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miércoles, 26 de noviembre de 2008

Antxon Iturriza, la memoria del montañismo vasco

El amigo Antxon Iturriza, cronista de montaña desde 1976, se tiró una década escribiendo la maratoniana Historia testimonial del montañismo vasco en tres tomos: "El descubrimiento de la montaña (1848-1936), "De los Pirineos al Himalaya (1939-1980)" y "Tiempos modernos (1981-2007)". Los libros son un filón de historias apasionantes, fotografías históricas y documentación detalladísima. Me consta que Antxon no ha visto un duro por semejante tarea titánica. Me levanto el cráneo.

El jueves 27 de noviembre, a las 19.30, en la casa de cultura Okendo (en el barrio donostiarra de Gros), Antxon dará una charla sobre la segunda parte de la historia (la que va desde la Guerra Civil hasta la ascensión de Martín Zabaleta al Everest en 1980). Sé que a unos cuantos lectores de este blog les apetecerá el plan. Pues nos veremos, porque yo no me lo pienso perder.

(La foto estaba aquí).

martes, 25 de noviembre de 2008

Todos somos calaveras (2)

El estellés Javier Hermoso de Mendoza acaba de publicar en su página una biografía muy interesante de Luis García Vidal, el escultor de las calaveras: un texto detallado, muchas fotos (las impresionantes obras de terracota, un tremendo autorretrato, las primeras calaveras, sus estancias como retratista en París...) y también un vídeo del Parque de los Desvelados y el audio de dos entrevistas.

Lo encontraréis en la columna de la izquierda (sección "Nuevos": "Calaveras II").

sábado, 22 de noviembre de 2008

Todos somos calaveras

El escultor Luis García Vidal decidió que a la muerte hay que hacerla visible, muy presente, para que no nos asuste. Y así creó el Jardín de los Desvelados, en Estella, donde las enormes calaveras y los coches descacharrados expresan esa inquietud.

Su historia es el último capítulo del libro Cuidadores de mundos. Por eso, la semana pasada quise ponerme en contacto con él para invitarle a la presentación del libro en Pamplona y para enviarle un ejemplar. Primero escribí a Javier Hermoso de Mendoza, un estellés que conocía bien a Luis y que solía decirme si el escultor andaba mejor o peor de salud, con más o menos fuerzas para atender visitas. Javier me respondió que Luis había desaparecido hacía varios meses y que acababan de confirmar que un cadáver encontrado en el río Ega era el suyo.

La noticia me dejó primero helado, luego triste. Repasé sus fotos, releí el capítulo de su historia y encontré un pequeño consuelo en las propias palabras de Luis. Copio un párrafo del libro:

"Después de sufrir un accidente de tráfico y de perder a un hermano por un cáncer feroz, llegó a la conclusión de que lo único que podemos hacer con la muerte es desvelarla y ponerla bien a la vista. “No hay nada más natural que la muerte. Si la ocultamos, sólo conseguimos tenerle miedo”, dice. Así ha labrado Luis, de 79 años, la naturalidad con la que habla de su propio final. En una de las calaveras más grandes, que aparece medio enterrada en la ladera, ha excavado una galería interior que va desde los dientes hasta la bóveda del cráneo. “Esa será mi tumba”, explica. “Los faraones hicieron las pirámides para que los enterraran, ¿no?, pues yo quiero que me entierren o que dejen mis cenizas dentro de la calavera, qué menos. Mira, ven, sácame una foto aquí, que se vea bien el hueco, y puedes poner: el artista mira su futura tumba. Ahí dentro estaré bien, tranquilo, sin disgustos”.

Aquí tenéis esa foto. Recuerdo muy bien aquel momento. Yo estaba algo impresionado y Luis se reía.


Me fui de Estella admirado por su serenidad y su buen humor. Pero también me fui con un cierto desasosiego. El escultor tenía 79 años, se le notaba cansado, envejecido, y hablaba con melancolía del deterioro de su obra. El acceso al Jardín de los Desvelados era libre las 24 horas del día y algunos visitantes maltrataban las calaveras. Algunas estaban en bastante mal estado y otras apenas asomaban de la tierra, medio devoradas por la vegetación. Luis soñaba con grandes proyectos escultóricos, como el de un avión estrellado con un montón de esqueletos desparramados. Pero apenas tenía fuerzas para frenar el deterioro de sus obras antiguas y ya parecía imposible que pudiera emprender nuevas. Quiso mostrarme el antiguo esplendor de su parque:

"Cuando fotografío las calaveras medio derruidas, Luis saca de su bolsa varias imágenes enmarcadas, en blanco y negro, en las que se ve el parque en su esplendor de hace 20 o 25 años: unas impresionantes calaveras de tres metros y medio de altura, admiradas por visitantes que a sus pies parecen liliputienses. Otra escultura, de la que hoy sólo queda medio cráneo hundido entre las zarzas, era entonces una gran calavera que lucía una dentadura perfecta y miraba al cielo con ojos aterrados. Los proyectos de nuevas obras bullen en el cerebro de Luis pero las fuerzas de sus brazos apenas le alcanzan para restaurar las deterioradas. Muestra las viejas fotos con nostalgia: “Mira, mira cómo era esto antes, fíjate qué esculturas. ¿No podrías publicar alguna de estas fotos, para que se sepa cómo eran las calaveras?”. Las fuerzas menguantes de Luis, la añoranza por aquella época vigorosa y el deterioro imparable de su obra van amasando, en el Jardín de los Desvelados, una metáfora triste".

Aquí tenéis una de esas fotos de los años 80:


Nadie más que Luis se encargaba de cuidar las calaveras, de manera que probablemente su obra irá desapareciendo poco a poco. Al pensar en ese triunfo del olvido, he entendido un poco mejor por qué escribimos.

* * *

Aún estamos a tiempo de visitar el Parque de los Desvelados. Y aquí está el capítulo del libro dedicado a Luis: Todos somos calaveras.

ACTUALIZACIÓN: Javier Hermoso de Mendoza acaba de colgar este vídeo sobre el Parque de los Desvelados, grabado el día en que apareció el cadáver de Luis.

viernes, 31 de octubre de 2008

El maestro Leguineche

Una de las pequeñas consecuencias del terrorismo es el tiempo que nos hace perder. Tenemos que perder tiempo hablando y escribiendo contra las burradas y luego, de rebote, contra los mezquinos que aprovechan las burradas para exponer los delirios de su mundo de indios y vaqueros.

Así que venga: ya nos han hecho perder bastante tiempo. Volvamos a lo mejor de la vida. En esa parte me encuentro con una persona buena que además es un periodista excelente. Acaban de dar el premio Euskadi de literatura a Manu Leguineche por su libro El club de los faltos de cariño, un libro de apuntes delicioso, que casi parece un blog, aunque supongo que en el fondo el premio es un reconocimiento a su trayectoria impresionante como periodista. Me alegré muchísimo al escuchar la noticia.

Hace un par de años, gracias a Lucía, tuve la suerte de compartir comida y sobremesa con Leguineche en su casa de Brihuega (Guadalajara). La Asociación de Periodistas Vascos le había concedido un premio. Y dado que la salud de Leguineche anda bastante tocada como para hacer viajes, unos cuantos socios, entre los que me colé, fueron a Brihuega a darle el premio y a entregarle regalos y leerle cartas de mil amigos. Recuerdo las de Miguel Delibes y Javier Reverte, aunque hubo docenas. El siguiente detalle gustará a Carletto, a Charly y a otros futboleros: entre tantas emociones, cuando de verdad se le escaparon unas lágrimas fue cuando le entregaron un pequeño león de bronce que le regaló el Athletic de Bilbao.

Leguineche me impresionó. A pesar de la enfermedad, mantenía una amabilidad, una dulzura y un buen humor admirables, y, sobre todo, una retranca con la que defendía su timidez y disolvía los halagos que aquel día le cayeron encima por toneladas.


Copio el texto que escribí hace tiempo en el blog de Lucía:

"Como cualquiera que haya leído sus reportajes y sus libros, yo sabía que Leguineche es un gran reportero. No argumento esta afirmación con detalle porque se trata de la faceta más evidente y porque en realidad me interesa subrayar otra cosa.

Entre los periodistas que se mueven por el mundo (en tiempos de guerra o en tiempos de paz) hay muchos reporteros brillantes. Pero me llama la atención un detalle. Los grandes maestros (como Leguineche y Kapuściński, por ejemplo) tienen la rara habilidad de escribir en primera persona y a la vez poner el foco en las personas y las historias que tienen alrededor. Saben contar sus propias andanzas para bajar al lector a pie de tierra, envolverlo en olores, calores y polvaredas, pero en lugar de deslizarse por la cuestita del ombligo nos cuentan el mundo.

Sin conocer a Leguineche más que por sus textos y por las pocas horas del otro día, creo que en el fondo el asunto es muy sencillo: es muy buen periodista porque es muy buen tipo. De esto me han convencido sus dos libros-collage (La felicidad de la tierra y El club de los faltos de cariño –creo que casi todos coincidimos en criticar este título :- )). En esos libros recoge recuerdos de toda su carrera y su biografía, escenas de su vida en Brihuega, pequeños retratos, reflexiones, apuntes al vuelo. Me admira que un hombre que ha vivido tantas guerras y tantas historias tremendas sea capaz, a los sesenta y pico años, de acercarse con tanta ternura y con una ironía tan bondadosa a las historias minúsculas de la vida. Y me he convencido de que Leguineche ha contado así de bien las guerras porque es capaz de contar así de bien las andanzas de su gata Muki o las partidas de mus con los paisanos: sin cinismo, sin dar sermones, sin vender motos, sin colgarse medallas.

En la sobremesa del otro día, a Leguineche le cayó encima una catarata de halagos. Se emocionó con las cartas de los escritores y periodistas amigos, con los regalos, con las llamadas. Pero hubo un momento de sobredosis de alabanzas, un poco de empalago -cuánto te queremos todos, qué gran trabajo has hecho, qué lecciones de periodismo nos has dado, eres una referencia para todos- y Leguineche sacudió las moscas así: “Yo lo único que he hecho ha sido trabajar, lo demás os lo habéis imaginado vosotros”.

Dice nuestro amigo Antonio –al ver una foto que le envié de Leguineche- que sigue creyéndose eso de que la cara es el espejo del alma".

viernes, 1 de agosto de 2008

Las raíces de una vida

Todos los días del año, con pocas excepciones, el carpintero destajista Juan Reguillaga Arruabarrena se echa a los bosques de Vizcaya y anda dos o tres horas. No camina a paso de montañero: abandona los senderos y va husmeando entre los árboles, los helechos y las zarzas, se agacha a menudo, escarba la tierra y patea tocones. “Son andares de zorro”, dice. Busca raíces muertas, la materia prima de su arte y de su vida.


(...)

Juan decidió dar vida a las raíces porque ellas le dieron la vida a él. Le dieron una segunda existencia: “Yo ahora tengo 13 años”, dice. Su primera vida empezó el 28 de febrero de 1948, cuando nació en el caserío Mendibil de Leaburu (Guipúzcoa), y terminó el 28 de octubre de 1993, cuando cayó al vacío desde lo alto de una escalera, en una obra de Gernika, y quedó en coma tres días. Cuando despertó y lo llevaron a casa, pensó que iba a permanecer atado para siempre a una silla de ruedas. “Estaba medio inválido. Tenía todo el costado y el brazo izquierdo hechos polvo, no los podía mover, no andaba, me arrastraba como podía. Y menuda situación: tenía cuatro hijos, acababa de montar un taller de carpintería, debía pagar el alquiler de la casa… Y yo no valía para hacer nada”.

Un día salió de su casa de Elorrio y entró, con el cuerpo encogido, medio a rastras, torcido de dolor, a un bosque cercano. Sólo pudo recorrer trescientos metros. Pero allí encontró una raíz muerta. La tocó, la movió y empezó a sentirse cada vez mejor. Volvió a casa caminando de pie. Y en ese momento, hace trece años, comenzó su segunda vida.

Juan asegura que a través de aquella raíz recibió la fuerza y la vida que le transmitían sus difuntos padres. Con 4 años perdió a su padre Esteban. Con 18, a su madre María Josefa. “Yo sabía que mis padres me iban a ayudar en aquel momento tan malo”, dice, “y descubrí que a través de las raíces puedo conseguir lo que más deseo. Yo echaba mucho de menos a mis padres, quería estar con ellos, y lo deseaba con tanta fuerza que un día me quedé mirando al sol y allí se me apareció el rostro de mi madre”.

Desde aquella aparición, suele arrodillarse a menudo para rezar mirando al sol. A veces se coloca una gran raíz a modo de máscara y mira a través de dos huecos. Entonces nota que el rostro se le transforma en rostro de gato o de tigre. Ha visto a sus padres otra media docena de veces, en algunas ocasiones al padre, en otras a la madre, siempre a las dos y media de la tarde, casi siempre mientras miraba fijamente al sol y alguna vez en el interior de su taller. “Es que en el taller he tenido dos intoxicaciones”, explica, “porque es un local muy pequeño y sin ventilación, y como trabajo con barnices y disolventes, un par de veces se me aparecieron mis padres y luego perdí el sentido. Con el disolvente suelo tener apariciones, sobre todo con el de la marca Valentine”.


El taller de Juan es digno de ver. Y él está encantado de recibir visitas. Se encuentra en la calle Bilbao número 15 de Bérriz, al pie de la carretera nacional, junto a un oportuno semáforo. En los festivos, cuando Juan pasa los días y las noches en el taller, coloca sus obras en la cuneta a la vista de los paseantes y los conductores que se detienen con la luz roja. A quien tenga interés, le mostrará las raíces con formas de animales (están a la venta), y a quien tenga mucho interés le explicará cómo en algunas raíces también ha descubierto los rostros de sus padres y la imagen de una Virgen y de un Cristo (éstas nos las vende, claro, aunque las ha regalado a “personas especiales”). También le enseñará el taller, un cubículo estrechísimo forrado de fotos y carteles, repleto de velas, estatuillas de santos y vírgenes, imágenes de soles, raíces desperdigadas por las esquinas –algunas barnizadas y brillantes, otras húmedas y terrosas-. El olor denso a madera y a disolvente, el silencio acorchado de la madriguera, la penumbra atravesada por los chorros de luz que se cuelan por los ventanucos, forman un ambiente propicio para las apariciones.

La mayoría de sus fotos -guarda miles- son imágenes del sol, de las nubes, de reflejos en los cristales. Juan tiene la vista muy entrenada para descifrar los brillos y descubrir rostros. Sabe que donde él ve la sombra de su padre, que le sigue pegado a los talones, los demás sólo vemos la sombra de una señal. No le importa mucho. Sabe que le acusan de loco, que le ignoran o que se ríen de él. Antes se enfadaba, pero cada vez menos. Porque a él le pasó lo que le pasó, un milagro, y eso no cambia aunque los demás no le crean. Y no se va a callar: tiene la misión de contarlo, de relatar las apariciones de sus padres, la magia de las raíces, el encadenamiento de milagros.

Por ejemplo: “Una de las veces en las que me intoxiqué y perdí el sentido, mi hijo vino por casualidad al taller y me salvó. Eso fue un milagro. Cuando se lo conté a Javi, el enterrador de Etxebarri, que es amigo mío, le impresionó mucho. Como vi que tenía fe, le regalé una raíz en forma de dinosaurio y un rosario que compré en la Colegiata de Cenarruza. Y por haberle hecho ese regalo, al día siguiente se me aparecieron a la vez mi padre y mi madre”. En el fondo, Juan llama milagro a la sucesión de actos de bondad y agradecimiento. Parece difícil despreciar esa idea.

(...)

Insiste en cargar con todas las piezas hasta mi coche, no deja que le ayude. “Juan, por favor, ya llevo yo alguna, que pesan un montón”. “Pesan un montón, ¿eh? Pues yo he cargado con raíces como éstas durante kilómetros y kilómetros por el bosque. Yo, que estaba medio inválido”. Comprendo que no debo ayudarle. Cuando deja sus obras de arte en el maletero, me estrecha la mano y las señala: “Si esto no es un milagro, yo tendría que ser un fuera de clase”.

* * *

>Estos párrafos son extractos de uno de los reportajes que publiqué el año pasado en El Diario Vasco y El Correo. Este reportaje sobre Juan Reguillaga (aquí tenéis la versión completa) formará parte, junto con otros 24 de la misma serie, de un libro que se publicará en noviembre.

sábado, 12 de julio de 2008

Los planes de nuestro Stanley (2)

El 7 de julio recibimos un mensaje de Agustín Egurrola. Anunciaba que dos días antes había llegado a Pobierewo, en la costa de Polonia, y que así había terminado su caminata desde el mar Adriático hasta el Báltico, por el centro de Europa.

En verano celebrará su décimo aniversario como pensionista con una gran fiesta.

Y estos son sus planes ciclistas para el año que viene: pedalear desde México D.F. hasta el centro de Canadá y/o desde Katmandú hasta el lago Baikal y/o desde el Cabo de Roca (Portugal) hasta la cordillera rusa de los Urales.

En ese 2009, Agustín cumplirá 75 años. Ya lo escribí: primero pienso que ya me gustaría a mí llegar a los 75 y ser capaz de hacer las cosas que hace Agustín. Luego pienso que ya me gustaría a mí hacer las cosas que hace él... ahora mismo, con mis 32 años.

viernes, 11 de julio de 2008

El encargo de Stanley (1)

En 1869, Henry Morton Stanley era un periodista de 28 años ya muy trotado que viajaba por España para seguir los estallidos del Sexenio Revolucionario -un término que, por cierto, siempre me ha parecido de lo más sugerente-. De Madrid viajó a Santa Cruz de Campezo (Álava) para asistir a un levantamiento carlista, luego se trasladó a Zaragoza para contemplar otra rebelión, de allí a Valencia porque andaban a cañonazos... De vuelta en Madrid, recibió un telegrama desde la sede de su periódico, The New York Herald. Le ordenaban trasladarse a París para reunirse con Gordon Bennet, director del diario.

Allí, el 16 de octubre de 1869, Gordon Bennet le hizo un curioso encargo: debía recorrer África en busca de David Livingstone, el misionero y explorador escocés.

Esta historia es bastante conocida. Lo que no es tan conocido es el resto del encargo. Debía encontrar a Livingstone, sí, pero antes debía realizar otros trabajos:

-Asista a la inauguración del canal de Suez y envíeme una crónica. Después suba por el Nilo y describa todo lo que encuentre interesante en el Alto Egipto y prepare una guía práctica para los viajeros aficionados. Escriba algo sobre la expedición de Baker en busca de las fuentes del río. Después viaje a Jerusalén y entérese de las excavaciones que está haciendo el capitán Warren, parece que han hecho descubrimientos importantes. Entre en Siria y envíeme una crónica política del país. Siga hasta Constantinopla, infórmese de los conflictos entre el jedive y el sultán. Pase luego por Crimea, visite las exploraciones arqueológicas y los campos de batalla. En el Cáucaso, investigue la política y los proyectos de los rusos en aquella región y en el mar Caspio. Dicen que los rusos proyectan una expedición a Kiva. Entérese. Cruce a Persia y mándenos algo interesante desde Persépolis. Bagdad le queda de camino, escriba alguna crónica sobre el valle del Éufrates. Luego viaje a la India, échele una mirada, prepare algo, y ya desde allí embarque hacia África y empiece a buscar a Livingstone. Páselo bien y que Dios le acompañe.

(¿Algún editor se anima?).

martes, 3 de junio de 2008

"Si no hubiera actos de bondad en las guerras, me habría retirado"

Los lectores de El País digital preguntan a Gervasio Sánchez, corresponsal de guerra y fotógrafo. Sus respuestas son una lección de periodismo y vida, desde la primera línea hasta la última. Leedlas, leedlas, merece la pena.

Aquí van unos extractos.

"Cuando yo era muy joven creía que la guerra era apasionante, una gran aventura. Muy pronto descubrí que la guerra es el fracaso absoluto del Hombre y que si uno acude debe hacerlo por razones de peso, quizá por el deseo de documentar esa locura".

"El primer consejo que les daría [a los periodistas novatos] es que no acudiesen a la guerra por motivos pueriles. Un motivo pueril es pensar que la guerra es una aventura o creer que es la mejor ocasión para ganar un premio y consagrarse. Lo mejor es que empiecen documentando lo que ocurre a sus alrededores, las contradicciones que derriten a las sociedades del bienestar".

"No me gusta hablar de lo que las situaciones duras que he vivido. Creo que es parte de la intimidad y me molestan mucho los periodistas que hablan más de sí mismos que de lo que ocurre".

"No me interesan tanto las buenas fotos sino ser capaz de mostrar con fuerza el dolor de las víctimas. Las víctimas también persiguen la felicidad y en sus vidas hay momentos muy bellos al lado de situaciones tristes".

"Quizá sigo trabajando para salvaguardar mi propia conciencia y por desgracia ella nunca descansa".

"Si no hubiese presenciado actos de bondad en las guerras, haría muchos años que me hubiese retirado".



Foto: Gervasio Sánchez (izquierda) con Manu Leguineche, en Brihuega.

sábado, 26 de abril de 2008

Los pequeños guardianes del mundo (3): Javier Etxepare


Entre las hayas aparece una hondonada de barro negro, encharcado, revuelto, de unos cuatro metros de largo por dos de ancho. En la parte más baja hay una pequeña base de cemento, con una tubería de la que no mana agua. “¡Ya me han fastidiado la fuente los jabalís!”, dice Javier Etxepare Mendigaldu. “Vienen a esta charca a bañarse, se revuelcan y a veces me mueven la tubería. Voy a tener que fijarla mejor. Ya tengo trabajo para esta semana”.

Javier, 68 años, suele venir al bosque con azada, hoz, paleta, tuberías y algo de cemento. No es que nadie vaya a pasar sed si no arregla esa fuente, porque en los alrededores hay bastantes más. Le pregunto cuántas ha hecho en esta ladera norte del monte Eskamelo (Álava). Se para un momento, las va contando entre dientes, una a una, y responde: “Diecisiete”. Diecisiete fuentes en esta pequeña zona de la Sierra de Cantabria-Toloño. Alrededor de doscientas en toda Álava y en la sierra navarra de Codés. Y no sólo las construye, también las mantiene.

Todo empezó hace una quincena de años, cuando andaba a la paloma con sus compañeros cazadores. Iban sedientos por el monte y encontraron tres charcas de las que apenas se podía beber. Javier les hizo una promesa: “¡La próxima vez que vengáis aquí tendréis una fuente!”. Y así es la gente de palabra: la empeña en un compromiso noble -incluso evangélico: dar de beber al sediento- y la mantiene para el resto de sus días.

(...)

Javier camina a buen ritmo, con un bastón y una hoz. Otros días suele acompañarle su perra, una setter que ya está mayor: “Tiene doce años y el día que se fastidie me va a traer muchas lágrimas”, dice. “Hace poco vimos unos corzos y la perra se quedó quieta, mirándolos un buen rato, cómo disfrutó”. Sin dejar de andar en ningún momento, cada pocos metros Javier se agacha y da un golpe de hoz a alguna zarza que se asoma al camino. O aparta alguna piedra. De vez en cuando sale del sendero y nos metemos por la ladera en busca de alguna fuente. Algunas están visibles y próximas al camino, otras quedan bastante ocultas. “Los paseantes no las encuentran, porque no salen de la pista, pero los cazadores y los buscadores de setas ya saben dónde están, y menudo gusto, cuando se han dado la soba y tienen un chorro tan bueno para beber”. Javier se agacha junto a la fuente y siega la vegetación que ha ido creciendo en el entorno. Luego, con la punta de la hoz, rasca el interior de la tubería para limpiarla de musgos y tierrillas.

(...)

“La verdad es que las fuentes están bonitas, así, rústicas, y es un gusto venir al monte y beber unos tragos de agua tan rica. Además, el agua que corre nunca es mala. Alguna vez la he llevado a analizar a un laboratorio y me han dicho que es excelente. Hay quien se queja, oye, Etxepare, que ayer bebí de tal fuente y me ha dado dolor de tripas. Pero eso es porque aquí el agua sale helada, y si vas acalorado y bebes mucho, te hace daño. El agua fría hay que masticarla”.

Los cazadores y los vecinos le dan las gracias a menudo por su trabajo. Y también ha recibido reconocimientos oficiales. En Pipaón, pueblo al que llega una tubería con agua de cinco fuentes abiertas por Javier, el ayuntamiento le organizó un homenaje para agradecerle los trabajos que se toma en el cuidado del bosque. También le homenajearon los ayuntamientos de Lagrán y Peñacerrada. Le dieron comidas y placas, pero Javier no es hombre de muchos discursos. “A los del pueblo sólo les dije una cosa: cuidad el agua, que es oro. Cuando no esté yo para hacer las fuentes, entonces ya veréis”. Se lo piensa un momento y añade: “Bueno, qué narices, cuando yo no esté ya saldrá otro loco a cuidarlas”.

***
El reportaje completo se publicó en El Diario Vasco y El Correo en el pasado verano.

miércoles, 16 de abril de 2008

Jubilación ("viva alegría, júbilo")


Comida en Tolosa anteayer. En el lado izquierdo, Aitor Elduaien, Josu Iztueta y Agustín Egurrola. En el lado derecho, mi plato de petit choux bañados en chocolate, Ramón Olasagasti y Loli Etxetxipia.

Agustín tiene 74 años y dentro de poco viajará a Praga. Desde allí caminará hasta la orilla del mar en Polonia, en la segunda parte de su viaje a pie por el centro de Europa (del Adriático al Báltico).

Agustín es de Etxebarri (Vizcaya) pero vive desde los 31 años en Sheffield (Inglaterra), donde se casó y tuvo dos hijos. Ha recorrido todo el mundo caminando, pedaleando o viajando con un burro. Le gusta dormir al aire libre o en su tienda de campaña. Todas las noches escribe los detalles de sus viajes, luego fotocopia y encuaderna esos diarios y los regala a los amigos. Algunos de sus títulos: España y Portugal, a golpe de pedal y Sudamérica en bici. Viajes de un jubilado.

Cuando se jubiló, decidió recorrer los cinco continentes a pie o en bici.

Con 66 años pedaleó por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay.
Con 70 años cruzó Canadá en bici durante tres meses.
Con 71 años cruzó Australia en bici durante seis meses.
Con 72 años viajó desde Sudáfrica hasta Egipto, a pie y en transporte público.
Con 73 años pedaleó por Turquía, Irán, Pakistán y China.
Con 74 años está atravesando el centro de Europa a pie, del Adriático al Báltico.

Dice que la Antartida no, que es muy friolero.


Estos días anda visitando a sus amigos por el País Vasco. Después de la comida en Tolosa, le acerqué en furgoneta hasta Donosti. Allí quería coger el tren para acercarse a Orio y visitar a no sé quién, pero como hacía muy buena tarde, me pidió que no le dejara en la estación sino cerca del mar: quería recorrer el Paseo Nuevo antes de irse a Orio. Después de la visita en Orio, planeaba ir en tren a Billabona y caminar cinco kilómetros hasta Asteasu, donde iba a cenar en casa de unos amigos.

Antes, en la furgoneta, me había contado su pena: que empezó muy tarde con los grandes viajes. Y a Josu y a mí nos hizo un encargo: junto al lago islandés de Myvatn, en la cumbre de una montaña con forma de pirámide, dejó hace cuarenta años un frasco de cristal con un mensaje. Nos pidió que lo buscáramos. Un encargo así hay que cumplirlo. O al menos intentarlo.

(Aquí van unas imágenes. Pinchad y se ampliarán. En la primera, fotos de los pedaleos de Agustín por China, cuando tenía 73 años. En la segunda, uno de los mapas que dibuja; en este caso, el de su viaje por Australia. En la tercera, fragmento de una de las fotocopias que Agustín reparte, a propósito de la vida sencilla).








martes, 1 de abril de 2008

Los pequeños guardianes del mundo (2): Josetxo Mayor


Josetxo es un jubilado donostiarra que lleva 21 años abriendo, limpiando y cuidando los caminos del monte Ulía. Sube todos los días del año, haga el tiempo que haga, salvo el primero de cada mes (porque ese día le toca cobrar la pensión). ¿Y el día de Navidad? ¿Tampoco perdona el día de Navidad? "Bueno, ese día no trabajo pero vengo a Ulía por lo menos a pasear. Y, hombre, mientras paseo se me ocurre alguna idea nueva”.

Aquí van algunos extractos del reportaje que publiqué el verano pasado en El Diario Vasco y El Correo.

"Josetxo Mayor conoce tan bien Ulía que se sabe hasta las biografías de los pedruscos. 'Mira, ¿ves esa piedra de ahí, la que está entre las zarzas? Antes estaba aquí, colocada en el camino, pero alguien la ha tirado. ¿Por qué harán esas cosas?'".

"También conoce la vida y milagros de cada árbol: 'Aquellos olmos estaban muy pochos, hasta que quité todas las zarzas de alrededor y hay que ver cómo crecen. Este abedul –pasa la mano por el tronco como si acariciara a un nieto- era un pirulí y mira qué hermoso se ha puesto'. Relata con detalle los avatares de los madroños y las hayas que plantó, de los pinos caídos, del roble maltratado por algún bestia, del sendero que tuvo que ensanchar para que los caminantes no pasaran tan cerca de un castaño y no se agarraran de sus ramas".

"Todo empezó con un ataque de pena. La pena de ver cerrados y abandonados casi todos los senderos que Josetxo, nacido en Zemoria, en las faldas del monte, recordaba de toda la vida. 'Hace veinte años la gente sólo paseaba por la parte alta de Ulía, por la carretera y por la pista que va a la antena, porque los caminos habían desaparecido. Yo llevaba tiempo sin venir, y cuando vine me dio una pena casi de llorar, me entraron ganas de empezar a quitar la maleza a mandobles'. Josetxo empezó a rumiar una idea. Y en la mañana del 16 de septiembre de 1986 se lanzó: 'No se me olvida esa mañana. Fui a la zona del caserío Barracas y me puse a abrir un camino. Pero con los dientes', se ríe. 'No llevaba ninguna herramienta, quité cuatro rastrojos a mano, y medio a escondidas por si venía algún dueño de los terrenos a preguntarme qué hacía. En esa primera mañana pensé: ‘a ver hasta dónde soy capaz de llegar’".

Veinte años después, ha sido capaz de abrir una red de senderos que comunica todas las zonas de Ulía. Gracias a Josetxo, el camino que viene del Faro de la Plata puede seguir por media ladera hasta la punta de Mompás, sin tener que desviarse a las carreteras de la zona alta de Ulía. Así se completó un precioso itinerario costero entre Pasaia y Donostia, señalizado con las marcas rojas y blancas del GR-121 (Gran Recorrido). Y también se pueden dar paseos breves por los caminitos que serpentean entre los bosques".

"Josetxo camina por sus dominios explicando la minúscula historia de cada arbusto, cada piedra y cada rincón. Nombra los árboles como si los saludara: álamos temblones, abedules, fresnos, robles, rebollos, pinos. Le gustan mucho los helechos reales, que en las zonas más sombrías flanquean el sendero con sus matas espesas y elegantes, y le maravillan los lirios del Pirineo, especie protegida que de tanto en tanto asoma entre los arbustos unos racimos de flores amarillas. Pronto aparecen los primeros escalones, construidos con grandes piedras que Josetxo trajo volteándolas desde las laderas cercanas. Cuando empezó la obra, la vaguada estaba cubierta de zarzas y de pinos caídos, él se abrió paso con la azada y la pala. Para salvar las hondonadas hizo levantes, amontonando tierra y revistiéndola después con losas; para suavizar las pendientes peligrosas –“esta bajada era un rascaculos”- construyó tramos amplios de escaleras".

"Josetxo habrá recorrido este tramo cientos de veces pero camina como si fuera la primera, en alerta constante, vigilando cada rincón, agachándose aquí y allá para recoger piedrecitas del camino y echarlas a un lado. No hay diez metros sin el recuerdo de un esfuerzo. '¿Ves esta roca grande? Llegaba hasta la mitad del camino, no dejaba sitio. Pues cogí el puntero y la maza y venga, tres mañanas seguidas masticando la piedra, hasta que le comí la mitad. Mira, mira las marcas del puntero en la roca. Y aquellas escaleras en zigzag las construí porque un día me dijeron que se habían caído dos personas. Tardé tres meses. El desmonte lo empecé en febrero de 2000, con la pala y la azada todo el día, cuánta agua me cayó y cuánto frío pasé'. De pronto, como si cayera en la cuenta de que está poniendo demasiado énfasis en los esfuerzos, explica: 'Aquí hay mucha fatiga y muchos sofocones. Pero juramentos, ni uno. Un voluntario no tiene derecho a decir juramentos. Si no quiere trabajar, que lo deje'."

"Termina el paseo. Me atrevo con la pregunta que me ronda desde hace un rato: 'Josetxo, dentro de treinta años ¿quién cuidará de todo esto?'. Se para, se gira con una sonrisa radiante y dice: '¡Pues yo mismo, hombre!'.

PD: En el reportaje completo se puede leer la historia de un hallazgo emocionante: durante sus trabajos, Josetxo desenterró por casualidad una calzada del siglo XIX. Unos años más tarde, un paseante anónimo colocó una placa en una de las rocas cercanas a la calzada para bautizar ese tramo: ahora se llama "Avenida Josetxo".

PD2: Josetxo Mayor recibió la medalla al mérito ciudadano de San Sebastián. Durante la celebración, sólo le pidió una cosa al alcalde: una desbrozadora mecánica.

martes, 25 de marzo de 2008

Los pequeños guardianes del mundo (1): Xabier Cabezón


Admiro a personas como Josetxo Mayor, Javier Etxepare o Xabier Cabezón. Han escogido un pedacito de este mundo y dedican sus esfuerzos, su tiempo y a veces hasta su dinero para cuidarlo, mimarlo, protegerlo. Trabajan en silencio, tratan de arreglar los abandonos o los destrozos que hieren sus pequeños territorios, se afanan por prepararlos para que otros visitantes y caminantes puedan disfrutarlos. En vez de quejarse, madrugan y se echan al monte con una azada, una hoz o un gps. Ninguno espera a que llegue una subvención para moverse.

Me fascina ese empeño generoso y callado, ese amor por el mundo. Josetxo Mayor lleva veinte años subiendo al monte Ulía para limpiar los viejos caminos y abrir nuevos. Allí está todos los días del año -salvo el primero de cada mes, ya explicaré el motivo-, de siete a diez de la mañana, llueva, nieve o truene. Javier Etxepare ha construido más de doscientas fuentes en las montañas de Álava, para que los cazadores, los seteros y los excursionistas nunca pasen sed. Y Xabier Cabezón lleva más de 30 años rastreando los rincones remotos del valle de Leitzarán y los documentos más polvorientos para recuperar la historia de sus minas, ferrerías, molinos, trenes y puentes, y para intentar frenar los destrozos que se están comiendo medio milenio de historia guipuzcoana.

Xabier ha descubierto ruinas de las que no se acordaba nadie, como las vías de un tren minero o unas bocaminas y unas galerías borradas de la historia, ha dibujado planos de las viejas ferrerías, ha escrito informes exhaustivos sobre los restos desperdigados por el valle. Y mantiene una página web que es la Biblia del Leitzarán, en la que ofrece toda esa información y muchas sugerencias para paseos y visitas. Por si fuera poco, hace un par de semanas también puso en marcha un blog sobre el Leitzarán.

En el blog repite una vieja denuncia que nadie atiende: hace un año, la empresa propietaria de una central eléctrica destrozó la ferrería de Plazaola, una de las más antiguas del valle (aparece en documentos de 1415 y para entonces ya llevaba tiempo funcionando) y la mejor conservada hasta entonces. La ferrería está protegida por la ley (es zona de presunción arqueológica). Xabier informó del destrozo a la sociedad de ciencias Aranzadi y después pasaron el aviso al departamento de Cultura de la Diputación de Guipúzcoa. La Diputación no ha respondido ni ha movido un dedo. Un año más tarde, la ferrería sigue destrozada y medio sepultada por las excavadoras de la empresa hidroeléctrica.

El verano pasado escribí un reportaje sobre Xabier y la memoria en derribo del Leitzarán, que podéis leer aquí. En la foto aparece Xabier con su hijo Unai, que sigue los pasos de su padre y pronto nos ayudará en un pequeño reportaje para la tele. Posan ante uno de los muros de la ferrería de Plazaola que quedan en pie, devorados por la vegetación como una ruina camboyana.

jueves, 31 de enero de 2008

Que conste

Caravinagre, cazador de senegaleses balofonistas o afganos vendepollitos, es un tipo capaz de viajar sin salir de su barrio (ya sea en su Pamplona natal o en su Madrid actual). Si dentro de unos meses ando liado en un proyecto de viajes lejanos, una buena parte de la culpa será suya.

PD: Merece la pena echar un vistazo a sus fotos.

martes, 29 de enero de 2008

¿Y cómo sabes eso? (1ª parte)



Paco es un señor muy importante que siempre se está riendo. Entre sus innumerables virtudes destacan un par: es la persona que mejor sabe decir la palabra BOBO (la pronuncia así, con la boca llena de aire, en mayúsculas); y sabe dar puñetazos muy certeros en el deltoides (la parte superior externa del brazo), de ésos que parecen amistosos pero duelen de narices. Normalmente son simultáneos, el ¡bobo! y el puñetazo en el deltoides. Entre bobo y bobo, a veces también me llama txirrindulari (ciclista, una palabra que le gusta mucho porque le parece casi onomatopéyica). La primera vez que hablé con él, hace ya trece años y pico, me dijo que sólo se le ocurrían dos explicaciones sobre mí. Una de ellas era que yo estaba loco. Y se reía, el tío.

Paco es el mejor profesor que he tenido. Su lección principal era muy sencilla: para ser buen periodista primero hay que ser bueno a secas. Y además se lo creía. Y además logró que sus alumnos nos lo creyésemos. Con sus clases también conseguía que nos entraran unas ganas locas de ponernos a escribir. Nos seducía con reportajes excelentes, nos ayudaba a descubrir los trucos, nos empujaba a intentarlo por nuestra cuenta y nos enseñaba a pulir los textos hasta que el lector pudiera deslizarse por ellos como por una pista de patinaje. Hay profesores que enseñan muy bien a redactar y hay algunos, muy raros, que además de enseñar a redactar enseñan a escribir. Paco era riguroso con las faltas de ortografía, las redundancias o los jaleos sintácticos, pero centraba sus esfuerzos principales en meternos estas cinco claves en la cabeza: saber mirar, saber escuchar, saber pensar, saber expresarse y aprender qué es el hombre. Para hacer más o menos bien esas cinco cosas, es necesaria una virtud básica pero muy difícil: la humildad.



Paco me machaca el deltoides cada vez que me pongo a tiro porque me acusa de reventarle una asignatura. Y se ríe, el tío. Ocurrió en el último curso de la carrera, en una de las últimas clases de Periodismo literario. Llevaba cuatro meses explicándonos en qué consistía ese asunto del periodismo literario: en lugar de ceñirse a fórmulas rígidas, un periodista puede emplear las técnicas de la literatura para escribir textos más atractivos; su único límite es la realidad: no puede retocar una escena ni falsear un detalle para lograr una historia más redonda. Porque al periodista le corresponde escribir un relato veraz de los hechos. Y no puede traicionar ese pacto con el lector sin perder crédito.

Paco me hizo leer en clase un relato que yo había escrito sobre uno de los episodios más épicos de la historia del ciclismo: la victoria de Charly Gaul en el Monte Bondone, en el Giro de 1956. En aquella etapa, una tormenta de nieve repentina se abatió sobre los ciclistas y muchos quedaron desperdigados por la montaña, perdidos en la nieve, refugiados en chabolas o abrigados por los espectadores que salían a rescatarlos. De los cien ciclistas que marchaban en carrera casi setenta se retiraron, incluido el líder, con hipotermias y congelaciones. Los espectadores y los jueces que esperaban en la meta no tenían ninguna noticia de los corredores y organizaron una expedición con coches para ir a buscarlos, pero en medio de la nevada apareció un espectro que daba pedales y que cruzó la línea medio inconsciente y con una pierna helada. Era Gaul, un gran ciclista que aquel año había fracasado en el Giro (antes del Bondone estaba clasificado en el puesto 24) y que sin embargo demostró una inmensa capacidad agónica para resistir bajo la tormenta y alcanzar la cumbre mucho antes que el resto de los escasos supervivientes. A pesar de que lo envolvieron en mantas y lo masajearon a conciencia, Gaul se pasó una hora temblando, sin decir palabra, sin entender nada de lo que le decían, sin enterarse de que había ganado el Giro.

Para escribir este relato yo había leído unas cuantas crónicas de la época. La historia era fantástica pero había un problema: las crónicas resultaban demasiado escuetas. Por ejemplo: antes de que se desatara la tormenta, Gaul marchaba escapado y estuvo a punto de caer a un barranco por unos problemas con los frenos. Aquel susto merecía ser contado con lujo de detalles, de manera que describí el momento en que Gaul volaba cuesta abajo y descubría que le fallaban los frenos, sacaba un pie, trazaba la curva con una trayectoria apuradísima que se iba abriendo y abriendo hasta el mismo borde del abismo, las ruedas pisaban la gravilla de la cuneta y empezaban a derrapar, a Gaul se le escapaba un grito…

Cuando terminé de leer el relato en clase, la primera pregunta de un compañero fue -lógicamente- cómo conocía yo tantos detalles de aquella historia. Y respondí:

-Un poco de documentación… y un poco de periodismo literario.

Paco soltó una carcajada. No me golpeó el deltoides porque había cien testigos, pero se hizo el escandalizado y preguntó a mis compañeros si les parecía legítimo que yo me hubiera inventado escenas como esa. Los que levantaron la mano para hablar debían de ser tan tramposos como yo, porque defendieron mi texto con un argumento que se hizo muy popular: la recreación de algunos detalles no afectaba a la verdad esencial de la historia, sino que contribuía a transmitirla con más eficacia. Paco sacudía la cabeza y me miraba con intenciones homicidas.

-Me paso cuatro meses diciendo que se debe buscar la manera más atractiva de contar una historia pero sin falsear jamás ningún detalle, y en la última clase llegamos a la conclusión de que “periodismo literario” es… ¡mentir!

Con el tiempo aprendí que Paco tenía razón. La ficción sirve para contar verdades, por supuesto. Pero si un periodista tiende a retocar los detalles, por muy secundarios que sean, el lector nunca sabrá dónde empieza el maquillaje y pasará las páginas con recelo, intentando adivinar las trampas. En cuanto se tope con una historia sorprendente, desconfiará. Por eso conviene respetar a rajatabla el pacto con el lector.

En mis libros y reportajes viajeros yo planteo un trato: esto es un relato escrito por un periodista y no hay ni un gramo de ficción. Si algo no concuerda exactamente con la realidad, se debe a algún fallo de mi percepción, de mis entendederas o de mi capacidad de expresarme, pero no hay retoques intencionados para redondear ninguna historia. Esta declaración no es ninguna bandera, sólo responde a una cuestión práctica: es la única manera de que el lector me crea cuando le cuente que Charly Gaul perdió el Giro del año siguiente por pararse a mear. O que paseando con Paco junto a la Torre de Hércules nos encontramos con un alumno suyo llamado Gandalf.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Josu Iztueta cumple 50 años



Repito a menudo esta historia. El mismo día en que mi jefe me pilló haciendo fotocopias de mapas de Alaska y del Yukón, recibí una llamada que me proponía apuntarme a un viaje de nueve meses por las depresiones más profundas de cada continente. Era Josu Iztueta, un viajero tolosarra al que no conocía en persona pero sí, y mucho, de oídas. Me dio explicaciones durante diez minutos, me dijo que lo pensara y le respondí que no hacía falta. Antes de colgar ya le dije que me iba con ellos. Yo tenía entonces 23 años. Nunca he tomado una decisión tan radical en tan poco tiempo, ni creo que sea capaz de volver a hacerlo: sin ninguna transición, sin ningún razonamiento, sin ninguna duda.

Aquel viaje por los sótanos del mundo fue probablemente la época de aprendizaje más valiosa de mi vida. Porque recorrí el planeta de una punta a otra y conocí historias muy especiales, pero sobre todo porque hice un máster de periodismo, viaje y vida de la mano de Josu. Él no es periodista -sí que escribe de vez en cuando- pero reúne las mejores virtudes de un reportero: una curiosidad inagotable por el mundo, una capacidad de admiración constante, una tendencia permanente a ponerse en el pellejo de los otros. Allá donde va, compra todos los libros y las revistas que se le pongan a tiro para comprender mejor los lugares que pisa, toca puertas, pregunta a la gente, se interesa por sus vidas. A mí me bastaba con pegarme a sus talones para encontrar unas historias estupendas, con las que luego escribía crónicas semanales en la revista Zabalik.

Me acuerdo de un ejemplo entre docenas. Después de casi dos meses de viaje por Australia, llegamos a la costa tropical y decidimos dividir el grupo durante tres días. Algunos los pasaron recorriendo las playas y buceando en los arrecifes de coral. Otros seguimos el plan de Josu: un día de playa y buceo, claro, y los otros dos para buscar el rastro de las familias vascas que habían emigrado a esta zona para trabajar en los campos de caña de azúcar. Buscamos apellidos vascos en las lápidas de los cementerios y en los listines telefónicos, visitamos el Museo del Azúcar, supimos que existía un pueblo con frontón y allá nos fuimos, preguntamos en los bares y acabamos encontrando una familia vizcaína que llevaba cuarenta años en el trópico australiano. Fue un encuentro emocionante para ellos y para nosotros. Nos invitaron a cenar en su casa y nos contaron mil historias apasionantes de la emigración, divertidas algunas y trágicas otras.

Con Josu aprendí que los viajes y el periodismo son dos actividades que, bien hechas, comparten algo esencial: sirven para acercarse a los demás.

El pasado 20 de diciembre Josu cumplió 50 años. Lo celebramos con una fiesta medio sorpresa, en la que nos juntamos unos cincuenta o sesenta amigos, y le regalamos un blog que pronto se convertirá en la web oficial de la Nairobitarra, aquel autobús que en 1981 viajó desde Tolosa hasta Nairobi y que fue el principio de muchas aventuras. Ese blog recoge muchos textos sobre los viajes del autobús y sobre las expediciones de Josu por medio mundo, y también una galería de fotos de la historia de la Nairobitarra.

Hace unos años escribí un perfil de Josu. Empieza así:

"Josu Iztueta ha rastrillado el mundo durante un millón de kilómetros. En 1982 compró con su amigo Ángel un camión de mudanzas desvencijado, reclutó a veinte entusiastas y cruzó con ellos las arenas del Sáhara; las manos se le quedaron pegadas a ese volante durante veinticinco años más, en los que Ángel y él condujeron a 1.500 personas por Europa, África y las dos Américas. Entre viaje y viaje, se calzó los esquís y atravesó Groenlandia. Pedaleó por Laponia y California. Remó en piragua por el Nilo, el Báltico y el Mediterráneo. Palpó la muerte en el cauce helado del río Yukon. Pero las aventuras son un celofán engañoso. Josu guarda motivos más íntimos para viajar, para arriesgarse y sufrir: su curiosidad inagotable por el mundo, la capacidad de admiración constante, la reacción instintiva de ponerse en el pellejo del otro. ¿Por qué viaja Josu? La respuesta es sencilla pero tan potente como para sostener toda una vida. Se adivina entre sus argumentos para organizar una expedición a los puntos más bajos de cada continente y no a las cumbres: “En los ochomiles no vive nadie; en las depresiones encontraremos mineros, nómadas, pescadores, pastores”. Ahí late su definición del viaje: viajar es acercarse a los demás".

El perfil completo puede leerse aquí.

(Las fotos: Josu con 31 años, al terminar la travesía de Groenlandia sobre esquís, y Josu ahora).

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Tomar partido (Gervasio Sánchez)




La chica que aparece en las cubiertas de estos tres libros es Sofía Alface, de Mozambique. En la primera aparece con 14 años, en la segunda con 19, y en la tercera con 24. Cuando tenía 10 años fue a recoger leña con su hermana María, de 8. Pisaron una mina. María murió y Sofía perdió las dos piernas.

Sofía estará mañana en San Sebastián. Le acompañará el bosnio Adis Smajic, que perdió un ojo y una mano por culpa de otra mina cuando tenía 13 años. Sus historias son dos de las siete que recogió el periodista y fótógrafo Gervasio Sánchez en el libro Vidas minadas (1997). Cinco años más tarde, Sánchez publicó una segunda parte en la que mostraba cómo era la vida de estas personas pasado un lustro. Y ahora presenta Vidas minadas. Diez años después. Lo hará mañana, 13 de diciembre, a las 19.30, en la sala de actos de la Biblioteca Municipal de la Parte Vieja (la cripta, acceso por la calle San Jerónimo). Allí estarán Gervasio, Sofía y Adis.

Sánchez es uno de los fotoperiodistas internacionales más prestigiosos. En los años ochenta fotografió los conflictos de América Latina (El Salvador, Nicaragua, Colombia…). En los noventa trabajó en los Balcanes y en las guerras de África (Ruanda, Burundi, Angola, Liberia o Sierra Leona). También viajó a Timor Oriental y a Afganistán.

Además de su talento artístico y su pericia técnica, lo que realmente llama la atención es su cercanía con las víctimas. En medio del horror, Sánchez siempre se acerca a las personas. Porque le preocupan. Así de sencillo y de inusual. Le preocupaba, por ejemplo, la vida de los niños soldado que conoció en las guerrillas latinoamericanas y africanas. Junto con Chema Caballero, misionero en Sierra Leona, ideó el proyecto Salvar a los niños soldado, para rehabilitar a estos chavales que habían pasado su infancia repartiendo y recibiendo tiros y machetazos. Publicó un libro de fotografías que relataba esas historias atroces. En 1997 terminó el primer volumen de Vidas minadas, en el que relata la pesadilla que viven los habitantes de los países cuyos territorios han sido minados (con minas fabricadas en España, por ejemplo). La obra muestra los retratos y narra las vidas de siete personas que quedaron mutiladas en países como Camboya, Angola, Bosnia o Nicaragua, como Sofía o Adis. Y Sánchez sigue junto a estas víctimas cinco y diez años más tarde, porque le preocupa cómo avanzan esas vidas que un día fueron destrozadas por una mina.

Extraigo dos fragmentos de la entrevista que le hicieron a Gervasio Sánchez en la revista Greenpeace.

-¿Un periodista ha de tomar partido en una guerra?
-Por supuesto que sí, hay que tomar partido por las víctimas. En una guerra ya se sabe que la primera víctima es la verdad, pues para conocer la verdad lo que tienes que hacer es estar al lado de las víctimas. Porque son la única verdad incuestionable de las guerras. Cuanto más cerca estás de ellas, más cerca estás de la verdad.
-Después de tantos años viendo guerras y sufrimiento, ¿qué le anima a seguir adelante?
Mi trabajo me gusta mucho y recibo muchas compensaciones. Me relaciono con las víctimas de la guerra y eso me aporta mucho. Conozco a niños que han sido soldados y he visto cómo se reincorporan a la vida normal o forman una familia. Todo esto hace que yo no necesite ir al psicólogo. Hay colegas que trabajan en una redacción y acaban yendo a consulta porque terminan aburridos de su vida. Yo hago una balanza y en un lado sale lo peor del hombre en las guerras, pero también sale lo mejor. Ves al que se juega la vida por esconder en su casa a la hija de un vecino para que no la violen y la maten.

(Más información sobre el proyecto, los libros y el autor).

domingo, 9 de diciembre de 2007

Antonio subiendo al monte Carmelo

Al texto del pasado miércoles le faltaba esta foto de Antonio en una noche oscura, con ansias, en amores inflamado, ¡oh dichosa ventura!... (el título se lo he copiado a Eresfea).

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Conversar

Nadie reparte juego en las conversaciones como nuestro amigo Antonio, la persona más atenta que conozco. Es el Guardiola de las mesas multitudinarias. Cuando hay alguien nuevo, recién llegado o que apenas conoce al resto del grupo, Antonio siempre anda atento para que no quede fuera de la conversación, se interesa por él, le pregunta, le da bola para que participe. A veces se da cuenta de que la charla va muy lanzada por terrenos que todos conocen muy bien menos la persona recién llegada y entonces aprovecha una pausa para balbucear un par de palabras ("bueno..., entonces...") y, zas, pega un pase de cuarenta metros y cambia la conversación hasta el otro lado del campo, para que la bola llegue a la persona menos integrada del grupo.

A veces esos cambios de Antonio pillan por sorpresa a todos los demás y nos partimos de risa. Un suponer: una larga conversación entre padres sobre las consultas con el pediatra se interrumpe con un balbuceo de Antonio ("bueno..., entonces..."), un giro de cuello hacia la persona que está callada desde hace diez minutos y una pregunta como "entonces, ¿son muy duras las pruebas físicas para ser guardia municipal?".

También nos reímos con el legendario juego de las sillas de Antonio: en una comida multitudinaria, a partir del segundo plato empieza a cambiarse de sitio en la mesa, se va de una punta a otra, para charlar con los de aquí y los de allá. Nos reímos, él se ríe, pero consigue romper los grupitos y que todos acabemos hablando con todos. La palabra conversar viene del latín "vivir en compañía". En eso nadie es más hábil que Antonio.

Visito a menudo la casa de Antonio y Ester (y los pequeños Juan y Fátima). Incluso la he okupado durante días y semanas. A veces me da un poco de apuro presentarme allí o quedarme a dormir: es una casa con dos niños pequeños, con sus horarios de baños y cenas, con las lloreras de rigor y el silencio cuando por fin duermen, son un padre y una madre agotados después de un día con mucho ajetreo en casa y en el trabajo. Pero es una familia de hospitalidad beduina. La última vez que dormí en Pamplona, Antonio me invitó por mail con estas palabras: "Ven siempre que quieras. Nos gusta salir de nuestras conversaciones".

lunes, 24 de septiembre de 2007

Ulía por los caminos de Josetxo


Josetxo Mayor lleva veinte años abriendo, limpiando y cuidando los caminos de Ulía por iniciativa propia. Sube todos los días del año (salvo el primero de cada mes) y conoce tan bien esta montaña que se sabe hasta la biografía de los pedruscos. (SEGUIR LEYENDO).

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