Paco es un señor muy importante que siempre se está riendo. Entre sus innumerables virtudes destacan un par: es la persona que mejor sabe decir la palabra BOBO (la pronuncia así, con la boca llena de aire, en mayúsculas); y sabe dar puñetazos muy certeros en el deltoides (la parte superior externa del brazo), de ésos que parecen amistosos pero duelen de narices. Normalmente son simultáneos, el ¡bobo! y el puñetazo en el deltoides. Entre bobo y bobo, a veces también me llama txirrindulari (ciclista, una palabra que le gusta mucho porque le parece casi onomatopéyica). La primera vez que hablé con él, hace ya trece años y pico, me dijo que sólo se le ocurrían dos explicaciones sobre mí. Una de ellas era que yo estaba loco. Y se reía, el tío.
Paco es el mejor profesor que he tenido. Su lección principal era muy sencilla: para ser buen periodista primero hay que ser bueno a secas. Y además se lo creía. Y además logró que sus alumnos nos lo creyésemos. Con sus clases también conseguía que nos entraran unas ganas locas de ponernos a escribir. Nos seducía con reportajes excelentes, nos ayudaba a descubrir los trucos, nos empujaba a intentarlo por nuestra cuenta y nos enseñaba a pulir los textos hasta que el lector pudiera deslizarse por ellos como por una pista de patinaje. Hay profesores que enseñan muy bien a redactar y hay algunos, muy raros, que además de enseñar a redactar enseñan a escribir. Paco era riguroso con las faltas de ortografía, las redundancias o los jaleos sintácticos, pero centraba sus esfuerzos principales en meternos estas cinco claves en la cabeza: saber mirar, saber escuchar, saber pensar, saber expresarse y aprender qué es el hombre. Para hacer más o menos bien esas cinco cosas, es necesaria una virtud básica pero muy difícil: la humildad.

Paco me machaca el deltoides cada vez que me pongo a tiro porque me acusa de reventarle una asignatura. Y se ríe, el tío. Ocurrió en el último curso de la carrera, en una de las últimas clases de Periodismo literario. Llevaba cuatro meses explicándonos en qué consistía ese asunto del periodismo literario: en lugar de ceñirse a fórmulas rígidas, un periodista puede emplear las técnicas de la literatura para escribir textos más atractivos; su único límite es la realidad: no puede retocar una escena ni falsear un detalle para lograr una historia más redonda. Porque al periodista le corresponde escribir un relato veraz de los hechos. Y no puede traicionar ese pacto con el lector sin perder crédito.
Paco me hizo leer en clase un relato que yo había escrito sobre uno de los episodios más épicos de la historia del ciclismo: la victoria de Charly Gaul en el Monte Bondone, en el Giro de 1956. En aquella etapa, una tormenta de nieve repentina se abatió sobre los ciclistas y muchos quedaron desperdigados por la montaña, perdidos en la nieve, refugiados en chabolas o abrigados por los espectadores que salían a rescatarlos. De los cien ciclistas que marchaban en carrera casi setenta se retiraron, incluido el líder, con hipotermias y congelaciones. Los espectadores y los jueces que esperaban en la meta no tenían ninguna noticia de los corredores y organizaron una expedición con coches para ir a buscarlos, pero en medio de la nevada apareció un espectro que daba pedales y que cruzó la línea medio inconsciente y con una pierna helada. Era Gaul, un gran ciclista que aquel año había fracasado en el Giro (antes del Bondone estaba clasificado en el puesto 24) y que sin embargo demostró una inmensa capacidad agónica para resistir bajo la tormenta y alcanzar la cumbre mucho antes que el resto de los escasos supervivientes. A pesar de que lo envolvieron en mantas y lo masajearon a conciencia, Gaul se pasó una hora temblando, sin decir palabra, sin entender nada de lo que le decían, sin enterarse de que había ganado el Giro.
Para escribir este relato yo había leído unas cuantas crónicas de la época. La historia era fantástica pero había un problema: las crónicas resultaban demasiado escuetas. Por ejemplo: antes de que se desatara la tormenta, Gaul marchaba escapado y estuvo a punto de caer a un barranco por unos problemas con los frenos. Aquel susto merecía ser contado con lujo de detalles, de manera que describí el momento en que Gaul volaba cuesta abajo y descubría que le fallaban los frenos, sacaba un pie, trazaba la curva con una trayectoria apuradísima que se iba abriendo y abriendo hasta el mismo borde del abismo, las ruedas pisaban la gravilla de la cuneta y empezaban a derrapar, a Gaul se le escapaba un grito…
Cuando terminé de leer el relato en clase, la primera pregunta de un compañero fue -lógicamente- cómo conocía yo tantos detalles de aquella historia. Y respondí:
-Un poco de documentación… y un poco de periodismo literario.
Paco soltó una carcajada. No me golpeó el deltoides porque había cien testigos, pero se hizo el escandalizado y preguntó a mis compañeros si les parecía legítimo que yo me hubiera inventado escenas como esa. Los que levantaron la mano para hablar debían de ser tan tramposos como yo, porque defendieron mi texto con un argumento que se hizo muy popular: la recreación de algunos detalles no afectaba a la verdad esencial de la historia, sino que contribuía a transmitirla con más eficacia. Paco sacudía la cabeza y me miraba con intenciones homicidas.
-Me paso cuatro meses diciendo que se debe buscar la manera más atractiva de contar una historia pero sin falsear jamás ningún detalle, y en la última clase llegamos a la conclusión de que “periodismo literario” es… ¡mentir!
Con el tiempo aprendí que Paco tenía razón. La ficción sirve para contar verdades, por supuesto. Pero si un periodista tiende a retocar los detalles, por muy secundarios que sean, el lector nunca sabrá dónde empieza el maquillaje y pasará las páginas con recelo, intentando adivinar las trampas. En cuanto se tope con una historia sorprendente, desconfiará. Por eso conviene respetar a rajatabla el pacto con el lector.
En mis libros y reportajes viajeros yo planteo un trato: esto es un relato escrito por un periodista y no hay ni un gramo de ficción. Si algo no concuerda exactamente con la realidad, se debe a algún fallo de mi percepción, de mis entendederas o de mi capacidad de expresarme, pero no hay retoques intencionados para redondear ninguna historia. Esta declaración no es ninguna bandera, sólo responde a una cuestión práctica: es la única manera de que el lector me crea cuando le cuente que Charly Gaul perdió el Giro del año siguiente por pararse a mear. O que paseando con Paco junto a la Torre de Hércules nos encontramos con un alumno suyo llamado Gandalf.