En la Patagonia, dos hombres compiten por ver quién es más rápido cortando un tronco en vertical. Son participantes de un concurso televisivo de supervivencia y el perdedor tendrá que marcharse a casa. Uno de ellos, un cincuentón fibroso y hábil, toma ventaja rápidamente. Su rival es joven y parece mucho más fuerte, pero usa muy mal el hacha y avanza muy despacio. Cuando el cincuentón está terminando su trabajo, baja el ritmo y se dedica a animar a su rival, torpe y humillado, y le jalea con angustia, con mucho aspaviento, como si estuviera animando a un hijo que nada a punto de ahogarse. Después de un buen rato, el joven consigue cortar casi todo el tronco y entonces el cincuentón remata su tarea con una pequeña ventaja.
Se baja cada uno de su tronco. El joven perdedor está cabizbajo. El cincuentón ganador corre hacia él, le da un abrazo enorme, le da palmadas en los hombros, le dice que es un campeón, que se ha esforzado como un valiente y que él le quiere muchísimo, empieza a gimotear "lo siento, lo siento", y el perdedor acaba consolando al ganador, "no pasa nada, no pasa nada". La cámara se acerca al ganador, le preguntan qué tal ha ido la competición y el hombre rompe en sollozos. Mira al perdedor, se golpea el corazón con el puño para repetirle cuánto le quiere, empieza a explicar cómo ha ido la cosa entre temblores, tartamudeos y lagrimillas.
Pones la tele y los ganadores de los concursos lloran, los perdedores se abrazan como si un terremoto acabara de tragarse su casa con todos los familiares dentro, los entrenadores destituidos echan a temblar, se tapan la cara y lloriquean ante los micrófonos. Los seleccionados en un cásting saltan, chillan, lloran, proclaman sus intensísimos amores. Los goleadores corren hacia las cámaras y exhiben los lemas pintarrajeados en sus camisetas interiores o en sus espinilleras, bailan junto al banderín de córner, hacen gestos al público o a la directiva, se arrodillan y miran al cielo, se señalan su propio nombre grabado en la camiseta.
La 2 está emitiendo los sábados una serie sobre los grandes momentos de la historia de los Juegos Olímpicos. La he visto dos o tres veces y hay algo que me ha llamado la atención en las grandes finales de hace décadas: las celebraciones escuetas de los ganadores, ya sean atletas, gimnastas o jugadores de ping pong. El velocista cruza la meta en primer lugar, un instante explosivo que supone la cumbre de toda una vida, y apenas esboza una sonrisa leve, un saludo rápido con la mano, y enseguida se retira trotando, escondiéndose un poco, como si le diera apuro exhibir su gran victoria. No hay emociones disparadas, gestos sobreactuados, sentimentalismos empalagosos. Se percibe una alegría inmensa, pero contenida para no caer en el exhibicionismo.
En las fotos, los atletas etíopes Mammo Wolde y Abebe Bikila en el momento en que se proclamaron campeones olímpicos.
