños empiezan a entrar en esta inmensa estepa, donde pastarán hasta principios de mayo, como bien dice la jota:

A la Bardena del Rey
ya vienen los roncaleses
a comer migas con sebo
por lo menos siete meses.

Y para allá vamos nosotros: una cuadrilla de parados, funcionarios y autónomos relajados, dispuestos a pasar el miércoles y el jueves barzoneando por montañas, valles y estepas de Navarra, con la única condición de estar el jueves a las 8 de la mañana en El Paso. A última hora se han incorporado a la expedición una madre y una tía (ambas superan los 60 tacos y llevan más marcha que todos los treintañeros juntos). El campamento nocturno lo formarán una furgoneta melonera de 18 años -la mía-, un elegante Mercedes de 27 años -el de Josema- y cuatro tiendas de campaña.

Además de ver la entrada de los rebaños a Las Bardenas, tengo un interés especial en encontrar a José Antonio Ballent, que no es roncalés sino salacenco.


A José Antonio lo conocimos Josema y yo a finales de abril de 2006 en las primeras etapas de Vespaña, cuando le faltaban pocos días para echar a andar hacia los Pirineos. Nos cruzamos con él, nos saludamos y estuvimos de cháchara más de una hora. Escribí un perfil suyo. He fotocopiado el texto, lo he plastificado y me gustaría entregárselo el próximo jueves.

El penúltimo trashumante

José Antonio Ballent Urrutia lleva 53 años, desde los 14 hasta los 67, caminando con sus ovejas por una ruta prehistórica: de los Pirineos a las Bardenas en septiembre, de las Bardenas a los Pirineos en mayo. Ahora, cada vez más, las ovejas se quedan todo el año en las corralizas en lugar de subir a la montaña. Los pastores más pesimistas auguran que dentro de diez años nadie recorrerá las cañadas. Y el propio José Antonio, con dos prótesis en las rodillas, dice que ya no le quedan muchos viajes. Pero todavía se juntan cien mil ovejas en las Bardenas y todavía quedan motivos para que José Antonio cuide su rebaño todos los días: “Tengo que ayudar a mi hijo, que le ha cogido gusto al oficio”.

Podéis leer el perfil completo de Ballent, tal y como aparecerá en el libro Cuidadores de mundos (subtítulo del libro: El biógrafo de los pedruscos, el constructor de calaveras, el hombre de las doscientas fuentes y otras memorias vivas del País Vasco y Navarra). Publicaré el libro en noviembre con la editorial Altaïr.

miércoles, 23 de abril de 2008

Noches silvestres

Tengo un criterio para medir si un año ha sido mejor o peor: el número de noches dormidas en tienda de campaña, en la furgoneta o al raso. Cuantas más noches silvestres, mejor año.

Fotos: 1) Despertar en Vespaña, en aquel gran 2006 con más de cuarenta acampadas. 2) Desayuno bufet en la furgoneta, hace un par de semanas.

Este año promete veinte o treinta acampadas como mínimo. Buena señal.




lunes, 14 de abril de 2008

Xoldokogaina


También me gustan los montes sosos. Los que no seducen a nadie, los que nunca escogeríamos para una excursión mañanera, los que no tienen leyendas ni tradiciones ni romerías ni ermitas, los que no presentan formas atractivas ni siluetas identificables, los que no pasan de ser una joroba anónima en el relieve.

Josema llevaba un par de meses obsesionado con una montañita redondeada que se ve desde la frontera de Behobia, justo al otro lado del Bidasoa, encima del pueblecito de Biriatou. Veíamos esa colina fea y pelada desde Jaizkibel, desde Hondarribia, desde Gaintxurizketa, y siempre decíamos: oye, pues es bastante grande, cómo se llamará, por dónde se subirá. Lo descubrimos en el mapa: Xoldokogaina, 486 metros. Que no son muchos metros, vale, pero es la última montaña del Pirineo antes de que la cordillera desaparezca bajo el Atlántico. O la primera que emerge. No es poco.

Este domingo fuimos en moto a Biriatou y echamos a andar hacia Xoldokogaina. Lo bueno de los montes sosos es que las expectativas son mínimas. Cuando bajábamos de regreso a la moto, después de un paseo relajadísimo de un par de horas, Josema preguntó: ¿nos ha dado lo que esperábamos? Respuesta simultánea: ¡mucho más!

En las laderas de Xoldokogaina vimos un potrillo recién nacido, tambaleante, y a la yegua con las patas traseras y la cola aún teñidas de sangre reciente y reluciente. Gracias al fuerte viento en contra, sorprendimos entre argomas a un par de perdices -si nuestra ignorancia ornitológica no nos confunde- que primero corretearon nerviosas hasta otra zona de arbustos y al final echaron a volar con un aleteo estruendoso. Y desde la amplia meseta de la cumbre vimos desde la infinita línea arenosa de las Landas hasta el lejano Udalaitz, en la muga con Vizcaya -qué minúsculo es el paisito-; y a nuestros pies, una panorámica Google Earth de la costa labortana, los últimos meandros del Bidasoa antes de desembocar en la bahía de Txingudi, las ciudades de Hondarribia, Irún y Hendaia, el gran lomo de saurio del monte Jaizkibel... No es mucho. Pero ya estamos pensando en el siguiente monte fácil, cercano y soso. ¿Onddi, Urdaburu, Igoin, Txoritokieta?

jueves, 10 de abril de 2008

Paseo por Leitzarán

Hace unos días hablábamos de Xabier Cabezón, uno de los pequeños guardianes del mundo, y sus treinta años de pesquisas por los rincones más remotos del Leitzarán. Aquí está el paseo fugaz que enseñamos en la tele, con algunos de los viejos tesoros del valle. Las explicaciones las dio su hijo Unai.

domingo, 6 de abril de 2008

Desguace cantábrico

Más historias sobre la fuerza del mar. Ayer recorrimos parte del litoral de Jaizkibel, desde Erentzin hasta Artzu, y bajo las praderas de Marla encontramos los restos del Maro. Este buque de 96 metros de eslora encalló el pasado 6 de marzo, en un día de calma chicha, y a los pocos días un temporal lo partió en varios pedazos. Aquí podéis ver el castillo de proa y el puente. Toda la parte central del buque está hundida (en la primera foto, justo detrás del castillo de proa, se puede intuir una franja rojiza que corresponde a uno de esos pedazos sumergidos).




En los últimas semanas alguna gente ha subido por su cuenta y riesgo a los restos del Maro para llevarse cables, piezas y chatarra. Ayer una cuadrilla de trabajadores se afanaba con tirolinas y un tractor para sacar los materiales contaminantes y los valiosos. El desguace completo va a ser una tarea de hormigas durante muchas semanas.

Un tal Manolocanada colgó en youtube este vídeo impresionante. A partir del minuto 1:20, el oleaje empieza a despedazar el buque como si fuera de barquillo.

jueves, 3 de abril de 2008

¡Ya vuelven!


En la noche del 12 al 13 de agosto de 1912 se formó una galerna brutal a cincuenta millas de la costa vizcaína, justo donde faenaba la mayor parte de la flota pesquera del territorio. El temporal mandó a pique diecisiete barcos y murieron 143 marineros, cuyos cuerpos jamás se encontraron. De esos 143 muertos, 116 eran de Bermeo.

Este conjunto de esculturas mira al mar desde el puerto de Bermeo. Representan a la mujer de un marinero, sus dos hijos y su padre (el abuelo), una de tantas familias que durante siglos vivieron oteando el mar con angustia. La escena no corresponde a esa terrible galerna de 1912, porque el conjunto se titula "Badatoz!" (¡Ya vienen!) y aquella vez no volvió nadie.

En esta foto no sale la abuela, que está sentada al lado del abuelo y se tapa la boca con la mano en un gesto de miedo contenido. No sale la abuela porque así pude pillar el gesto del fondo (pinchad y se ampliará). Es una foto con eco.

sábado, 29 de marzo de 2008

Ruinas de Londres y Buenos Aires

En Guipúzcoa se contaban más de cien caseríos bautizados con nombres de lugares remotos. Hay (o había) caseríos llamados Caracas, Habana, Gibraltar, Tetuán, Tánger, Argel (Argel-haundi, Argel-txiki y Argel-etxeberri), Túniz, París, Rodas, Sebastopol, Alejandría, Esparta, Ebro, Toledo, Algarbe o Madriltxo. El más repetido era nada menos que Babilonia: al menos seis caseríos se llamaban así (hoy en día existen caseríos Babilonia en Oiartzun, Usurbil y Albiztur). Aquí hay materia prima para un reportaje.

Esta mañana caminaba por las laderas de Mitxitxola -una pequeña cumbre herbosa del monte Jaizkibel- cuando me he topado con las ruinas de Londres.




(Foto 1: Londres en ruinas. Foto 2: cumbre de Mitxitxola -con un ovni de arenisca posado en la cumbre- vista desde la cocina de Londres).

Entre las ruinas aparece una placa metálica, colocada en 2005 por los miembros de la asociación cultural y deportiva Itsas Mendi, que recoge los versos que un tal Ikur dedicó al caserío en 1933.

Toki berexi baten daukagu / Londres baserri ederra / baserri au egin zanean / non ote zegoan euzkera /andre alargun baten gañ / bertako gora bera / esne arrantza ta berdura / badarki aski saltzera.

(Traducido a botepronto, sin respetar rimas ni métrica: "El hermoso caserío de Londres se levanta en un sitio peculiar. Cuando se construyó este caserío, dónde estaría el euskera. Una viuda se encarga de hacer las tareas. Trae leche, pescado y verduras para vender).

Más adelante, en una pradera asomada a los acantilados de Grankanto, me he encontrado con las ruinas de Buenos Aires (un caserío al que también llamaban Bonazaitza), mucho más antiguas y casi desaparecidas.



Aquí también hay otra placa metálica con versos, esta vez compuestos en el mismo 2005 -cuando colocaron la placa- por un tal Joseba:

Hemeretzigarren gizaldian / betirako txikitua / Bonazaitza baserriak ez du / berriz emango fruitua / Gerretan ohikoa den bezala / edozein antzutua / Bonazaitza erreka, eutsi! / inguru hau piztua.

(A botepronto: "Destruido para siempre en el siglo diecinueve, el caserío Bonazaitza no volverá a dar fruto. Como ocurre en las guerras, todo queda esterilizado. Arroyo de Bonazaitza, mantén con vida este rincón").

Gugleando un poco he leído que estos caseríos costeros fueron expropiados por el Ejército, cuando militarizó las laderas de Jaizkibel (y las quemó unas cuantas veces durante sus maniobras). No tengo más fuentes para regar el reportaje. Esta mañana he preguntado a la guardiana del lugar -la de la foto- si realmente hubo alguna guerra, como dicen los versos, y quién destruyó Buenos Aires. La guardiana ha rumiado un poco la respuesta y me ha dicho: ¡Maaaaaa!

viernes, 21 de marzo de 2008

Bahía de piratas y brujas



Un rincón bastante olvidado de Hendaia: la bahía de Loia. Se sabe que esta ensenada rocosa albergó el primitivo puerto de los hendaiarras, porque consta que en 1680 los marinos hondarribitarras vinieron aquí y robaron dos barcos. La víspera, los hendaiarras habían matado a un hondarribitarra de un arponazo.

También se dice que en este paraje se reunían dos o tres mil personas para celebrar los akelarres más multitudinarios del País Vasco. El recuento quizá se hacía con el mismo método con el que algunos cuentan ahora manifestantes. Al margen de las estimaciones, hay un hecho: la Inquisición quemó a una joven de un caserío cercano, acusada de bruja.

En la segunda foto, Francis y Óscar se asoman a Loia, enmarcados por los postes que aún se emplean en cierto oficio litoral (adivinanza facilita).

Lápidas en el mar

En francés, a estos peñascos de Hendaia se les llama Les Deux Jumeaux (las dos gemelas).

La leyenda dice que las dos rocas fueron lanzadas desde la cumbre de Peñas de Aya por los gentiles (los seres gigantescos que habitaban el País Vasco antes de la llegada del cristianismo).

Los marineros de Hendaia y Hondarribia tenían otro nombre para los peñascos: Dunbarriak (las piedras de la tumba, las lápidas), porque las corrientes arrastraban a los barcos hasta esas rocas y los estrellaban. Hoy nos hemos acercado con la marea baja, cuando la Dunba Zabala (tumba ancha) y Dunba Luzia (tumba larga) no son islotes sino peninsulitas.



viernes, 15 de febrero de 2008

¡Alirón!

Al pueblo viejo de Gallarta se lo tragó la tierra. Carmelo Uriarte, minero jubilado de 75 años, mira al lugar en el que nació y sólo ve un socavón de doce millones de metros cúbicos (equivale a un hueco tan extenso como ocho campos de fútbol y 200 metros de profundidad). En los años 50 descubrieron que debajo de Gallarta se extendía un inmenso yacimiento de hierro y empezaron a comerse el pueblo a golpe de dinamita.

“¡Y no era una aldea!”, dice Uriarte. “Tenía siete mil habitantes, el frontón más grande del País Vasco con 16 números, iglesia, ayuntamiento, varios colegios. Hacia el año 59 o 60 empezaron a trasladar a las familias a otras casas que construyeron más allá, en el Gallarta nuevo, pero algunos seguimos unos años en el pueblo viejo. Vivíamos al borde de la mina y aquello era terrible, todo el día con las explosiones y las polvaredas”.


Las dimensiones de aquella mina al aire libre, bautizada como Concha II, resultan espeluznantes. El borde del socavón está a unos 200 metros de altitud; el fondo, 17 metros bajo el nivel del mar. Todavía más abajo, mucho más abajo, se despliega una impresionante red de galerías: cincuenta kilómetros de pasadizos subterráneos que alcanzan los 205 metros bajo el nivel del mar. Y dentro de ese laberinto existen sesenta cámaras de veinticinco metros de alto por cien de ancho: suficiente para albergar la catedral de Burgos en cada una de ellas. “Fue el mejor criadero de hierro de Europa”, explica Uriarte. “En otros sitios sacaban mineral con una ley del 46 o el 48%. Aquí tenía como mínimo un 58% de hierro”.

El socavón de Concha II sólo es un episodio más en la historia minera de la comarca. Eso sí: es el último episodio, con el que se liquida un oficio que se practicaba en estas tierras desde la prehistoria. La época más frenética se extendió entre finales del XIX y finales del XX, cien años en los que la zona minera de Triano fue uno de los principales yacimientos de hierro de todo el planeta (en algunos años aquí se obtuvo el 10% de toda la producción mundial). Las minas devoraron las montañas y dejaron un paisaje asombroso, plagado de escombreras, ruinas, cortes y cráteres hoy inundados y convertidos en lagos.


Ayer explicamos en la tele algunos recorridos que se pueden hacer por la zona (por ejemplo, el que pasa junto al lago Parkotxa, el de la foto, que no es otra cosa que las entrañas destripadas de un viejo monte. Fijaos en las cumbres del fondo: esa era la altura de la montaña en toda esta zona hace cien años. Se la comieron y ha quedado el circo que veis ahora en la imagen).

El pasado verano escribí un reportaje sobre esta región, con los testimonios de los mineros jubilados y el recuerdo de aquellos que padecieron unas condiciones de trabajo durísimas, rozando la esclavitud (la esperanza de vida llegó a caer por debajo de 30 años), para extraer ese hierro con el que se levantaron las inmensas riquezas de la burguesía bilbaína. Podéis leerlo aquí.

Si el mineral extraído a golpe de dinamita contenía mucho hierro, los mineros cobraban paga extra. Por eso esperaban en las puertas del laboratorio, donde se analizaban químicamente los pedruscos. Y si había buenas noticias, se extendían por toda la mina con un grito triunfal: ¡Alirón! ¡Alirón! Eran las palabras que los químicos británicos habían escrito con una tiza en el mineral: All iron. ¡Todo hierro!

viernes, 11 de enero de 2008

Autostop (1): sólo paran los currelas

En las caminatas costeras de estos días, a menudo termino la etapa en un pueblo por el que no pasa ningún autobús o tren que me devuelva al punto de partida, o lo hace pero cuatro horas más tarde, por lo que he recuperado aquella costumbre de cuando éramos jovenzuelos: el autostop. Si Mercedes Milá monta un gallinero humano y lo presenta como un estudio sociológico, yo no voy a ser menos y ofreceré algunas conclusiones sobre las clases sociales en función de su respuesta ante un dedo pulgar alzado en la cuneta.

En los últimos diez o doce días he hecho dedo tres veces. En el primer caso me recogió un chaval, dueño de un barco pesquero, que iba con su furgoneta a vender el pescado en otro puerto cercano. Vuestro olfato podrá recrear el glamour de aquel vehículo. El chico me contó con detalle las peripecias que había vivido alrededor de una subvención autonómica para renovar su barco, un culebrón digno de mafias rusas en el que se jugaban muchos miles de euros y en el que participaban armadores corruptos, astilleros codiciosos, cófrades indolentes y políticos caraduras. Poco edificante pero muy entretenido.

En el segundo caso paró un cochecito pequeño, en el que viajaban dos maestras que habían terminado la jornada y volvían de la ikastola a casa. Primero se quejaban de que sólo ellas se preocupaban por comprar el café y las galletas para la sala de profesores y luego pasaron varios kilómetros tratando de mejorar el último verso de unas estrofas que cantarían los alumnos el día de Santa Águeda. No me atreví a colaborar.

En el tercer caso me recogió la furgoneta de un mecánico, un hombre que se acercaba a los sesenta años y que había trabajado mucho en el extranjero arreglando los motores de grandes barcos. Le pregunté en qué países había trabajado. Ponedle acento vasco serrao-serrao, para que la respuesta cobre todo su esplendor: “Pues sobre todo en la Micronesia”. ¡La Micronesia! “Sí, en las islas Marshall, en Guam… También en Japón, en Marruecos, en Cuba, en Estados Unidos, en Taiwán…”. La gente es muy amable en todo el mundo, decía. Los estadounidenses son muy educados, los chinos son muy atentos, los micronesios te llevan en sus coches adonde quieras, en Cuba… ay, Cuba es para ir con treinta años, yo fui con cincuenta…

Por tanto, me recogieron un pescador, dos profesoras y un mecánico.

La primera conclusión no os sorprenderá: los ricos nunca paran. Bueno, afinemos: el mecánico ganaba un dineral cada vez que se iba al extranjero, así que no es cuestión de pasta. Quizá tenga que ver con las características de los vehículos y la vestimenta de sus conductores: mis esperanzas como autoestopista están puestas en las furgonetas de reparto, los camiones, los coches de los comerciales, en el conductor que viste un mono de trabajo. Porque vi pasar muchos encorbatados, que serían ejecutivos o directivos o altos cargos, que quizás cobraban menos que el mecánico de barcos, pero conducían audis o bemeuves o mercedes, y cuando veía alguno de éstos abandonaba toda esperanza. Imposible. Los coches de gama alta deben de traer de serie algún inhibidor que les impide detenerse junto a un pulgar alzado. Así que podríamos decir: los audis nunca paran.

Ahora miremos al autostopista, es decir, a mí mismo: un treintañero que va solo, con una mochila, con botas y pantalones manchados de barro reseco. No descartemos que el miedo a manchar la tapicería sea un factor que frena a los conductores de audis. Sé que el mecánico o el pescador no tienen ese miedo, como tampoco lo tendría yo con mi furgoneta melonera, de modo que podemos lanzar otra conclusión tajante y con el mismo rigor que las de Milá: el afán por la limpieza es egoísta.

Espero que la próxima vez el audi de algún ejecutivo me descabalgue todas estas teorías. Pero en el fondo creo que no me apetece. Me acuerdo de las batallitas del pescador, los versos de Santa Águeda y de las andanzas del mecánico por la Micronesia, y apunto otra hipótesis: seguro que los kilómetros con los encorbatados son mucho más aburridos.

miércoles, 9 de enero de 2008

Paseos por la tele: Añana

Como dije hace unas semanas, creo que esto debe de ser una cumbre profesional: ¡me pagan por pasear! Y ahora también en la tele. Desde mañana, jueves 10 de enero, saldré un ratito cada dos semanas en el programa "Horrelakoa da bizitza" (ETB1), para hablar de alguna excursión, algún paseo, alguna visita. No estoy muy seguro, pero creo que se emite desde las 19.40 hasta las 20.25 más o menos, y yo me colaré un ratito, 7-8 minutitos, no sé en qué momento.

Hoy nos hemos ido a Álava para grabar las imágenes de la primera excursión: un paseíto precioso desde Salinas de Añana hasta el lago de Caicedo (el único lago natural del País Vasco). Las salinas componen un paisaje extraordinario, formado por una estructura de terrazas muy ingeniosa que desde hace más de mil años se ha ido extendiendo por las laderas. Ahora que está de moda hacer este tipo de listas, las salinas de Añana merecerían sin ninguna duda un puesto entre las siete maravillas vascas. El pasado verano escribí un reportaje que empieza así:


"El Valle de Añana está completamente aterrazado, desde el manantial de Santa Engracia hasta el fondo de la vaguada. Visto desde lo alto parece una inmensa colmena, una obra construida por insectos: 120.000 metros cuadrados de terrazas, canales, pozos y caminos. Y para mayor asombro, ni un solo clavo sostiene esta arquitectura alucinante. Todo es piedra, madera y arcilla".

El de la foto es Eustaquio Martín, de 80 años, uno de los últimos salineros. Relata cómo era la vida cuando todas las familias del pueblo trabajaban de sol a sol en las salinas.

Si os apetece, podéis leer el reportaje entero.





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