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lunes, 6 de octubre de 2008

Fútbol inuit

Si en mi lecho de muerte echo en falta un par de horas para rematar algo, lamentaré las que perdí el pasado sábado viendo el horrendo Sevilla Atlético-Real Sociedad (1-0). Aquel caos de patadones sin rumbo, tropezones y movimientos descoordinados me recordó primero a un balet de monos y después a los inicios del fútbol esquimal.



"Ese año había en la Compañía un empleado escocés por el que los niños sentían un cariño especial. En verano decidió enseñar a los nativos a jugar al fútbol de verdad, no a su variante, que consistía en que todos los miembros de la comunidad, abuelas incluidas, tuviesen una oportunidad de patear la pelota en todas las direcciones posibles. Se había traído de Escocia un balón de fútbol reglamentario y, después de escoger la mejor extensión de terreno llano y cubierto de tundra que había entre nuestra casa y el antiguo puesto de la Compañía Comercial de Baffin, su amigo Kovianaktiliak y él clavaron dos pares de postes con una vieja red de pesca tensada entre ellos para que sirviesen de porterías. ¡Se acabaron las tonterías!

Hizo acudir a los jóvenes, chicos y chicas, que le observaban entre risas y ocasionales patadas al balón. Con gran seriedad les hizo parar y los dividió en dos bandos de once jugadores cada uno. John y Sam [los dos hijos pequeños del narrador] presenciaban los preliminares con gran expectación.

Para empezar el partido, dio un toque de silbato. No pasó nada, así que pito otra vez, y otra, hasta tres veces más. Los dos equipos se pusieron a bailar, intentando seguir el ritmo de los pitidos.

-¡No, no! -gritó el escocés-. Venid, os enseñaré.

Cogió a dos chicos y una chica y los dispuso como defensa frente a una de las porterías, después disparó la pelota hacia ellos con destreza. Los chavales se apartaron cortésmente para dejarla pasar.

-¡Eh, Tomasi! -le gritó al intérprete de la Compañía-. Hazme el favor de aclararles las cosas a estos jugadores, ¡cuéntales lo de los equipos, la defensa, el ataque!

Tomasi le escuchó y después explicó a los presentes en inuktitut algunas reglas del juego. Le dijo al escocés:

-Ya lo han entendido. ¡Empecemos!

Con otro toque de silbato el partido comenzó en serio, aunque no de la manera en que el árbitro lo había planeado. Nuestro hijo John, que entonces tenía cinco años, se incorporó al juego, y Sam, que no se pensaba las cosas dos veces a pesar de contar con tres años de edad, salió en pos de él, dispuesto a todo. El escocés, entusiasta del fútbol serio, se llevó las manos a la cabeza cuando vio a unas cuantas ancianas lanzarse al campo para propinarle su patada a la pelota. Luego se apuntaron hombres maduros y mujeres con niños en las capuchas, seguidos de varios cachorrilos de husky que se creían jugadores.

Saltaba a la vista que para John y Sam se trataba del mejor juego del mundo. A nadie le interesaba si había dos bandos y hacían caso omiso de las porterías. Su única meta era darle una buena patada a ese nuevo balón de fútbol escocés.

Si su primera impresión es que este juego no era más que un rudo entretenimiento, se equivocan. Es cierto que la base del juego no era un equipo en pugna contra otro, ni tampoco desde luego una persona contra otra. Ése no era el estilo de los inuit. El objetivo era dar lo mejor de sí mismos mediante intentos rápidos y habilidosos por controlar o disparar la pelota. No intentaban vencer a sus vecinos, ¿por qué iban a hacer algo semejante? Dependían de sus vecinos, quienes a su vez dependían de ellos. Además, vencer a otra persona no supondría para nadie más que un bochorno vergonzoso".

James Houston, Memorias del Ártico. Mi vida con los inuit. (Alba editorial, 2000).

En las dos siguientes fotos, también de Dani Burgui, podéis ver un entrenamiento del TM-62, equipo de fútbol de Kulusuk. El TM-62, que se entrena en el salón comunitario del pueblo, obtuvo su mayor gloria en el 2007, cuando alcanzó las semifinales del campeonato de Groenlandia y fue eliminado por un error arbitral.





Y en la siguiente foto podéis verme acosando a un habilidoso lateral groenlandés, en el partido disputado sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional de Kulusuk.



Más fotos groenlandesas de Dani Burgui.

sábado, 16 de agosto de 2008

Islándicas

Snorri Sturluson, uno de los grandes poetas de la Islandia medieval, mantenía más de cien vacas y toros para producir terneros en cuyas pieles escribía sus famosas sagas.


La expresión islandesa para desear buena suerte incluye el sustantivo ballena y el verbo varar o encallar. Es decir: que una ballena quede varada en tu playa.

Crítica gastronómica de la Xenophobe's guide to the Icelanders sobre la costumbre islandesa de comer pescado seco: "Lo cuelgan hasta que se queda tan delgado como el papel y hasta que sabe como una alfombra vieja. Cuando las gaviotas pierden todo el interés por ese pescado, los islandeses empiezan a considerarlo listo para comer".

martes, 24 de junio de 2008

Calentamiento global (2): ovejas y pingüinos

Ojo a este hecho, quizá atribuible al calentamiento global: en Groenlandia hay muchas más ovejas que pingüinos. ¿Lo sabíais?

Merece pasar al catálogo de los datos tontos para cenas raras.

lunes, 23 de junio de 2008

Calentamiento global: se derriten los cerebros


Dos osos polares llegan a Islandia, flotando en hielos a la deriva, los islandeses los matan a tiros y algunos periodistas descubren otra señal del apocalipsis: ¡el cambio climático! "Tiroteados por el deshielo", titulan en Público. Y dicen que el oso tiroteado es "uno de los últimos signos del calentamiento del planeta".

Un blog de Greenpeace
dice que el cambio climático produce "estos hechos hasta ahora imposibles" (hechos imposibles: la llegada de osos a Islandia).

Pues bien. Esos "hechos imposibles" son hechos bastante habituales. Ahora y hace siglos. Los osos polares llegan con cierta frecuencia a Islandia, flotando sobre hielos a la deriva y nadando en los últimos tramos. En la costa norte abundan los testimonios de ataques de osos polares. En uno de los pueblos de la zona exhiben uno cazado en el siglo XIX. Los dos últimos de los que se tenía constancia fueron abatidos en 1988 y 1993. De hecho, existe una ley islandesa que permite la caza del oso cuando amenaza a personas o a ganado. Sería una ley muy curiosa, si realmente en ese país nunca hubieran visto un plantígrado. Quizá el deshielo del Ártico favorezca la llegada a Islandia de más osos de lo habitual, es posible y hasta probable, pero en las noticias no he leído ningún dato acerca de esta hipotética tendencia.

Repito lo que dije en el anterior texto, el del fracaso periodístico: un periodista que trabaja con símbolos hace literatura o hace sermones, pero no periodismo. El periodismo trabaja con hechos. En este caso, algunos periodistas han trabajado con símbolos. Han escrito sermones. Tenían una idea preconcebida (hay señales catastróficas del calentamiento global por todas partes) y han encontrado un símbolo dramático (el oso polar abatido) para exponer su idea. Han sido capaces hasta de imaginarse las razones del oso para viajar: no encontraba comida y tuvo que emigrar, dicen. Pero en realidad no sabían nada sobre el oso. Es como si yo hubiera escrito un reportaje sobre el drama de los emigrantes, basado en la terrible historia de los ocupantes de ese coche jordano del que no sé absolutamente nada.

El calentamiento global, un tema científico muy serio y muy complejo, se ha convertido en un sermoncillo de moda. El calentamiento global es un mantra que vale para echar la culpa a los demás y absolverse uno mismo. Al parecer, lo primero que derrite el calentamiento global es el rigor y el sentido crítico.

lunes, 16 de junio de 2008

Lección populista de geología islandesa

Pensaba publicar una disertación sobre geología islandesa, con sus placas tectónicas, su magma, sus fallas, sus terremotos, sus volcanes, sus géiseres, sus fumarolas.


Pero las estadísticas del blog me han hecho pensar. En los últimos días se ha disparado el número de visitas, ha aumentado la participación, se percibe el entusiasmo de los lectores. Y esta efervescencia coincide con la aparición de dos temas: fútbol y penes.

Tomo nota. No dudo, mis queridos lectores, de que os interesan cuestiones de hondo calado como la situación social groenlandesa, la exportación de cabezas de bacalao a Nigeria o la caza de ballenas en Islandia. Pero una vez comprobados cuáles son los asuntos más atractivos para vosotros (repito: fútbol y penes), supongo que debo adecuar los contenidos del blog a vuestras inquietudes. Por eso, con el noble afán de divulgar los apasionantes misterios de la geología entre el público más amplio posible, y despreciando el peligro de un deslizamiento por las irresistibles pendientes de la chabacanería, he decidido que estas fotografías serán para vosotros la explicación más memorable sobre las fumarolas de Islandia.





jueves, 12 de junio de 2008

El rey del pitilín


-¿Sabe usted si en España siguen utilizando penes de toro para fabricar fustas?

Creo que es la mejor pregunta que me han hecho nunca. Confesé mi ignorancia en tan apasionantes cuestiones y Sigurdur Hjartarson, autor de la pregunta, director del Museo Falológico de Islandia, me enseñó el pene. El del toro. El que se usa como fusta. El que le regalaron hace 34 años y con el que empezó su sobresaliente colección.

Por aquel entonces Sigurdur era un historiador que daba clases en un instituto de bachillerato islandés. También fue profesor en la universidad, donde se especializó en historia latinoamericana, y vivió una temporada en México. Habla un español muy fluido y en este idioma conoce muchos sinónimos de la palabra falo. La fusta se la regalaron los padres de un alumno y entonces, en 1974, Sigurdur empezó a interesarse por los penes ajenos. Recopiló ejemplares de diversas especies y en 1997 abrió un museo en Reikiavik, la capital de Islandia. En 2004 se jubiló y se trasladó a Húsavík, una pequeña ciudad de la costa norte, donde inauguró la nueva sede del museo, que recibe a unos 6.000 visitantes anuales ("gente inteligente, de buen humor y en su mayoría mujeres", dice).

La Faloteca cuenta con un director y muchos miembros. Más de 170: falos de ballenas, osos polares, focas, morsas, toros, ratones, incluso uno de elefante, el único que Sigurdur tuvo que comprar. Los demás son donaciones de pescadores, cazadores y biólogos. El del elefante, por su palmaria contundencia, es uno de los más admirados y fotografiados.


También suscita muchos comentarios el pene del cachalote, el más largo de todos con 1,70 metros (lo podéis ver en la primera foto de la entrada anterior). Y en el otro extremo del espectro falológico se encuentra el pene de un hámster, que mide un par de milímetros y debe contemplarse con lupa.

En un punto intermedio, más cerca del hámster que del cachalote, quedan los penes humanos. Por ahora el museo no exhibe muestras reales pero sí réplicas plásticas de cuatro falos, cuyos dueños se han comprometido a donarlos cuando mueran. El donante que parece con más posibilidades de estrenar el apartado humano es Páll Arason, un islandés de 93 años. Arason, orgulloso de sus hazañas sexuales, pensó que exhibir su pene en el museo le aseguraría una fama eterna. Pero ahora tiene dudas, según el director del museo, porque al parecer el miembro se le va encogiendo con la edad y teme que el resultado final no rinda justicia a las propiedades que durante tantos años le dieron cierto prestigio en Islandia. De hecho, la extirpación del pene es una de las preocupaciones del director Sigurdur: debe cortarse rápidamente, en cuanto muera el donante, y debe bombearse sangre para mantenerlo erecto, un detalle en el que los donantes han insistido mucho.

Los otros donantes son un británico, un alemán y un jovial estadounidense que responde al nombre de Stan Underwood, de 62 años, quien regaló al museo una réplica de su pene, a la espera de que le llegue su hora y el falo real viaje hasta Islandia, ya separado de su propietario. Junto al pene de plástico, una fotografía enmarcada muestra al señor Underwood desnudo, sentado en una banqueta, risueño, luciendo un pene cacahuetesco y arrugadillo -quizá encogido por la solemnidad del momento-. Parece que la foto tampoco hace justicia, porque el documento de donación describe algunos detalles excepcionales de la biografía del pene y de su propietario.

El pene, bautizado por su propietario como Elmo, fue donado al museo en noviembre de 2002. Según el acta de donación, Elmo consta de pene, testículos, escroto y vello púbico. Su propietario es Stan Underwood, nacido en 1946 en Denver (Colorado, Estados Unidos), de raza caucasiana, con antepasados ingleses e irlandeses y alguna gota de sangre cheroki. Underwood fue circuncidado al nacer. Durante la madurez, su pene erecto alcanzaba los 19 centímetros de largo, 5 de ancho y 16 de perímetro. Ha tenido tres esposas y es padre de un hijo y una hija. A principios de los años 80, el señor Underwood posó desnudo reiteradas veces como modelo fotográfico. En esa época se fabricó un molde de su pene que tuvo una amplia difusión comercial: cientos de miles de copias de látex se distribuyeron por todo el mundo.

En cuanto al pene, el acta de donación detalla que fue tatuado repetidas veces entre los 25 y los 53 años. Tiene dos pequeños piercings en la parte inferior del glande. El señor Underwood se fracturó la fascia en dos ocasiones distintas (el tejido interior que une las dos cámaras de erección), a causa de torsiones bruscas durante sendas erecciones. La uretra fue ensanchada y uno de los rasgos más destacables -y celebrados por sus tres esposas- es el gran tamaño de su escroto. La descripción termina con esta nota: "Se cree que palpar uno de los testículos del señor Underwood da buena suerte".

Estos son los planes: "Actualmente los mencionados genitales (Elmo) están adheridos al señor Underwood, aunque pertenecen a Catherine Blumenstine, señora de Underwood, quien se compromete a extirparlos del cuerpo del señor Underwood cuando éste muera, a preservarlos y a enviarlos al Instituto Falológico Islandés. Antes de enviarlo, la señora Blumenstine podrá disponer de Elmo durante unos años y disfrutarlo en la intimidad de su hogar".

Sigurdur, ansioso por completar el muestrario, espera con ilusión el día en que el cartero llame a su puerta y le entregue un pene humano erecto y disecado.

(En la primera foto: Sigurdur Hjartarson, director de la Faloteca, con su teléfono (¿pollafone?). En la entrada del museo pueden contemplarse objetos de madera con forma de pene tallados por el propio Sigurdur: el teléfono, la caja registradora, huchas, saleros, martillos, ceniceros... También se exponen objetos faloformes recopilados por todo el mundo, como palos de golf con cabeza de pene o botijos de Ciudad Real con la forma de un guardia civil presentando armas. La hija de Sigurdur, artista de la pintura, la cerámica y el vidrio, también ha elaborado una amplia gama de recuerdos para el visitante, como las maravillosas lámparas hechas con escroto de toro que podéis ver en la tercera fotografía del texto anterior).

miércoles, 11 de junio de 2008

Adivinanza: un museo islandés

Hace 40 años los padres de un alumno le regalaron el primer ejemplar, que servía como látigo. Desde entonces el profesor Sigurdur Hjartarson fue ampliando su colección y en 1974 abrió un museo en Reikiavik. Al jubilarse, trasladó el museo a la pequeña ciudad de Husavik, en el norte de Islandia, donde exhibe más de 170 ejemplares. ¿A qué está dedicado el museo?





jueves, 5 de junio de 2008

El regreso de Josu a Groenlandia

Todos tenéis en casa un mapa del interior de Groenlandia: basta con que miréis un folio en blanco. El 85% de esa gigantesca isla está cubierto por una capa de hielo que alcanza los tres kilómetros de grosor, una inmensa desolación en la que no existe ninguna referencia. En 1988, Josu Iztueta cruzó esquiando el casquete groenlandés con cuatro compañeros: Dina Bilbao, Ángel Ortiz, Nekane Urkia y Txiki Plazas. Entre la costa este y la costa oeste, recorrieron 600 kilómetros por una superficie helada, con vendavales, tormentas y temperaturas de 36 bajo cero, sin mapas, sin GPS, sin radio, sin teléfono, sin más referencias que las de una rueda de bicicleta con cuentakilómetros (para calcular la distancia recorrida cada jornada) y las de un sextante (un aparato para medir el ángulo entre el sol y el horizonte, que permite calcular aproximadamente la latitud). El esfuerzo físico fue tremendo, pero nada más terrorífico que el aislamiento total: si no llegaban a su destino, nadie sabría dónde estaban y ellos no podrían mandar ningún aviso. Así pasaron 34 días fuera del mundo.

A los más flojos nos bastaría la primera pega de aquella expedición para quedarnos en casa: en cuanto me dijeran que durante un mes sólo iba a comer puré de patatas, jamón york y galletas con mantequilla, me negaría a ir.

Yo tenía dos razones para viajar a Groenlandia: la primera, conocer Groenlandia; la segunda, asistir al regreso de Josu Iztueta a Groenlandia veinte años después. En Islandia no encontramos el mensaje que Agustín Egurrola dejó en un volcán hace cuarenta años, pero en Ammassalik sí dimos con los chavales inuit que Josu y sus compañeros conocieron y fotografiaron en 1988. Aquí tenéis una imagen de la escuela de Ammasalik hace veinte años:


Josu -con el mismo abrigo que en 1988- llevó un montón de copias de esta foto, con la idea de localizar a esos chavales veinte años después. Un domingo nos acercamos a la iglesia de Ammasalik y al final de la misa buscamos a jóvenes que rondaran la treintena para enseñarles la foto y preguntarles si reconocían a alguien.

A la primera, bingo: Konrad Larsen, el chavalín que aparece vestido de rojo en la fila de los que están de pie, es ahora un padre de familia de 31 años, éste que veis aquí:


Konrad identificó a casi todos los niños de la foto y escribió sus nombres en un papel. Suenan como un poema: Nuka Utuaq, Otto Larsen, Lund Kucho, Rita Kurtse, Marie Heimer, Pandita Singartod... Una de las niñas se llama Asta Hoy, y así parece que se ha seguido llamando todos los días durante los últimos veinte años. Mis nombres favoritos son Ardi Kuko y Odin Mikiki.


Konrad nos contó que Lund, Ketty y Ardi viven en Dinamarca, que Rita y Asta viven en Nuuk (la capital de Groenlandia), que una de las chicas murió, que Jakob Bianco es profesor en la misma escuela de Ammasalik. Al día siguiente, otra vez en la iglesia, encontramos a Jakob Bianco. Josu le dio las copias de la foto y él prometió repartirlas.


Esta es la pequeña historia de un reencuentro groenlandés. Y otra muestra de la chispa de Josu.

Dani-Caravinagre, que nos acompañó en Groenlandia y conoció a Josu sobre el terreno, se pregunta en qué fuente de la juventud bebió este hombre para ser tan "curioso insaciable, hábil y jovial". Cada cana de Josu, dice Dani, vale por cien vidas.

Ya hablé de esto y ahora sólo añadiré un detalle. Después de visitar Groenlandia, Josu y yo dimos una vuelta a Islandia en un cochecito alquilado durante un par de semanas. No pasaban diez kilómetros sin que Josu parara el coche: mira, allí hay un panel que explica cómo se formó este desierto de lava y las columnas de basalto; mira, allí hay un recinto muy curioso en el que cada pastor de la zona mete sus ovejas cuando van a esquilarlas; mira, por esta pista podemos ir a la granja más alta y más aislada de Islandia; mira, allí hay un museo muy interesante sobre los glaciares... Para mí era la primera visita a Islandia, un país que me ha fascinado, pero a veces viajaba medio dormido, cansado o despistado. Josu estaba en alerta constante, no dejaba escapar ni el más pequeño detalle del paisaje, de los pueblos, de la gente. Y era su novena vuelta a Islandia en cuatro años.

Cuando estoy con Josu Iztueta o con Agustín Egurrola, pienso que ya me gustaría a mí llegar a los 50 años o los 74 y ser capaz de hacer las cosas que hacen ellos. Luego pienso que ya me gustaría a mí hacer las cosas que hacen ellos... ahora mismo, con mi edad.

viernes, 30 de mayo de 2008

Cierra la puerta, que hace terremoto

Parece que ayer a las 15.46, hora islandesa, el encargado del simulador de terremotos de Hveragerdi se dejó la puerta abierta y se le escapó uno de magnitud 6.

Hveragerdi es un pequeño pueblo de 2.000 habitantes en el sudoeste de Islandia, al que llegamos el pasado sábado por la tarde. No es un pueblo turístico pero ofrece un puñado de curiosidades. Las casas están construidas sobre una extensión de lava de hace cinco mil años, en una zona de gran actividad sísmica y en la cercanía de un campo geotermal, del que brotan fumarolas y chorros de agua hirviente. En el suelo de la biblioteca local han dejado un espacio translúcido para contemplar una fisura del terreno: es parte de la grieta que separa la placa euroasiática y la norteamericana. La biblioteca presume de estar construida sobre dos continentes. Los vecinos aprovechan las aguas hirvientes: calefacción gratis para las casas, y calor y luz para los famosos invernaderos de Hveragerdi, donde cultivan toneladas de tomates y otras hortalizas y plantas (ojo al dato: Islandia es el mayor productor europeo de plátanos, si no contamos las Canarias).


El otro atractivo de Hveragerdi es su simulador de terremotos: una sala que tiembla como si la estuviera sacudiendo un seísmo de 6 grados Richter. Cuando llegamos el sábado por la tarde, la sala ya estaba cerrada. Así que nos marchamos sin probar un terremoto gordo.

Ayer, a las 15.46, un terremoto de 6,1 grados Richter con epicentro en Hveragerdi sacudió el sur de Islandia. En el mismo sitio del simulador y con la misma potencia.

Josu y yo estábamos en Tolosa, escuchando la charla del explorador polar Ramón Larramendi (a quien encontramos en Reykjavik), cuando nos llegó un sms de Jesús, uno de los basauritarras que vive en la capital islandesa: terremoto de 6,1 grados, las casas han temblado, todo bien, os lo perdisteis por poco. Josu habló con Lorena, mujer de Miguel, madre de Estrella Björt y cuidadora de media docena de niños en su casa: el temblor fue potente y Lorena salió con las criaturas a la calle, por si acaso.

Dicen las noticias que en las casas de Hveragerdi cayeron cuadros, lámparas y muebles; dos viviendas se derrumbaron en la cercana Selfoss; la gente salió corriendo y gritando a la calle; hubo 28 heridos. Después se registraron diez réplicas superiores a 3 grados. Las autoridades pidieron a la gente que no pasara la noche en casa, por temor a réplicas más potentes, y montaron tiendas de campaña para todos.

También leo que el terremoto se notó en las islas Vestmannaeyjar, donde encontramos los secaderos de bacalao de los que os hablé ayer. Fijaos de nuevo en esas fotos. Menudo arranque para una película islandesa: la tierra cruje, la isla volcánica tiembla, ristras de miles de cabezas de bacalao se balancean y entrechocan en el aire.

(Casos que probablemente ocurrieron ayer en Hveragerdi:

1) Menuda rabia si... Eres un turista. Pagas una entrada para el simulador de terremotos de magnitud 6. Después del simulacro, sales a la calle y te pilla un terremoto de magnitud 6.

2) Menudo mosqueo si... Eres un turista. Pagas una entrada para el simulador de terremotos de magnitud 6. Mientras estás dentro, fuera ocurre un terremoto de magnitud 6. No te enteras. Sales a la calle y te encuentras casas agrietadas y gente gritando y corriendo).

miércoles, 28 de mayo de 2008

Delicatessen


Caminando por los acantilados de Vestmannaeyjar, encontramos dos grandes secaderos. De los postes colgaban ristras de cabezas de bacalao, sólo cabezas, cientos, miles, decenas de miles de cabezas de bacalao. Nos metimos por los pasillos, entre las estructuras de madera. Las cabezas, ya apergaminadas, soltaban un hedor mareante. El viento las balanceaba y entrechocaban con un sonido acorchado.

En el pueblo preguntamos para qué secaban esas miles de cabezas de bacalao: "Para exportarlas a Nigeria. Allí son una delicatessen".




sábado, 24 de mayo de 2008

Josu pasa una entrevista de trabajo a la islandesa

En la bahía de Dritvík encontramos una oficina de selección de personal de hace cuatrocientos anyos: cuatro rocas pulidas de 23, 54, 100 y 154 kilos, que los aspirantes a pescador debían levantar para demostrar sus capacidades.

Dritvík es una cala de arenas negras, custodiada por acantilados de lava, en un rincón perdido del lejano oeste islandés. A pesar de su lejanía, este refugio natural constituyó la mayor estación pesquera de Islandia entre los siglos XVI y XIX. En primavera llegaban a juntarse 50 o 60 barcos de remos y 600 hombres, que compartían una docena de casas de piedra con habitaciones y cocinas, cuyos restos aún pueden contemplarse en las partes más refugiadas de la bahía.

Muchos de los pescadores eran granjeros del interior. En el gélido y oscuro invierno islandés las granjas no dan apenas trabajo (los campos cubiertos de nieve, el ganado recogido en los establos), así que en enero o febrero muchos campesinos buscaban trabajo en la costa. Algunos caminaban por rutas inverosímiles, a oscuras y bajo cero, cruzando campos de hielo y desiertos de lava, con unos zapatitos de cuero de oveja -eran poco más que calcetines gruesos- y llegaban a las estaciones litorales.

En Dritvík debían levantar los pedruscos para conseguir el empleo. Quien quisiera embarcarse como remero y pescador de bacalao -y recibir así un buen sueldo-, debía levantar como mínimo la piedra de 54 kilos hasta una plataforma rocosa a un metro y pico del suelo.

En las fotos, Josu alza esa piedra de 54 kilos y demuestra que podría trabajar como pescador ártico. Yo, con la de 23, confirmo que mis capacidades pesqueras se limitan al pelado de gambas.

(Texto dedicado a Inaki Mendizabal, experto en deporte rural, en cuyo pueblo -Berriatua- utilizarían estas piedrecitas para jugar a pelota mano en el frontón).











jueves, 22 de mayo de 2008

Los consuelos del pirata en Hlidarfjell

En agosto de 1968, Agustín Egurrola dejó una botella con mensaje en la cumbre del volcán Hlidarfjell. Nos lo contó en aquella comida en Tolosa y unos días más tarde envió una carta a Josu con las indicaciones para que buscáramos la botella cuarenta anyos más tarde. Pinchad en la siguiente foto y veréis el mapa de la búsqueda del tesoro. Merece la pena.


Ayer subimos al Hlidarfjell, una pirámide negra de 771 metros que se alza sobre el lago Myvatn y su entorno marciano (conos volcánicos, cráteres despanzurrados, desiertos de lava, lagunas humeantes, campos de fumarolas y sulfataras...). Después de un par de horas de subida por las laderas de riolita del volcán, en la cima no encontramos ningún hito de piedras como el que nos había dibujado Agustín. Sólo había un sismógrafo y algunos amontonamientos de rocas que removimos durante un rato, sin éxito. Nos marchamos pensando que alguna tormenta habría derribado el hito hace décadas y que un vendaval se habría llevado la botella rodando monte abajo o que quizá la teníamos a medio metro de nuestras botas, enterrada entre pedruscos.

Estábamos en una de esas situaciones en las que uno busca consuelo en las metáforas ("el verdadero mensaje de Agustín eran las maravillosas vistas desde lo alto del volcán" y tonterías del estilo) y me acordé de un relato de Slawomir Mrozek. Lo cito de memoria: unos piratas navegan durante meses en busca de un tesoro, pasando mil penurias, y por fin encuentran la isla donde está enterrado. Excavan en el punto indicado, sacan el cofre y al abrirlo descubren una nota: "No hay ningún tesoro, bobos. Que os den por saco". Uno de los piratas dice: "Bueno, el camino es más valioso que la meta, buscar algo es más importante que encontrarlo...". El jefe de los piratas le pega un tiro y lo mata. "Las moralejas están bien", dice, "pero hasta cierto punto".

Pues eso.

Y aquí, algunos consuelos del pirata:




sábado, 17 de mayo de 2008

Heimaey, un pueblo al borde del infierno

El 22 de enero de 1973, el marino Siggi debía zarpar de Reikiavik para navegar hasta la isla Heimaey, en el archipiélago volcánico de Vestmannaeyjar, cerca de la costa sur islandesa, su tierra natal. Siggi, que entonces tenía 38 anyos y ahora 73, nos dice que tuvo un presentimiento. Retrasó el viaje.

A las 2 de la madrugada del 23 de enero, en el este de la isla Heimaey la tierra crujió, se abrió una grieta de 1.500 metros de longitud y brotó una muralla de fuego de docenas de metros de altura. El nuevo volcán explotó muy cerca del pueblo de Heimaey, el único del archipiélago, y esa misma madrugada consiguieron evacuar a los 5.000 habitantes en barcos y helicópteros hasta la costa islandesa. Dentro de la desgracia tuvieron una suerte milagrosa: aquella noche no soplaba viento en Heimaey, la tierra más ventosa de toda Islandia, que ya es decir.

Siggi recibió la noticia en Reikiavik. Al día siguiente navegó hasta la isla para ayudar en el rescate de coches, muebles y toneladas de pescado, antes de que la lava los devorara. El tercer día empezó a soplar viento del este: sobre el pueblo cayeron bombas de lava y oleadas de cenizas ardientes. En las siguientes semanas la lava incandescente fluyó hacia el pueblo y sepultó casi cuatrocientas casas. Otras muchas se incendiaron o se derrumbaron por las toneladas de ceniza que se acumulaban sobre los tejados. Heimaey contaba con una de las mayores flotas pesqueras de Islandia y muchos barcos se hundieron por el peso de la ceniza. Una capa de cuatro metros cubrió el pueblo entero. Una brigada de bomberos y voluntarios apuntalaba las casas, retiraba la ceniza de los tejados y lanzaba agua de mar a las lenguas de lava con docenas de mangueras a presión, para frenar su avance y evitar que taponara la boca del puerto y destruyera sus instalaciones. La lava se paró 175 metros antes de alcanzar las montanyas que cierran el puerto en la orilla contraria. Desde entonces, el puerto de Heimaey cuenta con una bocana estrecha y un refugio mucho mejor.

La erupción continuó durante cuatro meses. La lava expulsada formó una montanya de 205 metros (el Eldfell) y amplió un tercio la superficie de la isla (una manera bastante bestia de recalificar terrenos, pero seguro que algún concejal mediterrráneo toma nota de la idea).

Con el pueblo destruido y la isla cubierta de cenizas, se planteó la posibilidad de abandonar la isla para siempre. Pero los vecinos se negaron. Trabajaron durante meses para limpiar, desescombrar y reconstruir. Sembraron las laderas negras con semillas y las fumigaron con fertilizantes. Acondicionaron la nueva entrada del puerto. Siggi recuerda esa época como una temporada feliz: un punyado de islenyos tercos arrimando el hombro para resucitar el pueblo contra la opinión mayoritaria y sensata. Durante la reconstrucción llegaron voluntarios de 19 países, celebraron festivales de música, montaron obras de teatro.

La nueva Heimaey es una pequenya ciudad pesquera, próspera, animada. Y sobre todo valiente y testaruda: las nuevas villas se levantan en el borde de una gigantesca escombrera negra que aún humea y los ninyos de la escuela cuecen pan con el calor de la lava bajo la que yacen las casas de sus padres y abuelos.

(Las fotos las sacamos ayer, cuando Josu y yo dimos la vuelta a la isla de Heimaey caminando en tres horitas y pico.

1): Imagen desde la cumbre del Eldfell, el volcán de 205 metros que brotó en la erupción de 1973. Se ven las coladas de lava que sepultaron casi todo el pueblo viejo y estuvieron a punto de taponar el puerto.



2)Escombrera de lava enfriada (o aún templada). Debajo están las casas sepultadas en 1973.



3) Colorines desde la cima del Eldfell.

jueves, 15 de mayo de 2008

Desayuno y cena

Un detalle que olvidé incluir en el texto de ayer y que probablemente explica muchas cosas sobre el drama inuit del alcoholismo, los suicidios y la desesperanza. Cuando se les pregunta sobre sus suenyos, los adolescentes de la escuela de Ammasalik -muchos de ellos, hijos de cazadores de focas y osos- responden que quieren ser policias o profesores y bastantes responden que quieren ser millonarios y marcharse de Groenlandia.

***

Esta manyana, en el camping de Reykjavik, Josu se ha encontrado con Ramón Larramendi, el mayor explorador polar espanyol. Mirad, mirad. Cenaremos con él. Me temo que la cena se va a quedar fría.

Ginebra con hielo

(Después de retrasos y mareos diversos, después de incertidumbres meteorológicas que nos hacían pensar en una forzosa semana extra en Groenlandia, acabamos de regresar a Reykjavik con casi tres días de retraso. O con sólo tres días de retraso, según se mire. No problem. El texto que sigue es del pasado lunes, cuando nos quedamos en tierra y nos alojaron en un hotel, un texto que no he conseguido colgar hasta ahora).

En mayo, en Ammasalik, la luz solar permanece veinte horas, las temperaturas superan los cero grados casi todo el día, el mar empieza a agrietarse y descongelarse, los cazadores de focas reanudan sus batidas. En las montanyas emergen las rocas, los líquenes, algunos matojos de hierbas pajizas que no hacían la fotosíntesis desde septiembre. La capa de tres, cuatro o cinco metros de nieve que sepulta el pueblo va fundiéndose y asoman cosas olvidadas hace meses: los caminos de tierra, el embarcadero, el campo de fútbol cenagoso, las bicicletas y los camioncitos de plástico abandonados por los ninyos, las cajas, los bidones y las bolsas desparramadas, miles y miles de colillas, un ataúd a medio terminar, pedazos de foca pestilentes, y a veces también suele aparecer bajo la nieve aquel vecino que salió a comprar ginebra en octubre y no volvió a casa.

Por todas partes aflora una especie que ha colonizado rápida, minuciosa y exitosamente el ecosistema groenlandés: la lata de aluminio. En mayo, los pueblos aparecen sembrados de miles de latas verdes y brillantes de las cervezas danesas Tuborg y Carlsberg. Es tiempo de cosecha: algunos ninyos recorren el pueblo recogiendo las latas. Les pagan cinco coronas danesas (0,60 euros) por kilo.

Georg Utuaq, el cazador de focas y guía de turistas, nos ofreció un argumento principal para que nos alojáramos en su casa: "En mi familia no hay problemas ni violencia, no somos alcohólicos". Este detalle es una ventaja comparativa en un pueblo devastado por la bebida. En las calles se ven día y noche borrachos que se tambalean, gritan a todo el que pasa o caen y se duermen en el hielo.

A Lars Peter, el director danés del colegio de Kulusuk, le preguntamos por el tiempo libre de los inuit: "Juegan a cartas y se emborrachan". Eso es en invierno. En verano no juegan a cartas. Hace pocas décadas los inuit pasaban el invierno en sus casas de piedra y turba, y dedicaban el resto del anyo a cazar y pescar. Muchos de ellos siguen cazando y pescando, especialmente en esta costa oriental, pero ahora también tienen alcohol y estadísticas. A los borrachos los vemos por la calle y en las estadísticas leemos que los inuit de Ammasalik se suicidan veinte o treinta veces más que los europeos.

Tuvimos que quedarnos en la aldea de Kulusuk tres días más de lo previsto. Y ahora tenemos que esperar dos días más al avión que nos lleve de vuelta a Islandia. En esta semana y pico groenlandesa hemos hecho excursiones preciosas a pie y en trineo, hemos paseado por Kulusuk y Ammasalik, hemos charlado con los vecinos, hemos cenado con ellos, hemos visto entrenamientos de fútbol y hemos contemplado la vida del pueblo. Seguimos con la mandíbula colgante ante este mundo tan extranyo, tan duro y tan seductor para el visitante. Pero ahora, en apenas un par de días de nevadas y ventiscas que nos impiden movernos o salir de aquí, sin planes y con muchas horas muertas por delante, y cómodamente instalados en un hotel pagado por la companía aérea, experimentamos una minúscula parte de lo que supone el acorralamiento del clima y la geografía groenlandesa. Estas condiciones explican muchas de las tragedias groenlandesas, pero estas condiciones han existido siempre. Lo que ocurre es que los inuit de la costa este han vivido una revolución brutal. Nunca se habían encontrado con los europeos hasta 1884. Entonces eran cazadores prehistóricos y apenas cien anyos más tarde sus bisnietos viven en plena globalización: reciben turistas, ven la tele por satélite, se asoman a internet, compran en supermercados, buscan trabajos en las ciudades y en el extranjero. Evidentemente disfrutan de muchas ventajas y han mejorado su calidad de vida en muchos aspectos, pero un cambio tan drástico ha dejado un reguero de víctimas por el camino. El alcoholismo, los suicidios, el desarraigo y la desesperanza de muchos inuit no puede explicarse sin tener en cuenta esa revolución, ese aterrizaje forzosísimo en un mundo tan distinto. Los detalles quedan para otro texto, quizá para un futuro reportaje, pero por ahora nosotros hemos entendido un poco mejor uno de los factores del drama inuit, y eso que estamos en un hotel: un par de jornadas más encerrados aquí por el hielo y el viento de Groenlandia, sin nada que hacer en todo el día, y empezaríamos a abrir botellas de vino como locos.


(PD: Colgar las fotos es un poco complicado. Ya pondré algunas a la vuelta).

sábado, 10 de mayo de 2008

Cinco dias en Kulusuk

En Groenlandia no conviene hacer muchos planes. Puede que el mar este con demasiado hielo como para navegar pero demasiado fundido como para cruzarlo en trineo de perros. Queda el helicoptero, pero puede que el dia previsto lo necesiten con urgencia en otro sitio o de pronto puede llegar el piteraq, un viento que baja desde el casquete de hielo a la costa y sopla a mas de 300 km/h. Pensabamos quedarnos un par de dias en Kulusuk, una aldea de 300 habitantes medio sepultada por cuatro o cinco metros de nieve, en una isla de granito y hielo, rodeada de mas islas, fiordos congelados y montanyas con glaciares inmensos., pero en vez de dos dias nos hemos quedado cinco porque no habia manera de salir de aqui. En Groenlandia conviene no hacer demasiados planes, tener paciencia y un montoncito de libros para pasar la tarde en casa.

Nos hemos alojado en casa de Georg Utuaq y su numerosisima prole de hijos, sobrinos y nietos. Georg es cazador de focas y tambien pasea turistas. Con el y dos cazadores mas nos fuimos de excursion en tres trineos de perros: siete horas deslizandonos por el mar congelado como una llanura de marmol, por los valles de hielo de islas abruptas, por gigantescos glaciares agrietados. El paisaje mas grandioso, abrumador y emocionante que he conocido nunca.

En estos dias tambien hemos visitado la escuela de Kulusuk y hemos charlado con sus profesores daneses y groenlandeses; hemos asistido al entrenamiento del TM-62, el equipo de futbol de Kulusuk, semifinalista del campeonato de Groenlandia, eliminado por un error arbitral, que se entrena en la sala de bailes del pueblo (un salon vacio de 16 metros por 6); hemos cenado salmon pescado por Lars-Peter, el director danes de la escuela; hemos comido narval crudo -sabe a neumatico-; hemos caminado por las montanyas de roca, liquen y musgo de los alrededores y el mar helado; hemos visto entre la nieve maquinas abandonadas por el ejercito estadounidense cuando construyeron una estacion de radar en esta isla, y hasta nos ha dado tiempo a enfadarnos con los crios revoltosos del vecino. No esta tan mal quedarse colgado unos dias en Kulusuk.

PD: Acabamos de llegar en helicoptero a Ammasalik, la capital de Groenlandia oriental, 1.800 habitantes. Y nos acaban de escribir para decirnos que el vuelo de regreso a Islandia se retrasa del 12 de mayo al 14. Dos dias mas en Groenlandia, por cortesia de Icelandic Air. No conviene hacer planes...

lunes, 5 de mayo de 2008

Chaladuras subárticas


Foto: cena en casa de Antón, el último ballenero vasco, en Reikiavik. Para el picoteo: ballena cruda en salsa de soja.

Una cordillera de 18.000 kilómetros atraviesa el fondo del Atlántico de norte a sur, una cicatriz que divide la placa tectónica americana y la euroasiática y que se agita con una actividad sísmica brutal. A fuerza de terremotos y erupciones, algunos puntos de la cordillera se elevaron hasta emerger de las aguas. Por ejemplo, Islandia, que brotó del mar hace muy pocos millones de anyos. Su paisaje todavía sigue modelándose con explosiones, desplomes, coladas de lava, afloramientos de montanyas y de islotes... Ayer, durante nuestro primer día en la isla, descubrimos que muchos rincones Reikiavik desprenden un olorcillo a huevos podridos por las aguas sulfurosas con que calientan la ciudad. Parece mentira que un país tan nuevo ya huela a caducado.

Encontramos en Islandia una abrumadora concentración de chalados por kilómetro cuadrado. Un italiano que va a cruzar esquiando el glaciar Vatnajökull ida y vuelta (300 kilómetros por el glaciar más extenso de Europa); un suizo que salió pedaleando de su casa, acaba de cruzar Islandia y espera un barco mercante que le lleve a Canadá para cruzar aquel país de costa a costa; un santanderino que suenya con irse a alguna aldea de la costa islandesa (porque, al parecer, en esos pueblecitos de mil habitantes hay mucho trabajo y mucho dinero para quien quiera descargar pescado y muy poca competencia sexual para un moreno ávido de rubias ávidas).

En este primer día comimos paella en casa del cocinero basauritarra Miguel, su esposa Lorena y su hija Estrella Björt ("luminosa"). Cenamos ballena cruda con salsa de soja y dos gotas de limón en casa de Antón, un donostiarra de 64 anyos que es un fenómeno de la naturaleza, una especie de constante erupción islandesa en el cuerpo de un vasco silvestre. Trabajó como biólogo en medio mundo, descubrió especies de cangrejos caribenyos que llevan su nombre, trabajó cinco anyos en el departamento de crustáceos del British Museum, ahora caza ballenas en Islandia (las que corresponden al cupo de caza por motivos científicos: nueve rorcuales el anyo pasado), nunca compra carne (tiene un arcón congelador lleno de perdices nivales, frailecillos, alcas y todo tipo de preciosos pajarracos árticos), está empenyado en unir las mitologías vasca y escandinava (de Thor a Aitor sólo hay un paso) y le gustaría hallar los restos de Martín Villafranca y los otros 30 balleneros vascos asesinados en los fiordos islandeses en el siglo XVI (la mayor masacre en la historia del país).

Entre la comida y la cena, entre la paella y la ballena, en el puerto de Reikaivik visitamos a Suso, un gallego risuenyo de Portonovo, 67 anyos, que lleva los últimos 9 navegando por todo el mundo con un velerito de ocho metros de eslora, para disgusto de su mujer, sus hijos y sus nietos. Ahora lleva dos meses fuera de casa: salió de Galicia, cruzó entre Irlanda y Gran Bretanya, acaba de llegar a Islandia y pretende navegar hasta Groenlandia con su cáscara de nuez. Y luego... luego espera navegar un anyo más. O dos. O quizá tres. "Es que cada día vivo más contento", dice.

Fotos: 1) Suso en su velero. 2) Y en el interior del velero: Antón, el último ballenero vasco; Suso; Josu; la hija islandesa de Antón (cuyo nombre no soy capaz de transcribir, lo siento): el novio de la hija; y servidor.






domingo, 4 de mayo de 2008

Apuntes de Islandia (2)

La cárcel de Reikiavik
"El hombre me explicó que casi todos los reclusos tenían las llaves y podían entrar y salir a su antojo. Los fines de semana la cárcel se quedaba casi vacía. Y la única obligación de un preso, aparte de las llamadas de control, era no perder la llave. No perder la llave, repitió solemnemente el individuo, y me explicó luego la mala suerte de otro recluso que perdió la llave y tuvo que pasar la noche en un hotel".

El interior de la isla
"En el interior no vive absolutamente nadie; sólo unas cuantas ovejas en los pastos de verano, zorros árticos y visones que han escapado de las granjas peleteras. Un desierto de campos de lava, altiplanicies, montañas peladas y morrenas, que parece inscrito por los dioses del Terciario como Prohibido para la especie humana".

El campo de lava de los proscritos
El Ódádahraun (Lava de Actos Maléficos) es el campo de lava mayor y más vacío del mundo, una alucinante extensión de cinco mil kilómetros cuadrados. Se llama así por los proscritos que supuestamente se escondieron aquí en el siglo XIX. (...) En 1967, las autoridades de la NASA enviaron a Neil Armstrong, William Anders, Alan Beam y otros miembros del programa Apolo XI a dar unos cuantos paseos preliminares entre las demenciales figuras del Ódádahraun. Era un sustituto perfecto de la Luna: otras lavas de otras partes del planeta no son bastante lunares porque han sido profanadas por la vegetación o estropeadas de alguna otra forma. Los astronautas del Apolo llegaron aquí, dieron unos cuantos saltos, recogieron muestras de rocas y jugaron al fútbol americano como preparación para realizar dos años después el memorable viaje lunar".

A Eyvindur Jónsson, ladrón de ovejas que vivió en el siglo XVIII, le obligaron a vivir en uno de los desiertos de lava del interior. "En el invierno de 1774, tenía un caballo muerto por techumbre. Comía la carne del caballo y en primavera los rayos del sol se filtraban entre los huesos del animal. Un año después le indultaron. Había sido forajido veinte años. El gobierno no te permite serlo más tiempo".

viernes, 2 de mayo de 2008

Apuntes de Islandia

Del estupendo libro En los confines del mundo, de Lawrence Millman (Ediciones B, 1999).

Islandeses de hielo y fuego

"La isla confirmó inmediatamente mi fe en esa vieja idea de resonancias topográficas: eres el lugar en el que habitas. Los suizos son absolutamente cautos y actúan como si un paso en falso fuera a desprender sus clavijas de hierro forjado y enviarles a la muerte. Los australianos son secos, curtidos y algo lacónicos, como su propia tierra. En cuanto a los islandeses, parecían comportarse como su excéntrico montón de lava. Casi todos los que conocí, como corresponde a una isla que es hielo y fuego sucesivamente, parecían marchar a ritmo de un tambor claramente distinto. Había entre ellos pescadores que probaban el mar para saber si tenía peces; un labrador llamado Magnús que conocía a cada una de sus setecientas ovejas por su nombre; un sacerdote rural que utilizaba el patronímico islandés Jesús Josephsson como nombre de su Salvador; el bardo Sveinbjörn Beinteinsson, que entonaba el antiguo rimur con acompañamiento orquestal de piedra; y el espíritu de Mao Tse-Tung conjurado en una sesión espiritista en Kópavogur que hablaba en perfecto islandés y que lo justificó alegando que el islandés era el idioma del más allá".

El primer colono
"En el año 874, Ingólfur Árnarson se vio obligado a dejar su Noruega natal tras ser condenado por asesinato. Cuando vio una gran isla, echó los pilares de su silla al mar. Los pilares de las sillas tenían tallas mitológicas complejas y eran la pieza de mobiliario más importante del hogar vikingo. Donde el mar las depositaba en tierra era donde los dioses decretaban que uno debía instalarse. Muchos lugares espantosos de Islandia debieron de poblarse así (...). Ingólfur Árnarson levantó el primer hogar vikingo documentado de Islandia en Anarhóll. La ciudad honra a su padre fundador homicida con una estatua de semblante severo: el Ingólfur de bronce contempla el horizonte desde su pedestal como si buscara nuevos mundos que colonizar, nuevos hombres que matar".

Primeras leyes
"Otros siguieron el ejemplo de Ingólfur y así, en el año 950, los márgenes costeros de la isla eran muy apreciados por sus compatriotas, una raza irritable, solipsista incluso, un pueblo que parecía creer que las montañas grandes hacían excelentes vecinos, y los fiordos anchos, aún mejores. La república que crearon era una buena combinación de igualdad y crueldad. Por un lado, fue sede del primer parlamento democrático del mundo, el Althing, creado en el año 930; por otro, aquellos primeros demócratas acostumbraban a conservar la cabeza de los enemigos y portarla consigo para alardear. La ley prohibía la pena capital, pero las venganzas familiares, de magnitudes casi genocidas (como la de la Saga de Njall) eran completamente legales. Floreció la literatura. Es decir, la literatura mayor; se imponían multas severísimas a los que perpetraban poemas amorosos".

miércoles, 30 de abril de 2008

Tras las tripas de Martín Villafranca


No tenemos mal plan para este domingo: nos han invitado a comer paella en Reikiavik. Si todo va bien, dentro de cuatro días Josu, Dani y yo estaremos zampando el arroz preparado por un cocinero basauritarra en la capital de Islandia (en realidad, el invitado es Josu; Dani y yo seremos los agregados). Al día siguiente volaremos a la costa oriental de Groenlandia, donde queremos pasar una semana enredando un poco en las casas, las escuelas y los senderos de Ammasalik y Kulusuk, el pueblo que veis en la imagen (el autor de la foto es Nick Rusill). Si el tiempo no lo impide, el 12 de mayo regresaremos a Reikiavik y durante un par de semanas daremos una vuelta a Islandia con unos cuantos propósitos juliovernescos.

Para darle un poco de contexto y de empaque a la paella del domingo, recordemos la curiosa tradición de encuentros entre islandeses y vascos. En el siglo XVI, todos los años llegaba una flota de balleneros vascos a los fiordos occidentales de Islandia. Parece que se estableció una relación buena y duradera entre los marinos y los nativos, porque llegó a crearse un rudimentario idioma vasco-islandés (lo que los expertos llaman un pidgin: una lengua franca, un chapurreo que incluía términos islandeses, vascos, ingleses y franceses).

Alguien escribió en el siglo XVII dos glosarios que recogen 745 palabras de ese idioma vasco-islandés: es el primer diccionario de una lengua viva en la historia de Islandia. Muchos de los términos en euskera pertenecen al dialecto labortano. De ahí se deduce que los balleneros debían de proceder del puerto de San Juan de Luz.

En los glosarios se recogen cientos de palabras sueltas como schularua (del vasco eskularrua: guante), eskora (aizkora: hacha) o unat (hunat!: ¡ven aquí!), y un buen número de frases:

Christ Maria presenta for mi balia, for mi presenta for ju bustana: Si Cristo y María me dan una ballena, para mí la ballena y para ti la cola.

Zer travala for ju: ¿en qué trabajas?

Y otras con las que se podría ensamblar algún diálogo:

Fenicha for ju: follar contigo.
Sumbatt galsardia for?: ¿por cuántos calcetines?
For ju mala gisunna: eres un hombre malo.
Gianzu caca: (en euskera: jan ezazu kaka; en castellano: vete a comer mierda).

Ya se ve que las relaciones no siempre fueron armoniosas. El peor conflicto estalló en 1615, cuando los islandeses asesinaron a unos 50 vascos. En aquella época, Islandia era una colonia danesa y el rey controlaba todos los tratos comerciales de la isla. No se podía vender ni comprar nada fuera del monopolio real. Sin embargo, los vascos pagaban directamente a los islandeses por el derecho a cazar ballenas en sus aguas y por el derecho a desembarcar en tierra firme para descuartizarlas y fundir la grasa. Además, les compraban y vendían mercancías de contrabando. El rey danés, mosqueado, promulgó un decreto según el cual los islandeses tenían barra libre para apropiarse de los barcos vascos e incluso matar a sus tripulantes, a quienes acusaba de estafadores.

Ese año sólo tres balleneros vascos faenaron en aguas islandesas, con unos 90 marineros. En la última noche de la campaña, cuando los galeones ya estaban cargados hasta los topes con cientos de barriles de aceite de ballena (cada barril valía el equivalente a 5.000 euros), los vascos celebraron una cena en la orilla del fiordo de Reykjafjordur. Entonces estalló una tormenta y el oleaje empujó un enorme iceberg contra los barcos: dos se hundieron y el otro quedó inutilizado. Los vascos rescataron algunas chalupas y con ellas salieron del fiordo, por miedo a que los islandeses aprovecharan el desastre para atacarles. Un grupo se instaló en un islote, para levantar un campamento invernal, y otro grupo salió a recorrer la costa en busca de algún barco que pudiera sacarles de allí.

Unos días más tarde, los refugiados en el islote remaron hasta una aldea costera, la atacaron y robaron provisiones. El gobernador local organizó una partida de guerra. Acorralaron a los vascos, mataron a casi todos, y entonces el capitán Martín de Villafranca, donostiarra, intentó negociar la rendición con un sacerdote que venía con los islandeses. Mientras parlamentaban en latín, un islandés se acercó corriendo a Villafranca y le dio un hachazo. El capitán se giró en el último momento y recibió el corte en el hombro. Echó a correr hacia el mar y trató de escaparse nadando, pero los islandeses le lanzaron una lluvia de pedradas. Uno de los pedruscos le abrió la cabeza. Lo agarraron, aún con vida, lo arrastraron hasta la orilla y lo trocearon a conciencia. Después mataron a los demás vascos. Juntaron los cuerpos, los desnudaron, les sacaron las tripas, los subieron a un acantilado y los lanzaron al mar.

Y con esos antecedentes nos vamos a Islandia, confiando en que el recibimiento a los vascos haya mejorado un poco en estos últimos cuatro siglos.

PD: Los vascos que salieron a buscar algún barco consiguieron salvarse: cuando se enteraron de la masacre, robaron una nave inglesa y huyeron de Islandia. En el relato he seguido los textos de Manuel Velasco.

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