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lunes, 15 de octubre de 2007

Sorolla a la islandesa




Es una imagen extraña, inquietante: un manantial ahogado que sigue brotando bajo las aguas.

Cuando en 1959 inundaron estas tierras zaragozanas para crear el pantano de Yesa, no sólo quedó sumergido el pueblo bajo de Tiermas sino también sus fuentes de aguas sulfurosas. En ellas chapoteaban ya los romanos (el nombre del pueblo no deja dudas) y a principios del siglo XX existía un balneario de postín, con hotel modernista, veraneo aristocrático y visitas reales incluidas. Ahora las ruinas de aquellas instalaciones emergen con intermitencias: si el verano ha sido seco y el nivel del pantano baja lo suficiente, afloran a partir de septiembre-octubre.

Este año ha tocado un verano lluvioso. Por eso, cuando esta mañana vespeábamos entre Jaca y Sangüesa, nos ha sorprendido ver el pantano tan seco. Parece ser que la ciudad de Zaragoza está bebiendo mucha agua de Yesa en las últimas semanas (que si el Ebro está sucio, que si la necesitan para no sé qué preparativos de la Expo, que si el Pilar...). Sea por lo que sea, el nivel ha bajado tanto como para que las fuentes sulfurosas de Tiermas broten de nuevo. Y, siguiendo el espíritu muelle de este viajecito véspico, hemos aparcado la moto y hemos bajado a la orilla del pantano.

Entre las ruinas del balneario hemos encontrado una poza humeante, de color azul islandés y tufillo muy leve a huevos pasados. Allí se estaban bañando una docena de personas, algunos en traje de baño y algunos desnudos. En la orilla, dentro de unas antiguas galerías subterráneas, dos señoras se untaban de arriba abajo con un barro verdusco. Josema y yo no llevábamos toalla ni bañador, así que al principio nos hemos sentado en las rocas, con los pantalones remangados y metidos hasta media pierna en el agua caldosa (el manantial brota a 42 grados, pero enseguida pierde unos cuantos). Sin embargo, la poza era tan tentadora que al final hemos hecho un Sorolla (¿un Sorolla? Nada que ver con rimas feas: sólo es una expresión de Antonio para nombrar con elegancia el baño en pelotas).

Hemos hecho el garbanzo durante media hora, con algunos ratos de natación por el agua fría del pantano para buscar el contraste, y hemos vuelto a la vespa con un sosiego bovino.

En las ruinas emergidas he leído las pintadas contra el pantano, las protestas de los que perdieron su pueblo bajo las aguas. Y me he acordado de un grupo de personas admirables, practicantes de una afición que pone los pelos de punta, y que tienen una solución sencilla para abastecernos con mucha más agua que la que contienen los embalses, y sin ahogar ninguna tierra. Son cuatro gatos y casi nadie les presta atención. En la próxima entrada contaré su historia.

sábado, 13 de octubre de 2007

Acampada libre



Foto: despertar entre Tudela y Ejea de los Caballeros.

A última hora de la tarde, ya anocheciendo, da pereza parar al borde de la carretera, sopla un viento frío que se cuela por el cuello, es incómodo sentarse en una esterilla sobre la tierra para cocer unos espaguetis, por la noche la humedad empapa la tela barata de la tienda y moja los pies y la cabeza... pero qué placer más grande, acampar en cualquier rincón. Aún estamos analizando por qué nos gusta tanto. ¿Libertad? ¿Capricho puro? ¿Autosuficiencia? ¿Racanería?

Sea por lo que sea, son los días más felices del año.

Así que ya tenemos un factor para calcular el índice de felicidad acumulada a lo largo del año: número de noches dormidas en tienda de campaña.

jueves, 11 de octubre de 2007

Vespacio






Con el paso de los años vamos perfeccionando el arte de viajar lento. La cuestión es muy sencilla: cada vez disfrutamos más haciendo menos kilómetros.

La etapa del martes fue un éxito de lentitud. Salimos de Los Arcos (Navarra) y apenas se había calentado la vespa cuando encontramos una hilera de nogales a la entrada de Espronceda. La cuneta estaba sembrada de nueces. Y así pasamos media horita, cris-cras, cris-cras.

Un poco más adelante, en Azuelo, las higueras estaban a reventar. Las señoras del pueblo pasaban con cubos cargados de higos, pero no podían recogerlos todos y muchos se pudrían en las ramas. Y así pasamos otra media horita, zampando higos (no se me ocurre ninguna onomatopeya: ¿slurp, slurp?).

La siguiente media hora la pasamos charlando con un vecino de Azuelo. Los dos temas más jugosos: 1) cuando el Barça jugó en Pamplona el año pasado, la cuadrilla de su hijo se fue para allá la víspera; los amigos se separaron y se marcharon cada uno a una discoteca, para buscar a Ronaldinho, y el final de la historia no se puede contar; 2) un campesino de Tierra Estella no puede entender cómo los conductores de autobuses donostiarras consienten que un grupo de encapuchados les echen para incendiar el bus, por mucho cóctel molotov que lleven; eso no ocurriría si el chófer fuera estellés.

Josema, que no pierde oportunidad para intentar saciar su obsesión porcina, le preguntó si alguien del pueblo podría enseñarle una granja de cutos. El hombre telefoneó inmediatamente al alcalde: estaba en el monte, pero al cabo de una hora bajaría con el jondere y nos enseñaría su granja. Decidimos esperar. Josema se sentó al borde del camino y se puso a leer El Imperio, de Kapuscinski (quiere acabarlo en este viaje, ya le queda poco). Yo me fui con la moto a buscar algún bar en la comarca donde pudieran prepararme un par de bocatas. Y así pasó otra hora.

El alcalde, que había pensado que éramos veterinarios o algo así (¿quién iba a querer visitar la granja?), nos negó el permiso con la misma razón que nos han dado siempre: tienen miedo a que los cerdos se contaminen.

No pasa nada. Miramos el reloj: eran las doce y media y en toda la mañana habíamos recorrido 27 kilómetros. Este dato nos puso muy contentos.

Por la tarde apretamos un poco más (recorrimos de cabo a rabo la Rioja Alavesa, esplendorosa en el principio de la vendimia, y al atardecer caímos por la calle Laurel de Logroño para ponernos tibios a pinchos y crianzas, de la mano del sherpa Jorge Fernández y del amigo Víctor Soto).

Al final del día habíamos recorrido 107 kilómetros (apenas una hora y media sobre la vespa, repartida a lo largo de toda la jornada). Menos distancia que cuando viajábamos en bici.

Dormimos en Logroño, acogidos por la familia Soto y su hospitalidad beduina. Y antes de acostarnos, cuando mirábamos en el mapa dónde estaba Los Arcos (inicio de la etapa) y dónde estaba Logroño (final), descubrimos que habíamos batido una marca viajera en nuestro historial: después de una jornada entera de viaje, íbamos a dormir a 28 kilómetros de donde nos habíamos despertado.
Y así, de repente, le encontré el sentido a la tercera de las fotos que veis aquí (Josema echando una cabezadita en una cámara mortuoria de hace cinco mil años): el siguiente paso ya debería ser viajar atrás en el tiempo.

(Nicolas Bouvier escribió esto en Los caminos del mundo, uno de mis libros de viaje preferidos: “Prescindimos de todos los lujos salvo el de la lentitud”).

miércoles, 10 de octubre de 2007

Más vueltas que la cabeza de San Gregorio


En cuanto sacamos la primera foto supimos que iba a ser la mejor del viaje. En este cruce de Ikaztegieta (Gipuzkoa) nos reímos hasta echar la lagrimilla, imaginando el momento en que el artista terminó de pintar esas cuatro letras y decidió releerlas.

Las rachas de carcajadas nos duraron doce horas, hasta esa noche en Los Arcos (Navarra), final de la primera etapa. Y el hallazgo compensó de sobra los tres fracasos de ese mismo lunes.

1. No solucionamos el enigma del bar Náutico de Itsasondo. (¿Por qué se llama así un bar situado a 35 kilómetros de la costa?). Paramos a tomar un café. En las paredes del local vimos el mapa de carreteras de Michelín de 1965, que tanto entusiasmaba a Josema, y un salvavidas como único indicio marítimo. La chica que atendía la barra no conocía el motivo del nombre, aunque sí nos contó que lo había puesto su padre al abrir el bar, allá por 1964.

La hipótesis más evidente es que le pusieron “Náutico” por un pequeño juego de palabras con el nombre del pueblo (Itsasondo: “junto al mar”, según una explicación etimológica tan sencilla como falsa. Itsasondo, repito, está a unos 35 kilómetros de la costa). El escritor y editor goierritarra X.M.E. me explica que el nombre del pueblo probablemente deriva de “isats”, un arbusto con cuyas ramas se hacían escobas, parecido al brezo. De isats-ondo vendría Itsasondo… Y X.M.E. también dice que la idea de ponerle “Náutico” al bar, además de jugar con el nombre del pueblo, podría tener una intención publicitaria. Por aquel entonces la carretera nacional atravesaba el centro de Itsasondo, y para un camionero que viniera de Castilla el bar Náutico –un nombre de categoría- podría ser el primer indicio de que ya estaba llegando a la costa. En fin: meras suposiciones. Seguiremos investigando.

2. Ese lunes tampoco conseguimos ver el cráneo de San Gregorio. En una loma junto al pueblecito de Sorlada se levanta la basílica de San Gregorio Ostiense, donde guardan el milagroso cráneo de San Gregorio (dentro de una cabeza de plata). Una vez al año, los vecinos vierten agua a través del cráneo y se la beben con entusiasmo porque tiene fama de aliviar los dolores de cabeza. También esparcen esas aguas por los campos, porque protegen las cosechas contra pulgones, plagas y bicharracos. Por eso la cabeza de plata con el cráneo de San Gregorio viaja por los pueblos de la comarca, y por eso se dice “das más vueltas que la cabeza de San Gregorio”. Por tanto, es una reliquia perfecta para visitarla con la vespa. Pero la basílica estaba cerrada, en el pueblo no pusieron muchas ganas en ayudarnos a localizar al poseedor de la llave y, por muchas vueltas que dimos, nos quedamos sin ver el cráneo.

3. Y tampoco pudimos cumplir uno de los empeños de Josema: visitar una granja de cerdos. Cada vez que viajamos con la vespa por Navarra y nos llega el pestazo a cuto, Josema se altera y empieza a buscar al ganadero para pedirle permiso de visita. Lo intentó el año pasado en Caparroso (durante Vespaña), este lunes en Sorlada y el martes en Azuelo (lo intentó con el mismísimo alcalde). Y nada. Nos dan siempre la misma explicación: temen que contaminemos a los cerdos.Y sólo llevamos dos días de viaje.

domingo, 7 de octubre de 2007

Confianzzzzzzza



Mis acompañantes más asiduos en la vespa tienen unas habilidades asombrosas. Si ayer conté cómo Josema llegó a disfrutar de un accidente, hoy vuelvo con otra historia difícil de creer: Francis se duerme como un tronco sobre la vespa.


Esta foto no refleja bien la miga del asunto. Aquí Francis no está dormida, sino echando una cabezadita a primera hora de esta tarde, junto a la playa de La Barre (cerca de Baiona). Pero si no refleja la miga del asunto es porque la vespa está aparcada, y Francis nunca consigue dormirse sobre la vespa quieta. Se duerme como un tronco con la vespa en marcha.


Descubrí esa habilidad circense el año pasado, cuando me acompañó en la última semana de Vespaña (desde Tarragona hasta San Sebastián). Una tarde paseábamos plácidamente por el cabo de Creus cuando nos enteramos de que el Museo Dalí de Figueres cerraba mucho antes de lo que pensábamos. Saltamos a la vespa y salimos pitando. Exprimí la moto por las carreteras sinuosas del cabo de Creus, apurando en las curvas, adelantando coches en las escasas rectas, acelerando en las bajadas, y pensaba que Francis vendría apurada por semejante contrarreloj. Pero empecé a notar unos golpecitos en el casco. Al reducir marchas en las curvas: toc, toc. Al frenar en algún cruce: toc, toc. El casco de Francis golpeaba contra el mío. Aproveché una recta para soltar el acelerador y mirar atrás: Francis venía dormida. Y no era una pequeña modorra: la cabeza le bailaba, tenía los ojos cerrados y la boca abierta, y babeaba como si le hubieran inyectado un somnífero para rinocerontes. Empecé a moverle una pierna para que despertara. Después de varios intentos, abrió los ojos con sorpresa y dijo... "¡Hola!". Llegamos tarde al museo pero a ella el trayecto se le hizo cortísimo.


Pues bien, hoy Francis ha batido su propia marca.


Hemos hecho una excursión dominguera estupenda, ida y vuelta por la costa labortana, unos 130 kilómetros. La vespa sigue magullada pero en plena forma, así que el viaje de esta semana con Josema sigue en pie. Hemos comido en Baiona, una ciudad de palacetes y mansardas preciosas asomadas a la confluencia de los ríos Errobi y Atturri (eso sí: los domingos al mediodía, la animación y el ambientazo del casco viejo de Baiona hacen que el viajero se sienta paseando por Chernobil).


Durante la vuelta he empezado a sentir los golpecitos familiares en el casco. Toc, toc, toc. Bueno, Francis se está durmiendo justo en el tramo más peliagudo de la ruta costera, entre curvas y contracurvas. No pasa nada. Pero unos kilómetros más adelante he notado que Francis se iba despegando poco a poco de mi espalda. Le he movido una pierna varias veces pero nada, no reaccionaba. Le he agarrado una mano y se la he colocado en mi cintura, para que al menos fuera agarrada: se le caía al instante. He intentado reanimarla un poco, para que mantuviera un poco de tensión sobre la moto, pero se resbalaba en el sillín como si tuviera la consistencia de un blandiblú.


He decidido parar. Pensaba que con el frenazo iba a abrir los ojos y me iba a decir "hola". Pero al detener la moto me he girado y la he visto desparramada, apoyada en el respaldo y con la cabeza echada para atrás. He apagado el motor y nada. Como un tronco. Me daba pena despertarla de esa envidiable narcosis sobre ruedas. Al final le he dado un par de voces, he meneado la moto, le ha dado por reírse un poco todavía medio en sueños y ha preguntado "¿dónde estamos?".


Si cuento esta historia (con babas y todo: un detalle clave), es porque me siento muy orgulloso. Lo decía Paco: no le importaba que alguien se le quedara dormido mientras daba clase o mientras conducía, porque eso significaba que le tenían confianza.


Y yo nunca he visto una demostración de confianza ciega -pero ciega, ciega- como la de Francis esta tarde.

sábado, 6 de octubre de 2007

¿A la segunda?


Tanta sencillez, tanta sencillez, y casi se nos olvida que no hay cosa más sencilla que echar a perder un plan. Basta con frenar a destiempo la rueda delantera, en una cuesta mojada, y zas: la vespa por los suelos y los planes rayados -pero no quebrados, por suerte-. Ha ocurrido esta mañana, cuando Josema llevaba la vespa a pasar la ITV.


Vamos por partes. Primero: Josema está bien. Tiene el dolorcillo del golpe en el hombro y la cadera, pero ni un solo rasguño. Así pues: "Que no pare Vespaña", como empezaba el mensaje que me ha enviado esta mañana.


Segundo: la vespa luce ahora unas honrosas rayas, un buen desconchón en la pintura y algún pequeño bollo, se le ha mellado el faro delantero y, lo peor de todo, se le ha partido la maneta del freno. Sábado por la mañana: todos los talleres de motos cerrados. Después de patearme de arriba abajo el barrio de Gros, en un almacén remoto me han conseguido una maneta nueva. Josema la ha colocado esta misma tarde. Así que la vespa está magullada pero dispuesta para arrancar.

Tercero: la capacidad de Josema para disfrutar con cualquier suceso ha alcanzado hoy un grado asombroso. Uno le oye explicar el accidente y parece que hasta le ha gustado. Se ha caído en la empinada cuesta de Oriamendi, bajando hacia Hernani, a las 8.15 de la mañana. Ya que iba a la revisión, se le ha ocurrido ir probando los frenos. Ha frenado la rueda delantera con demasiada brusquedad, el asfalto estaba húmedo y ha patinado. Vespa y piloto han ido al suelo y han resbalado una veintena de metros tranquilamente. "Como los futbolistas cuando meten un gol y se tiran en plancha por la hierba mojada", me ha explicado Josema por teléfono, siempre analgésico.

"En el momento en que caes, con el susto, la mente se anula. Pero luego ya me he visto en el suelo, resbalando recto y sin peligro, sin coches ni obstáculos. Habrá durado dos segundos, pero me ha dado tiempo a pensar que llevaba la chaqueta con protecciones y el pantalón reforzado y que iba bien. También me he acordado de las explicaciones de los profesionales sobre las caídas: hay que dejarse llevar, no hay que intentar clavar las piernas para frenar porque entonces sí que te puedes romper algo, hay que protegerse con los hombros y los brazos... Y así he ido resbalando y parando poco a poco, muy suave. No es que haya disfrutado a tope, pero la experiencia ha estado bien. Me he levantado, he respirado fuerte, he visto que yo no tenía nada y me han entrado ganas de pasear un poco. El peor momento, cuando he visto la maneta del freno partida. ¡Qué rabia! Me he dado cuenta de que ya no podíamos pasar la ITV, de que era fin de semana y no podríamos encontrar un repuesto...".

¡No es que haya disfrutado a tope...!

jueves, 4 de octubre de 2007

A la primera



La vespa llevaba siete meses guardada en el garaje de mis padres, quieta parada, acumulando polvo y convirtiéndose en metáfora. Anoche, mientras hablaba por teléfono con Josema, saltó una de esas ideas-calambrazo (“oye, espera, y si…”) y esta misma mañana he ido a casa de mis padres a comprobar si la moto arrancaba después de tanto tiempo.



A la primera. He pisado el pedal de arranque y ha atronado el motor (¡rugido de brontosaurio!). Otro triunfo de la sencillez. El arranque de la vespa es tan simple –no tiene ni batería- que basta con la pura fuerza mecánica: pisa fuerte la palanca y ya está. Dentro de cien años, cuando se termine de descongelar Siberia, los arqueólogos desenterrarán una vespa y serán capaces de ponerla en marcha como si fuera la primera vez.


La sencillez es la clave. La sencillez permite que las vespas y los viajes arranquen a la primera. En cuanto surge la idea-calambrazo, basta con hinchar las ruedas, renovar el seguro, cargar la tienda de campaña… y marcha. No hace falta nada más. Y desde que se toma la decisión repentina -sin ninguna elaboración, sin ningún razonamiento, sin ninguna duda- hasta el instante de arrancar la moto, se viven unas horas de excitación tremenda. Son las horas PetaZeta. Y ese momento de arrancar la moto justo debajo de casa, meter primera y salir a la calle -propropopopo...- es quizá el mejor momento de todo el viaje. Creo que salir de viaje me gusta todavía más que viajar.


Y supongo que esa euforia viene por un pequeño chute de libertad en vena. Cuando teníamos 17 años y salimos por primera vez (aquel día pedaleamos desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche), nos dijeron que esos arranques viajeros eran cosas de la edad y que debíamos aprovecharlos bien porque más adelante no podríamos seguir así. En estos últimos años, cuando surge una de esas ideas-calambrazo en una llamada, unas horas más tarde suele venir una segunda llamada telefónica, de asimilación, en la que Josema dice una frase como ésta: “Lo mejor es que con 31 años tenemos las mismas ganas de salir con la vespa que con 17 años con la bici”. En esa segunda llamada de anoche también añadió que ve a su padre, de 65 años y trepador de tresmiles y cuatromiles, con esa misma ilusión. Parece, por tanto, que no es cuestión de edad.


Nuestras vidas son ahora bastante más complicadas que hace 14 años. Pero una vez cada tantos meses, cuando nos da el momento filosófico, repetimos la misma canción: es importante seguir con el empeño, es importante mantener una vida lo más ligera y sencilla posible. De ahí viene la euforia cada vez que arrancamos con un viaje repentino: en el fondo celebramos que seguimos siendo capaces de plegar bártulos en cinco minutos.


Con todo este sermón, parece que empezamos una vuelta al mundo o algo así. Y simplemente nos vamos unos pocos días, sin rumbo determinado, a pisar algunos nombres que vemos en el mapa, tan cercanos y tan exóticos (decidme, lectores vasconavarros: ¿quién sabe dónde están Piedramillera, Aranaratxe o Espronceda? ¿Os suenan Contrasta, Cicujano, Cripán? ¿Genevilla? ¿Lapoblación? ¿Habéis oído hablar alguna vez de Assa? Para mí, por ahora, sólo existen en el mapa).


El domingo, si todo va bien, me iré con Francis vespeando por la costa hasta Baiona. El lunes, si todo va bien, saldré con Josema sin un destino claro, para unos cuantos días. Queremos conocer algunos rincones alaveses, navarros y riojanos. Josema me ha propuesto el primer objetivo: hacer una parada en el vetusto bar Náutico de Itsasondo (no tengo ni idea de cómo es, pero dice Josema que tiene un gigantesco mapa de carreteras de España en la pared, y a mí me apetece preguntar por qué se llama así un bar situado a 35 kilómetros de la costa). Después ya veremos.


¿Y este blog? Un blog no es como una vespa. Es bastante más complicado. Desde los tiempos de Vespaña no me he atrevido a lanzar un blog sin asociarlo a un tema concreto, a un viaje con caducidad más o menos determinada. Pero ahora tendremos unos días de vespa, para finales de octubre se asoma una pequeña aventura africana con el doctor V., y si arranco con estos asuntos quizá sea fácil seguir la inercia. Quién sabe. Habrá que ver por dónde sale, qué título definitivo le pongo, por dónde me lleváis…


Ahora toca arrancar. Después de un año intenso y agotador, vuelvo a controlar el calendario a mi antojo. Tengo semanas enteras libres. He recuperado el carné de conducir (ejem). Ya casi me he curado el esguince de tobillo. Sin pensar en ningún viaje, la semana pasada hice un borrador de blog y Francis me rapó la cabeza (dos síntomas clarísimos que no supe ver, hasta que Josema, en una charla telefónica sobre asuntos inmobilarios, dijo “oye, espera, y si…”). Allá vamos.


(La foto es del 18 de abril de 2006: trigésimo cumpleaños de Josema y etapa inaugural de Vespaña).

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