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miércoles, 3 de diciembre de 2008

Patrias

Hoy copio este fragmento de Los sótanos del mundo:

"Aquel chacal moribundo de los orígenes de Yibuti, una versión miserable de la loba romana, murió de hambre de la misma manera en que hoy mueren demasiados yibutíes. Los nómadas, que llevan su patria en la planta de los pies, se las arreglan para malvivir en el puro desierto, a la sombra de una acacia solitaria o en una tienda de ramas y pieles, con una decena de cabras y un par de camellos. Su destino pende de las nubes: necesitan alguna lluvia ocasional que renueve los pozos. Muchas mujeres de las aldeas caminan un par de horas bajo el sol hasta el pozo más cercano, cargan a sus espaldas bidones de veinte litros y regresan. Los náufragos de la ciudad, a su vez, se apelotonan en estos suburbios, donde la porquería de las calles apesta y las familias con una decena de hijos consagran el día a su único objetivo: escarbar en la desolación en busca de algo para comer, una batalla desesperante que se reanuda todos los días. Los adultos distraen el hambre mascando hojas de kat. Los bebés mueren deshidratados por las diarreas. En el país más tórrido del mundo los niños y las cabras se disputan el agua en las mismas latas oxidadas.

Uno de cada siete niños muere en sus primeros años de vida. Un adulto de 50 años está ya desdentado, tuerto o cojo, es un anciano con los días contados. La esperanza de vida para los hombres se planta en los 49,01 años, con el retintín de ese 0,01 que recuerda a una condena: 49 años y un día. En las listas que miden el bienestar de las naciones, Yibuti siempre merodea el farolillo rojo.

Sin embargo, en el paseo me acompaña una nube de niños alegres. Entre sus risas se cuela una estadística que taladra las sienes: dos o tres de ellos morirán antes de crecer metro y medio. Una vacuna lo evitaría por cuatro duros. Los adultos -analfabetos, esqueléticos, mutilados- se acercan a chocarme los cinco y sacan una sonrisa de piano. Son todo muñones: cicatrices de las minas o de infecciones cortadas por lo sano. Ellos, al menos, son los orgullosos supervivientes que aún podrán vivir los cinco o diez años más que les promete la estadística. Un niño flaco y espabilado arrebata la cáscara de mango que chupaba una cabra y la apura a lengüetazos.

En mi patria, según decimos, somos los que mejor comemos del mundo. Comemos en abundancia y con pausa. Entre los aperitivos y el primer plato, algunos tienen tiempo para convencerse de que la patria es mérito. En los postres se brinda y solemos cantar.

Quien viaja tiene que intentar hacerse daño. Yo, al menos, tengo que viajar para que los orgullos de mi tierra me duelan como es necesario".

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Antxon Iturriza, la memoria del montañismo vasco

El amigo Antxon Iturriza, cronista de montaña desde 1976, se tiró una década escribiendo la maratoniana Historia testimonial del montañismo vasco en tres tomos: "El descubrimiento de la montaña (1848-1936), "De los Pirineos al Himalaya (1939-1980)" y "Tiempos modernos (1981-2007)". Los libros son un filón de historias apasionantes, fotografías históricas y documentación detalladísima. Me consta que Antxon no ha visto un duro por semejante tarea titánica. Me levanto el cráneo.

El jueves 27 de noviembre, a las 19.30, en la casa de cultura Okendo (en el barrio donostiarra de Gros), Antxon dará una charla sobre la segunda parte de la historia (la que va desde la Guerra Civil hasta la ascensión de Martín Zabaleta al Everest en 1980). Sé que a unos cuantos lectores de este blog les apetecerá el plan. Pues nos veremos, porque yo no me lo pienso perder.

(La foto estaba aquí).

martes, 4 de noviembre de 2008

Calentando motores

Este jueves, 6 de noviembre, la editorial Altaïr presenta su nueva colección de narrativa de viajes: Heterodoxos.

La colección arranca con cuatro libros, entre los que está el mío: Cuidadores de mundos. El biógrafo de los pedruscos, el constructor de calaveras, el hombre de las doscientas fuentes y otras memorias vivas del País Vasco y Navarra. Se pondrá a la venta el 5 de noviembre.

La presentación será el jueves 6 de noviembre a las 19.30, en la librería Altaïr de Barcelona (Gran Vía, 616: entre la calle Balmes y la Rambla de Cataluña).

A lo largo del mes presentaré el libro en otras ciudades: Madrid, Bilbao, San Sebastián, Pamplona y Zaragoza. Pronto daré más detalles sobre las presentaciones y sobre el propio libro.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Advertencia leal contra los libros de viajes

Me voy un par de días a patearme los rincones del valle navarro de Aézcoa. Pretendo subir a una montaña coronada por los restos de una torre romana, caminar por la segunda mayor selva de Europa, asomarme a varias cuevas, visitar una vieja fábrica de armas comida por la vegetación, ver hórreos y estelas, charlar con los habitantes del valle. ¿Para qué? Para reducirlo todo a unos cuantos centímetros cuadrados de superficie literaria.

Os dejo con el prólogo de Aventuras de una peseta, un libro viajero que escribió Julio Camba en 1942:

"Advertencia leal contra los libros de viajes

Hay quien envidia la suerte del escritor viajero.

-¡Las cosas que verán tales hombres en este mundo! -piensan algunas personas.

Pero en este mundo, y supongo que en todos, el pobre escritor no ve más cosa que una: artículos. Para la mayoría de las gentes, el desierto es el desierto, y el bosque es el bosque. Para el escritor, en cambio, el desierto es una crónica, y el bosque es otra crónica. Usted, amigo lector, me deja a mí frente al mar, pongamos por caso, mientras va a darse un pequeño paseo, y cuando vuelva, ¿qué creerá usted que he hecho yo con la azul inmensidad? Pues exactamente lo mismo que hubiera hecho con una iglesia románica, con un par de calcetines, con un discurso del Sr. Lerroux, con una puesta de sol o con un nuevo procedimiento para combatir la tuberculosis: la habré cogido y la habré transformado, reduciéndola a una superficie literaria de 150 centímetros cuadrados, poco más o menos.

(...)

El diabético convierte en azúcar todo lo que ingiere, el hepático lo transforma en bilis, y el escritor lo reduce a literatura, ya biliosa o ya azucarada. ¡Y aún hay quien aspira a conocer el mundo a través de los libros de viajes!

Los libros de viajes son una impostura, porque el escritor, que sólo ve sin prejuicios las cosas de que no habla, esto es, las cosas de una elaboración literaria más difícil, habla únicamente de las cosas que no ve, es decir, que no ve como tales cosas, sino como crónicas periodísticas o como capítulos de novelas. De mí sé decir, por ejemplo, que, obligado a veces a hacer un artículo, y disponiendo de una catedral gótica que había visitado momentos antes,y de la levita del gerente del hotel como materiales a elaborar, me he decidido por la levita del gerente y he despreciado la catedral gótica. Para cualquier tendero veraneante, aquella catedral, en cuya construcción habían trabajado sin descanso quince generaciones sucesivas de obreros y artífices, hubiera representado infinítamente más que una levita. Para el escritor, en cambio, la levita tenía mayor interés, y no porque fuera una levita maravillosa, sino porque era una levita grotesca.

Decididamente, si hay un modo peor de ver el mundo que como escritor viajero, es como lector de las impresiones de los escritores viajeros. Advirtámoslo sinceramente en el pórtico de este libro de viajes".

lunes, 6 de octubre de 2008

Fútbol inuit

Si en mi lecho de muerte echo en falta un par de horas para rematar algo, lamentaré las que perdí el pasado sábado viendo el horrendo Sevilla Atlético-Real Sociedad (1-0). Aquel caos de patadones sin rumbo, tropezones y movimientos descoordinados me recordó primero a un balet de monos y después a los inicios del fútbol esquimal.



"Ese año había en la Compañía un empleado escocés por el que los niños sentían un cariño especial. En verano decidió enseñar a los nativos a jugar al fútbol de verdad, no a su variante, que consistía en que todos los miembros de la comunidad, abuelas incluidas, tuviesen una oportunidad de patear la pelota en todas las direcciones posibles. Se había traído de Escocia un balón de fútbol reglamentario y, después de escoger la mejor extensión de terreno llano y cubierto de tundra que había entre nuestra casa y el antiguo puesto de la Compañía Comercial de Baffin, su amigo Kovianaktiliak y él clavaron dos pares de postes con una vieja red de pesca tensada entre ellos para que sirviesen de porterías. ¡Se acabaron las tonterías!

Hizo acudir a los jóvenes, chicos y chicas, que le observaban entre risas y ocasionales patadas al balón. Con gran seriedad les hizo parar y los dividió en dos bandos de once jugadores cada uno. John y Sam [los dos hijos pequeños del narrador] presenciaban los preliminares con gran expectación.

Para empezar el partido, dio un toque de silbato. No pasó nada, así que pito otra vez, y otra, hasta tres veces más. Los dos equipos se pusieron a bailar, intentando seguir el ritmo de los pitidos.

-¡No, no! -gritó el escocés-. Venid, os enseñaré.

Cogió a dos chicos y una chica y los dispuso como defensa frente a una de las porterías, después disparó la pelota hacia ellos con destreza. Los chavales se apartaron cortésmente para dejarla pasar.

-¡Eh, Tomasi! -le gritó al intérprete de la Compañía-. Hazme el favor de aclararles las cosas a estos jugadores, ¡cuéntales lo de los equipos, la defensa, el ataque!

Tomasi le escuchó y después explicó a los presentes en inuktitut algunas reglas del juego. Le dijo al escocés:

-Ya lo han entendido. ¡Empecemos!

Con otro toque de silbato el partido comenzó en serio, aunque no de la manera en que el árbitro lo había planeado. Nuestro hijo John, que entonces tenía cinco años, se incorporó al juego, y Sam, que no se pensaba las cosas dos veces a pesar de contar con tres años de edad, salió en pos de él, dispuesto a todo. El escocés, entusiasta del fútbol serio, se llevó las manos a la cabeza cuando vio a unas cuantas ancianas lanzarse al campo para propinarle su patada a la pelota. Luego se apuntaron hombres maduros y mujeres con niños en las capuchas, seguidos de varios cachorrilos de husky que se creían jugadores.

Saltaba a la vista que para John y Sam se trataba del mejor juego del mundo. A nadie le interesaba si había dos bandos y hacían caso omiso de las porterías. Su única meta era darle una buena patada a ese nuevo balón de fútbol escocés.

Si su primera impresión es que este juego no era más que un rudo entretenimiento, se equivocan. Es cierto que la base del juego no era un equipo en pugna contra otro, ni tampoco desde luego una persona contra otra. Ése no era el estilo de los inuit. El objetivo era dar lo mejor de sí mismos mediante intentos rápidos y habilidosos por controlar o disparar la pelota. No intentaban vencer a sus vecinos, ¿por qué iban a hacer algo semejante? Dependían de sus vecinos, quienes a su vez dependían de ellos. Además, vencer a otra persona no supondría para nadie más que un bochorno vergonzoso".

James Houston, Memorias del Ártico. Mi vida con los inuit. (Alba editorial, 2000).

En las dos siguientes fotos, también de Dani Burgui, podéis ver un entrenamiento del TM-62, equipo de fútbol de Kulusuk. El TM-62, que se entrena en el salón comunitario del pueblo, obtuvo su mayor gloria en el 2007, cuando alcanzó las semifinales del campeonato de Groenlandia y fue eliminado por un error arbitral.





Y en la siguiente foto podéis verme acosando a un habilidoso lateral groenlandés, en el partido disputado sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional de Kulusuk.



Más fotos groenlandesas de Dani Burgui.

domingo, 4 de mayo de 2008

Apuntes de Islandia (2)

La cárcel de Reikiavik
"El hombre me explicó que casi todos los reclusos tenían las llaves y podían entrar y salir a su antojo. Los fines de semana la cárcel se quedaba casi vacía. Y la única obligación de un preso, aparte de las llamadas de control, era no perder la llave. No perder la llave, repitió solemnemente el individuo, y me explicó luego la mala suerte de otro recluso que perdió la llave y tuvo que pasar la noche en un hotel".

El interior de la isla
"En el interior no vive absolutamente nadie; sólo unas cuantas ovejas en los pastos de verano, zorros árticos y visones que han escapado de las granjas peleteras. Un desierto de campos de lava, altiplanicies, montañas peladas y morrenas, que parece inscrito por los dioses del Terciario como Prohibido para la especie humana".

El campo de lava de los proscritos
El Ódádahraun (Lava de Actos Maléficos) es el campo de lava mayor y más vacío del mundo, una alucinante extensión de cinco mil kilómetros cuadrados. Se llama así por los proscritos que supuestamente se escondieron aquí en el siglo XIX. (...) En 1967, las autoridades de la NASA enviaron a Neil Armstrong, William Anders, Alan Beam y otros miembros del programa Apolo XI a dar unos cuantos paseos preliminares entre las demenciales figuras del Ódádahraun. Era un sustituto perfecto de la Luna: otras lavas de otras partes del planeta no son bastante lunares porque han sido profanadas por la vegetación o estropeadas de alguna otra forma. Los astronautas del Apolo llegaron aquí, dieron unos cuantos saltos, recogieron muestras de rocas y jugaron al fútbol americano como preparación para realizar dos años después el memorable viaje lunar".

A Eyvindur Jónsson, ladrón de ovejas que vivió en el siglo XVIII, le obligaron a vivir en uno de los desiertos de lava del interior. "En el invierno de 1774, tenía un caballo muerto por techumbre. Comía la carne del caballo y en primavera los rayos del sol se filtraban entre los huesos del animal. Un año después le indultaron. Había sido forajido veinte años. El gobierno no te permite serlo más tiempo".

viernes, 2 de mayo de 2008

Apuntes de Islandia

Del estupendo libro En los confines del mundo, de Lawrence Millman (Ediciones B, 1999).

Islandeses de hielo y fuego

"La isla confirmó inmediatamente mi fe en esa vieja idea de resonancias topográficas: eres el lugar en el que habitas. Los suizos son absolutamente cautos y actúan como si un paso en falso fuera a desprender sus clavijas de hierro forjado y enviarles a la muerte. Los australianos son secos, curtidos y algo lacónicos, como su propia tierra. En cuanto a los islandeses, parecían comportarse como su excéntrico montón de lava. Casi todos los que conocí, como corresponde a una isla que es hielo y fuego sucesivamente, parecían marchar a ritmo de un tambor claramente distinto. Había entre ellos pescadores que probaban el mar para saber si tenía peces; un labrador llamado Magnús que conocía a cada una de sus setecientas ovejas por su nombre; un sacerdote rural que utilizaba el patronímico islandés Jesús Josephsson como nombre de su Salvador; el bardo Sveinbjörn Beinteinsson, que entonaba el antiguo rimur con acompañamiento orquestal de piedra; y el espíritu de Mao Tse-Tung conjurado en una sesión espiritista en Kópavogur que hablaba en perfecto islandés y que lo justificó alegando que el islandés era el idioma del más allá".

El primer colono
"En el año 874, Ingólfur Árnarson se vio obligado a dejar su Noruega natal tras ser condenado por asesinato. Cuando vio una gran isla, echó los pilares de su silla al mar. Los pilares de las sillas tenían tallas mitológicas complejas y eran la pieza de mobiliario más importante del hogar vikingo. Donde el mar las depositaba en tierra era donde los dioses decretaban que uno debía instalarse. Muchos lugares espantosos de Islandia debieron de poblarse así (...). Ingólfur Árnarson levantó el primer hogar vikingo documentado de Islandia en Anarhóll. La ciudad honra a su padre fundador homicida con una estatua de semblante severo: el Ingólfur de bronce contempla el horizonte desde su pedestal como si buscara nuevos mundos que colonizar, nuevos hombres que matar".

Primeras leyes
"Otros siguieron el ejemplo de Ingólfur y así, en el año 950, los márgenes costeros de la isla eran muy apreciados por sus compatriotas, una raza irritable, solipsista incluso, un pueblo que parecía creer que las montañas grandes hacían excelentes vecinos, y los fiordos anchos, aún mejores. La república que crearon era una buena combinación de igualdad y crueldad. Por un lado, fue sede del primer parlamento democrático del mundo, el Althing, creado en el año 930; por otro, aquellos primeros demócratas acostumbraban a conservar la cabeza de los enemigos y portarla consigo para alardear. La ley prohibía la pena capital, pero las venganzas familiares, de magnitudes casi genocidas (como la de la Saga de Njall) eran completamente legales. Floreció la literatura. Es decir, la literatura mayor; se imponían multas severísimas a los que perpetraban poemas amorosos".

jueves, 24 de abril de 2008

Con tu propia exuberancia

"La tienda de campaña es un invento prodigioso que te permite calentar las cuatro paredes de tu refugio utilizando el propio cuerpo, que es bastante barato (...). Trata de calentar tu refugio (sea una chabola de papel embreado, un piso o un castillo a la orilla del Loira) únicamente con tu propia exuberancia. Y trata de doblar esa chabola de papel, el piso o el castillo del Loira y echártelo a la espalda (...). ¿Qué es una casa, de todos modos? Sólo un lugar en el que no tienes que tomar los alimentos con un palo".

Lawrence Millman, En los confines del mundo. Por el Atlántico Norte, siguiendo la ruta de los vikingos.

domingo, 16 de marzo de 2008

Humor viajero

El humor es un recurso excelente en los libros de viajes. Refresca el relato, engancha al lector, ayuda a ver algunas esquinas insólitas de la realidad. Pero el humor es mucho más que un recurso literario. Es una actitud del viajero, una actitud preliteraria.

En los viajes se produce un fenómeno muy interesante. Nos cambian el contexto habitual, nos convertimos en un elemento absurdo dentro del paisaje y va cristalizando una conclusión: si todo lo que nos rodea es raro, quizá lo raro seamos nosotros. En Yibuti, Coober Peddy o Astracán somos como el conductor del chiste, el que se queja de que todos van en dirección contraria. No es fácil aceptarlo.

Y algunos escritores no lo encajan bien. Describen esas realidades ajenas con cierta superioridad -hay quien llega al desprecio, como ya vimos hace unos días-. Otros son más respetuosos y aceptan el desconcierto como parte del juego. A mí me encantan los que en determinados momentos saben mirarse a sí mismos y consiguen verse en su plena y radiante ridiculez.

Como digo, esa actitud es previa a la escritura. Nada más llegar a un país remoto, es probable que el policía de la aduana te toree hasta sacarte un par de billetes, que un taxista te time descaradamente, que en el hotel te den un cuartucho y una cena infame. Puede que en los primeros días los vendedores agobien a cada paso, que los camareros hinchen las cuentas, que pagues un precio considerable por una camiseta conmemorativa de la fiesta nacional... y que al minuto te des cuenta de que las están repartiendo gratis a todo el mundo menos a ti. Está claro: te toman por tonto.

Puedes hacer dos cosas. Una: avinagrarte, maldecir ese país indecente y a sus insoportables habitantes y vivir con amargor lo que queda de estancia horrible. Dos: aceptar la verdad. Si te toman por tonto, es porque allí tú eres tonto.

Si eres capaz de optar por la segunda opción, las puertas empezarán a abrirse. Poco a poco identificarás a los gorrones y los vendemotos, sabrás deshacerte de ellos sin pasar malos tragos, conocerás a la gente interesante y buena del país. Y así irán apareciendo las historias más interesantes, el material para escribir un buen reportaje o un buen libro, y podrás contar algo más que tu enfado. ¡Paciencia y serenidad!

Por eso el buen humor es un requisito previo. Para viajar bien antes de escribir bien, el primer paso consiste en aceptar que eres tonto. Es decir: humildad.


Luego, en la escritura, los tonos pueden ser muy diferentes. Puede que el humor no aparezca por ningún lado; puede que sea un humor suave, latente, apenas un barniz de ironía fina; o puede desembocar en la carcajada.

Acabo de leer El antropólogo inocente (Anagrama), un libro muy divertido que ya lleva veintiuna ediciones en España. Su autor, el inglés Nigel Barley, pasó dos años viviendo con los dowayos, una tribu de Camerún, para estudiar sus creencias y sus costumbres. Además de su trabajo académico, Barley escribió este libro para relatar la vida marciana que llevó en esa remota región de África, la realidad torpe y chapucera que se esconde tras las pomposas investigaciones antropológicas (calcula que sólo pudo dedicar a las investigaciones el 1% de su tiempo con los dowayos: la vida allí tiene otras exigencias más perentorias) y las tronchantes relaciones con los nativos, que se ríen sin parar de ese blanco tan ignorante y tan metepatas.

Barley no deja de hacer el ridículo. Cuando intenta ser amable, dice las cosas más ofensivas que un dowayo pueda imaginar. Por culpa de su precario manejo del idioma local, pretende anunciar ante el consejo de sabios que abandona la reunión porque debe ir a guisar carne y en realidad anuncia que debe ir a copular con el herrero. Y le suceden historias como ésta, con una mujer llamada Mariyo:

"Mariyo vivía justo detrás de mi choza y no podía evitar oír las incesantes series de pedos, accesos de tos y ensordecedores eructos que salían de su casa por la noche. Sentía mucha simpatía por ella, pues me parecía que sus entrañas estaban tan poco preparadas para vivir en el país Dowayo como las mías. Un día se lo comenté a Matthieu [el ayudante local de Barley], que soltó una risotada y salió corriendo a contarle mi último despropósito a Mariyo. Un minuto más tarde me llegó otra risotada desde su choza y a partir de ahí pude seguir el recorrido del cuento por toda la aldea a medida que la histeria iba pasando de choza en choza. Matthieu regresó por fin, llorando y debilitado de tanto reír. Me condujo a la vivienda de Mariyo y señaló una choza pequeña que había justo detrás de la mía. Dentro estaban las cabras. Como lego que era en lo relativo a esos animales, desconocía lo humanas que sonaban sus detonaciones".

Barley también se ríe -y muy a gusto- de algunas actitudes, supersticiones y reacciones asombrosas de los dowayos. Pero no ofende: porque Barley ha aceptado su papel como tonto del pueblo y se ríe de sí mismo ante los dowayos y ante los lectores, porque su cachondeo es el que se traen los amigos que saben tomarse el pelo unos a otros sin perderse el respeto, y porque asume una verdad incuestionable: que todos compartimos una capacidad extraordinaria para la estupidez.

PD: Otras joyas del género viajero-cachondeístico: En las antípodas, Historias de un gran país (ambas de Bill Bryson: el campeón de la categoría), En los confines del mundo (Lawrence Millman), Julio Camba... ¿Se os ocurren más?

lunes, 25 de febrero de 2008

Los caminos del mundo (2)

A Theroux (Las columnas de Hércules) un compañero de asiento le dice que su pantalón no tiene bragueta y él se desquicia, llama imbécil al hombre y escribe que eso no es lo que buscaba en su fantástico viaje. A Bouvier y su amigo Thierry (Los caminos del mundo) les pilla el invierno en un poblacho del Kurdistán, el hielo les corta cualquier escapatoria y se pasan tres meses estancados en la aldea, sin una sola queja y gestando algunas de las páginas más memorables del libro.

El contraste entre los párrafos de Theroux y Bouvier muestra que para escribir un gran libro de viajes no basta con la calidad técnica del texto. La actitud de superioridad avinagrada de Theroux produce unos párrafos tan impecables como mezquinos; la humildad alegre de Bouvier da unos párrafos brillantes y amables.

Detrás de estas actitudes opuestas se esconde una clave: en el caso de los dos chavales suizos, el viaje se basta por sí mismo, el libro llegó varios años después; en el caso de Theroux, el verdadero fin es escribir un libro y el viaje se convierte en un medio. Theroux es demasiado consciente de que viaja para escribir. El viaje se le ha convertido en oficio. Y eso no tiene por qué ser demasiado malo... salvo que se note todo el rato.

Como nadie le espera para que publique un libro, Nicolas Bouvier no se enfada si el hielo le atrapa tres meses en el Kurdistán. El mundo no está plagado de amenazas, sino de oportunidades. Los caminos del mundo es el viaje de dos jóvenes con mirada fresca, amorosa, que admiran el mundo y a sus habitantes. Como no tienen prisa, ni miedo ni pretensiones, en el libro no hay una sola gota de enfado, de cinismo, de desprecio. Bouvier jamás escribiría la frase hiriente de Theroux sobre los turistas y los simios -y mucho menos empezaría el libro con algo así-.

Una frase de Bouvier que merece mármol: "Nos negábamos todos los lujos excepto el más valioso: la lentitud".

Y sigue: "Con la capota levantada, a medio gas, sentados en el respaldo de los asientos y con un pie en el volante, íbamos tranquilamente a veinte kilómetros por hora por paisajes que tenían la ventaja de que no cambiaban sin advertirlo, o en noches de luna llena, que son ricas en prodigios: luciérnagas, peones camineros en babuchas, exiguos bailes de pueblo bajo tres álamos, sosegados ríos cuyo barquero todavía no se había levantado, y un silencio tan perfecto que hacía que el sonido de nuestro propio claxon nos sobresaltara".

A esta actitud viajera de Bouvier se le añaden la capacidad de observación y la sensibilidad de un poeta y un pintor (la mirada de Thierry se refleja a menudo en los textos de Nicolas), una inteligencia afilada para comprender las escenas que encuentran por el camino, una erudición discreta que nunca cae en la pedantería y una precisión quirúrgica para traducir en palabras los impulsos y las necesidades que sienten muchos viajeros. Como en estos dos párrafos memorables:

"Llevado por el ronroneo del motor y el desfile del paisaje, el flujo del viaje te atraviesa y te aclara la cabeza. Ideas que guardabas sin razón alguna te abandonan; otras, por el contrario, se acomodan y se hacen a ti como las piedras al lecho de un torrente. No hay ninguna necesidad de intervenir; la carretera hace tu trabajo. Nos gustaría que se extendiera así, dispensándonos sus buenos oficios, no sólo hasta el extremo de la India, sino mucho más lejos todavía, hasta la muerte.

A mi regreso, mucha gente que no se había movido de casa me decía que con un poco de fantasía y concentración también se puede viajar sin levantar el culo de la silla. Les creo. Son gente fuerte, pero yo no. Yo necesito demasiado ese complemento concreto que te da el desplazamiento en el espacio. Por otra parte, por suerte, el mundo se extiende para los débiles y les presta su apoyo, y en cuanto al mundo -como algunas noches en la carretera de Macedonia, con la luna a la izquierda, las aguas plateadas del Morava a la derecha, y la perspectiva de ir a buscar detrás del horizonte un pueblo en el que vivir durante las tres próximas semanas-, estoy muy contento de no poder vivir sin él".

sábado, 23 de febrero de 2008

Los caminos del mundo (1)


Después de una manía, toca una admiración: Los caminos del mundo, del suizo Nicolas Bouvier (el libro es de 1963, en castellano lo publicó Península en 2001). Se trata de uno de mis libros de viajes favoritos: un libro estupendo y un viaje estupendo. En 1953, dos suizos de veintipocos años se montan en un coche viejo y conducen hacia el Oriente, muy despacio, muy despacio, sin rumbos, metas ni plazos.

Nicolas es poeta, fotógrafo y escritor. Sale de Ginebra y viaja hacia los Balcanes para juntarse con su compañero Thierry, pintor, que anda por allí dando vueltas y pintando. Al llegar a Zagreb, Nicolas encuentra en la lista de correo una carta de Thierry. Es la carta de un pintor:

“Travnik, Bosnia, 4 de julio.

Esta mañana, un sol radiante, calor; he subido a las colinas a dibujar. Margaritas, espigas de trigo tiernas, sombras tranquilas. A la vuelta, me he cruzado con un campesino montado en un poni. Ha bajado de él, me ha liado un cigarrillo y hemos fumado en cuclillas al borde del camino. Con mis pocas palabras de serbio, he conseguido entender que llevaba panes a su casa, que se gastó mil dinares en ir a buscar a una muchacha con unos buenos brazos y unos buenos pechos, que tiene cinco hijos y tres vacas, y que hay que tener cuidado con los rayos, que el año pasado mataron a siete personas.

Luego, como era día de mercado, me he dirigido hacia allí: sacos hechos con la piel entera de una cabra, pequeñas hoces con las que te daban ganas de cortar hectáreas de centeno, pieles de zorro, paprika, silbatos, zapatos, queso, joyas de hierro blanco, tamices de junco verde a los que unos bigotudos daban el último remate y, reinando por encima de todo, la galería de tullidos con una sola pierna, un solo brazo, con tracoma, tembleques y muletas.

Esta noche he ido a tomar una copa bajo las acacias para escuchar a los cíngaros, que se superaban a sí mismos. En el camino de vuelta, he comprado una gran torta de almendras, rosada y aceitosa. ¡En fin, Oriente!”.

Sigue Nicolas:

“He examinado el mapa. Era una pequeña ciudad en un circo de montañas, en el corazón de Bosnia. Desde allí, Thierry tenía la intención de ir hasta Belgrado, donde la Asociación de Pintores Serbios le había invitado a exponer sus obras. Debía reunirme con él a finales de julio con el equipaje y el viejo Fiat que habíamos reparado, para continuar hacia Turquía, Irán, India, quizá más lejos… Disponíamos de dos años y de dinero para cuatro meses. El programa era impreciso, pero, tratándose de viajes, lo importante es irse.

La silenciosa contemplación de los atlas, tendidos boca abajo en la alfombra, entre los diez y los trece años, es lo que te hace sentir el deseo de dejarlo todo. Pensar en regiones como Banat, el Caspio, Cachemira, en las músicas que allí se escuchan, en las miradas que se cruzan, en las ideas que te esperan… Cuando el deseo resiste los primeros embates del sentido común, se buscan razones. Y se encuentran algunas, pero no se sostienen. La verdad es que no sabes cómo llamar a lo que te empuja. Hay algo que crece en tu interior y suelta las amarras hasta el día en que, sin estar demasiado seguro de ti mismo, finalmente te vas.

Un viaje no necesita motivos. No tarda en demostrar que se basta a sí mismo. Crees que vas a hacer un viaje, pero enseguida el viaje es el que te hace, o te deshace.

...En el dorso del sobre, también estaba escrito: "¡Mi acordeón, mi acordeón, mi acordeón!".

Un buen comienzo. También lo era para mí. Estaba en un café de las afueras de Zagreb, sin prisas, con un vino blanco con sifón ante mí. Miraba cómo caía la tarde, se vaciaba una fábrica, pasaba un entierro: pies descalzos, ropa negra y cruces de latón. Dos arrendajos se peleaban entre las ramas de un tilo. Cubierto de polvo, con una guindilla medio roída en la mano derecha, escuchaba en el fondo de mí mismo cómo el día se hundía alegremente como un acantilado. Me desperezaba, absorbiendo el aire a litros. Pensaba en las vidas proverbiales del gato y tenía la clara impresión de estar entrando en la segunda”.

A mí esta introducción me pone amarillo de envidia.

(La foto la he sacado de aquí).

viernes, 22 de febrero de 2008

Los pantalones que compré en la Patagonia... ¡txotxolo!

Es uno de los escritores de viajes más prestigiosos, le envidio el talento, la trayectoria y los millones, pero en los últimos tiempos he descubierto que existe una corriente secreta de lectores que lo detesta. Dejadme compartir esa manía clandestina con un par de ejemplos.

Así empieza uno de sus libros (el relato de un viaje alrededor del Mediterráneo):

"Dicen aquí, en Occidente, que no hay mucha diferencia entre los turistas y los simios. Sin embargo, en el peñón de Gibraltar vi juntos a turistas y simios y aprendí a distinguirlos".

Qué majo, ¿eh?

Unas páginas más adelante, el hombre viaja en autobús por la costa española. El autobús está lleno de viajeros impertinentes y garrulos que no dejan de molestarle. Una escena:

"-Por aquí está lleno de ingleses -me dijo mi vecino-. ¿Usted habla inglés?
-Sí.
-Sus pantalones no tienen bragueta -dijo.
No supe qué contestarle. Él sonreía. Le dije:
-¿Le molesta?
-Debe de resultar bastante incómodo, ¿no?
Estoy en mi gran viaje en un autobús español, un día gris fuera de temporada, no me meto con nadie, y tiene que venir este viejo imbécil, empeñado en sentarse a mi lado, a decirme que los pantalones que compré en la Patagonia no tienen bragueta. Yo no buscaba una cosa así".

En euskera hay una palabra redonda para alguien así: ¡txotxolo!

(Del diccionario del euskera de Eibar. TXOTXOLO: tonto; bobo; insustancial; majadero; necio; pedante; cursi; imbécil; lelo; memo; casquivano).

viernes, 30 de noviembre de 2007

La demarcación del Oeste

Hacía nueve años que los Estados Unidos eran independientes y el presidente Thomas Jefferson miró hacia el oeste, donde se extendía todo un continente en blanco. No tenía ni idea de lo que había en los siguientes cuatro mil kilómetros. En 1785 impulsó el Decreto del Suelo, un proyecto que pretendía organizar de una manera absolutamente racional la colonización de aquella inmensidad desconocida.

Copio los siguientes dos párrafos del libro Mala tierra. Viaje por los yermos de Montana, de Jonathan Raban:

“El Decreto del Suelo era un documento tan ambicioso que daba vértigo. Empezando en un punto arbitrario del río Ohio, donde su curso deja Pennsylvania rumbo al oeste, se desplegaba sobre la enorme extensión inexplorada y sin colonizar de Norteamérica una fantasmagórica cuadrícula de casillas numeradas. En las laderas de montañas aún por descubrir, en valles todavía bajo el dominio de “salvajes” desconocidos, unas ciudades cuadriculadas aguardaban la llegada de exploradores como Lewis y Clark y de los agrimensores. Según el esquema mental de Jefferson, las ciudades estaban allí, en el mundo desconocido, como entidades platónicas. Para darles presencia física, primero había que localizarlas y marcarlas. Incluso mientras te abrías paso a hachazos entre los matorrales, ya sabías el número del municipio, así como el de la sección de doscientas sesenta hectáreas donde estabas. Según el Decreto había que reservar una sección (la número 16, situada cerca del centro de cada municipio) para usos educacionales, y el gobierno de los Estados Unidos se reservaba otros cuatro. De manera que unas ciudades todavía sin trazar ya estaban dotadas con escuelas y colegios universitarios fantasmas, oficinas de correos fantasmas, palacios de justicia, cuarteles, oficinas de licencias y demás engranajes de una civilización regulada.

Se necesitaron casi ciento cuarenta años para cuadricular el Oeste como la hoja de un bloc y, a comienzos del siglo XX, los agrimensores todavía trabajaban en las praderas de Montana trazando líneas de secciones con la brújula de anteojo solar mejorada por Burt. La distancia se medía con cadenas, para lo cual utilizaban la cadena modelo de cien eslabones, de veinte metros de longitud. Mientras se tensaba la cadena, uno de los operarios clavaba en el suelo una estaca de acero con una banderita roja. Después de medir cinco cadenas, el hombre que iba delante gritaba: “¡Marca!” y los demás portadores de cadenas contestaban a coro: “¡Marca!”, luego retiraban las estacas y la cuadrilla se trasladaba al tramo siguiente. A las cuarenta cadenas, en un hoyo de cuatro metros y medio de profundidad se clavaba un poste de madera, de unos siete metros y medio de alto, con números arábicos grabados en una de las caras, con lo cual quedaba marcado el cuarto de sección”.

En las décadas siguientes, unos funcionarios llamados "localizadores" acompañaban a los colonos que habían comprado parcelas de tierra para ayudarles a buscar las estacas que delimitaban sus enormes propiedades. Eran las estacas que décadas antes habían colocado los agrimensores, siguiendo la cuadrícula trazada sobre una hoja en blanco por el Decreto del Suelo de Jefferson.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Todos los días pedía a gritos ir a ver la cabra muerta

No todo va a ser rencor por los millones ajenos: me alegro muchísimo de que Chris Stewart se esté forrando. Stewart es un inglés que se instaló con su familia en Las Alpujarras granadinas como quien aterriza en Marte, después contó esas andanzas en un libro llamado Entre limones -con un estilo que podríamos llamar "ternura cachonda"- y ya ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo (en España creo que lleva ocho ediciones).
Aquí va una de las historias de Entre limones (editorial Almuzara):

"Dado que Chlöe era, al fin y al cabo, una niña cortijera, el nacimiento y la muerte entraron a formar parte de su experiencia diaria. Antes de haber cumplido un año ya había visto nacer corderos, y no pareció importarle que repartiéramos el resto de los cachorros de Bonka o que despacháramos alguna que otra gallina u oveja.
Cuando se acercaba a los dos años, lo que más le gustaba hacer era ir a la cueva que había junto al río para ver la cabra muerta. Una cabra enferma procedente de uno de los rebaños que pastaban en la ribera había entrado en una cueva para morir en el lugar donde confluyen los ríos. Nos encontramos el cadáver, hinchado y destrozado por los animales salvajes, maloliente, y cubierto por un enjambre de moscas tan denso que parecía como si el animal hubiera cobrado vida de nuevo. Los ojos habían desaparecido hacía tiempo. La cabra miraba hacia los juncos por unas órbitas sanguinolentas.
"Tengo que ocultarle este espantoso espectáculo", pensé, intentando interponerme entre Chloë y la cueva.
-¿Qué es eso? -preguntó, señalando imperiosamente con el dedo hacia la cueva.
-¿Qué es qué?
-Eso de ahí.
-Oh, eso. No es más que una cabra muerta.
-Chloë ver cabra muerta -insistió, arrastrándome del brazo hacia la cueva.
Le encantó verla. No sentía la repulsión que los adultos sentimos por esas cosas. Todos los días pedía a gritos ir a ver la cabra muerta, mientras ésta iba descomponiéndose y desapareciendo, devorada por los zorros, los pájaros y los perros. Yo también llegué a esperar con impaciencia nuestras expediciones, para ver el avance del proceso mediante el cual el muy consistente ser de la cabra poco a poco volvía a convertirse en nada. Si hubiéramos vivido en la ciudad tal vez habríamos ido al parque todos los días. Las ventajas de la vida en el campo no siempre resultan obvias".
PD: Acaban de publicar El loro en el limonero, segunda parte de la historia. Promete.

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