domingo, 6 de abril de 2008

Desguace cantábrico

Más historias sobre la fuerza del mar. Ayer recorrimos parte del litoral de Jaizkibel, desde Erentzin hasta Artzu, y bajo las praderas de Marla encontramos los restos del Maro. Este buque de 96 metros de eslora encalló el pasado 6 de marzo, en un día de calma chicha, y a los pocos días un temporal lo partió en varios pedazos. Aquí podéis ver el castillo de proa y el puente. Toda la parte central del buque está hundida (en la primera foto, justo detrás del castillo de proa, se puede intuir una franja rojiza que corresponde a uno de esos pedazos sumergidos).




En los últimas semanas alguna gente ha subido por su cuenta y riesgo a los restos del Maro para llevarse cables, piezas y chatarra. Ayer una cuadrilla de trabajadores se afanaba con tirolinas y un tractor para sacar los materiales contaminantes y los valiosos. El desguace completo va a ser una tarea de hormigas durante muchas semanas.

Un tal Manolocanada colgó en youtube este vídeo impresionante. A partir del minuto 1:20, el oleaje empieza a despedazar el buque como si fuera de barquillo.

jueves, 3 de abril de 2008

¡Ya vuelven!


En la noche del 12 al 13 de agosto de 1912 se formó una galerna brutal a cincuenta millas de la costa vizcaína, justo donde faenaba la mayor parte de la flota pesquera del territorio. El temporal mandó a pique diecisiete barcos y murieron 143 marineros, cuyos cuerpos jamás se encontraron. De esos 143 muertos, 116 eran de Bermeo.

Este conjunto de esculturas mira al mar desde el puerto de Bermeo. Representan a la mujer de un marinero, sus dos hijos y su padre (el abuelo), una de tantas familias que durante siglos vivieron oteando el mar con angustia. La escena no corresponde a esa terrible galerna de 1912, porque el conjunto se titula "Badatoz!" (¡Ya vienen!) y aquella vez no volvió nadie.

En esta foto no sale la abuela, que está sentada al lado del abuelo y se tapa la boca con la mano en un gesto de miedo contenido. No sale la abuela porque así pude pillar el gesto del fondo (pinchad y se ampliará). Es una foto con eco.

miércoles, 2 de abril de 2008

Desarzobispoconstantinopolizador

Dijo el desarzobispoconstantinopolizador que no, porque "no nos conduce a escenarios progresivos de normalización".

¡Escenarios progresivos de normalización, escenarios progresivos de normalización, escenarios progresivos de normalización, escenarios progresivos de normalización, escenarios progresivos de normalización!

Antaño el desarzobispoconstantinopolizador reclamaba dinámicas que superen el marco actual para construir nuevos escenarios.

O marcos que superen los escenarios actuales para construir nuevas dinámicas.

O escenarios que construyan dinámicas nuevas para superar los marcos actuales.

Ésta debe de ser la famosa hoja de ruta.

PD: Acabo de leer que el desarzobispoconstantinopolizador está "dispuesto a estudiar alternativas para trabajar progresivamente en pedagogía social y política para que se produzca una disección entre los votantes de ANV". Y descubro que la palabra clave es progresivamente. Hay que hacer las cosas progresivamente. Al final no es tan difícil.

martes, 1 de abril de 2008

Los pequeños guardianes del mundo (2): Josetxo Mayor


Josetxo es un jubilado donostiarra que lleva 21 años abriendo, limpiando y cuidando los caminos del monte Ulía. Sube todos los días del año, haga el tiempo que haga, salvo el primero de cada mes (porque ese día le toca cobrar la pensión). ¿Y el día de Navidad? ¿Tampoco perdona el día de Navidad? "Bueno, ese día no trabajo pero vengo a Ulía por lo menos a pasear. Y, hombre, mientras paseo se me ocurre alguna idea nueva”.

Aquí van algunos extractos del reportaje que publiqué el verano pasado en El Diario Vasco y El Correo.

"Josetxo Mayor conoce tan bien Ulía que se sabe hasta las biografías de los pedruscos. 'Mira, ¿ves esa piedra de ahí, la que está entre las zarzas? Antes estaba aquí, colocada en el camino, pero alguien la ha tirado. ¿Por qué harán esas cosas?'".

"También conoce la vida y milagros de cada árbol: 'Aquellos olmos estaban muy pochos, hasta que quité todas las zarzas de alrededor y hay que ver cómo crecen. Este abedul –pasa la mano por el tronco como si acariciara a un nieto- era un pirulí y mira qué hermoso se ha puesto'. Relata con detalle los avatares de los madroños y las hayas que plantó, de los pinos caídos, del roble maltratado por algún bestia, del sendero que tuvo que ensanchar para que los caminantes no pasaran tan cerca de un castaño y no se agarraran de sus ramas".

"Todo empezó con un ataque de pena. La pena de ver cerrados y abandonados casi todos los senderos que Josetxo, nacido en Zemoria, en las faldas del monte, recordaba de toda la vida. 'Hace veinte años la gente sólo paseaba por la parte alta de Ulía, por la carretera y por la pista que va a la antena, porque los caminos habían desaparecido. Yo llevaba tiempo sin venir, y cuando vine me dio una pena casi de llorar, me entraron ganas de empezar a quitar la maleza a mandobles'. Josetxo empezó a rumiar una idea. Y en la mañana del 16 de septiembre de 1986 se lanzó: 'No se me olvida esa mañana. Fui a la zona del caserío Barracas y me puse a abrir un camino. Pero con los dientes', se ríe. 'No llevaba ninguna herramienta, quité cuatro rastrojos a mano, y medio a escondidas por si venía algún dueño de los terrenos a preguntarme qué hacía. En esa primera mañana pensé: ‘a ver hasta dónde soy capaz de llegar’".

Veinte años después, ha sido capaz de abrir una red de senderos que comunica todas las zonas de Ulía. Gracias a Josetxo, el camino que viene del Faro de la Plata puede seguir por media ladera hasta la punta de Mompás, sin tener que desviarse a las carreteras de la zona alta de Ulía. Así se completó un precioso itinerario costero entre Pasaia y Donostia, señalizado con las marcas rojas y blancas del GR-121 (Gran Recorrido). Y también se pueden dar paseos breves por los caminitos que serpentean entre los bosques".

"Josetxo camina por sus dominios explicando la minúscula historia de cada arbusto, cada piedra y cada rincón. Nombra los árboles como si los saludara: álamos temblones, abedules, fresnos, robles, rebollos, pinos. Le gustan mucho los helechos reales, que en las zonas más sombrías flanquean el sendero con sus matas espesas y elegantes, y le maravillan los lirios del Pirineo, especie protegida que de tanto en tanto asoma entre los arbustos unos racimos de flores amarillas. Pronto aparecen los primeros escalones, construidos con grandes piedras que Josetxo trajo volteándolas desde las laderas cercanas. Cuando empezó la obra, la vaguada estaba cubierta de zarzas y de pinos caídos, él se abrió paso con la azada y la pala. Para salvar las hondonadas hizo levantes, amontonando tierra y revistiéndola después con losas; para suavizar las pendientes peligrosas –“esta bajada era un rascaculos”- construyó tramos amplios de escaleras".

"Josetxo habrá recorrido este tramo cientos de veces pero camina como si fuera la primera, en alerta constante, vigilando cada rincón, agachándose aquí y allá para recoger piedrecitas del camino y echarlas a un lado. No hay diez metros sin el recuerdo de un esfuerzo. '¿Ves esta roca grande? Llegaba hasta la mitad del camino, no dejaba sitio. Pues cogí el puntero y la maza y venga, tres mañanas seguidas masticando la piedra, hasta que le comí la mitad. Mira, mira las marcas del puntero en la roca. Y aquellas escaleras en zigzag las construí porque un día me dijeron que se habían caído dos personas. Tardé tres meses. El desmonte lo empecé en febrero de 2000, con la pala y la azada todo el día, cuánta agua me cayó y cuánto frío pasé'. De pronto, como si cayera en la cuenta de que está poniendo demasiado énfasis en los esfuerzos, explica: 'Aquí hay mucha fatiga y muchos sofocones. Pero juramentos, ni uno. Un voluntario no tiene derecho a decir juramentos. Si no quiere trabajar, que lo deje'."

"Termina el paseo. Me atrevo con la pregunta que me ronda desde hace un rato: 'Josetxo, dentro de treinta años ¿quién cuidará de todo esto?'. Se para, se gira con una sonrisa radiante y dice: '¡Pues yo mismo, hombre!'.

PD: En el reportaje completo se puede leer la historia de un hallazgo emocionante: durante sus trabajos, Josetxo desenterró por casualidad una calzada del siglo XIX. Unos años más tarde, un paseante anónimo colocó una placa en una de las rocas cercanas a la calzada para bautizar ese tramo: ahora se llama "Avenida Josetxo".

PD2: Josetxo Mayor recibió la medalla al mérito ciudadano de San Sebastián. Durante la celebración, sólo le pidió una cosa al alcalde: una desbrozadora mecánica.

sábado, 29 de marzo de 2008

Ruinas de Londres y Buenos Aires

En Guipúzcoa se contaban más de cien caseríos bautizados con nombres de lugares remotos. Hay (o había) caseríos llamados Caracas, Habana, Gibraltar, Tetuán, Tánger, Argel (Argel-haundi, Argel-txiki y Argel-etxeberri), Túniz, París, Rodas, Sebastopol, Alejandría, Esparta, Ebro, Toledo, Algarbe o Madriltxo. El más repetido era nada menos que Babilonia: al menos seis caseríos se llamaban así (hoy en día existen caseríos Babilonia en Oiartzun, Usurbil y Albiztur). Aquí hay materia prima para un reportaje.

Esta mañana caminaba por las laderas de Mitxitxola -una pequeña cumbre herbosa del monte Jaizkibel- cuando me he topado con las ruinas de Londres.




(Foto 1: Londres en ruinas. Foto 2: cumbre de Mitxitxola -con un ovni de arenisca posado en la cumbre- vista desde la cocina de Londres).

Entre las ruinas aparece una placa metálica, colocada en 2005 por los miembros de la asociación cultural y deportiva Itsas Mendi, que recoge los versos que un tal Ikur dedicó al caserío en 1933.

Toki berexi baten daukagu / Londres baserri ederra / baserri au egin zanean / non ote zegoan euzkera /andre alargun baten gañ / bertako gora bera / esne arrantza ta berdura / badarki aski saltzera.

(Traducido a botepronto, sin respetar rimas ni métrica: "El hermoso caserío de Londres se levanta en un sitio peculiar. Cuando se construyó este caserío, dónde estaría el euskera. Una viuda se encarga de hacer las tareas. Trae leche, pescado y verduras para vender).

Más adelante, en una pradera asomada a los acantilados de Grankanto, me he encontrado con las ruinas de Buenos Aires (un caserío al que también llamaban Bonazaitza), mucho más antiguas y casi desaparecidas.



Aquí también hay otra placa metálica con versos, esta vez compuestos en el mismo 2005 -cuando colocaron la placa- por un tal Joseba:

Hemeretzigarren gizaldian / betirako txikitua / Bonazaitza baserriak ez du / berriz emango fruitua / Gerretan ohikoa den bezala / edozein antzutua / Bonazaitza erreka, eutsi! / inguru hau piztua.

(A botepronto: "Destruido para siempre en el siglo diecinueve, el caserío Bonazaitza no volverá a dar fruto. Como ocurre en las guerras, todo queda esterilizado. Arroyo de Bonazaitza, mantén con vida este rincón").

Gugleando un poco he leído que estos caseríos costeros fueron expropiados por el Ejército, cuando militarizó las laderas de Jaizkibel (y las quemó unas cuantas veces durante sus maniobras). No tengo más fuentes para regar el reportaje. Esta mañana he preguntado a la guardiana del lugar -la de la foto- si realmente hubo alguna guerra, como dicen los versos, y quién destruyó Buenos Aires. La guardiana ha rumiado un poco la respuesta y me ha dicho: ¡Maaaaaa!

viernes, 28 de marzo de 2008

Un encuentro aceitoso

Una mañana visitamos las ruinas de la inmensa ciudad romana de Volúbilis (cerca de Fez, Marruecos). Allí vimos una rueda de molino con la que los romanos trituraban las aceitunas.

Esa misma tarde, en una aldea a pocos kilómetros de Volúbilis, encontramos a una familia que trabajaba con la mismísima tecnología de hace dos mil años.

Nos acercamos a saludar y enseguida sacaron un plato con dos dedos de aceite y una hogaza para que mojáramos en él. Luego llenaron una botella de plástico con litro y medio de aceite y nos la dieron. Quisimos pagarla, pero como no querían aceptar ningún dinero, les regalamos unas camisetas y unas botas viejas que llevábamos en el coche. Una de las mujeres hizo en el momento una gran tortilla y nos aculillamos en corro para comerla a ocho manos.


Nos acordamos mucho de Antonio, el hombre mejor lubricado del mundo (1 y 2).

martes, 25 de marzo de 2008

Los pequeños guardianes del mundo (1): Xabier Cabezón


Admiro a personas como Josetxo Mayor, Javier Etxepare o Xabier Cabezón. Han escogido un pedacito de este mundo y dedican sus esfuerzos, su tiempo y a veces hasta su dinero para cuidarlo, mimarlo, protegerlo. Trabajan en silencio, tratan de arreglar los abandonos o los destrozos que hieren sus pequeños territorios, se afanan por prepararlos para que otros visitantes y caminantes puedan disfrutarlos. En vez de quejarse, madrugan y se echan al monte con una azada, una hoz o un gps. Ninguno espera a que llegue una subvención para moverse.

Me fascina ese empeño generoso y callado, ese amor por el mundo. Josetxo Mayor lleva veinte años subiendo al monte Ulía para limpiar los viejos caminos y abrir nuevos. Allí está todos los días del año -salvo el primero de cada mes, ya explicaré el motivo-, de siete a diez de la mañana, llueva, nieve o truene. Javier Etxepare ha construido más de doscientas fuentes en las montañas de Álava, para que los cazadores, los seteros y los excursionistas nunca pasen sed. Y Xabier Cabezón lleva más de 30 años rastreando los rincones remotos del valle de Leitzarán y los documentos más polvorientos para recuperar la historia de sus minas, ferrerías, molinos, trenes y puentes, y para intentar frenar los destrozos que se están comiendo medio milenio de historia guipuzcoana.

Xabier ha descubierto ruinas de las que no se acordaba nadie, como las vías de un tren minero o unas bocaminas y unas galerías borradas de la historia, ha dibujado planos de las viejas ferrerías, ha escrito informes exhaustivos sobre los restos desperdigados por el valle. Y mantiene una página web que es la Biblia del Leitzarán, en la que ofrece toda esa información y muchas sugerencias para paseos y visitas. Por si fuera poco, hace un par de semanas también puso en marcha un blog sobre el Leitzarán.

En el blog repite una vieja denuncia que nadie atiende: hace un año, la empresa propietaria de una central eléctrica destrozó la ferrería de Plazaola, una de las más antiguas del valle (aparece en documentos de 1415 y para entonces ya llevaba tiempo funcionando) y la mejor conservada hasta entonces. La ferrería está protegida por la ley (es zona de presunción arqueológica). Xabier informó del destrozo a la sociedad de ciencias Aranzadi y después pasaron el aviso al departamento de Cultura de la Diputación de Guipúzcoa. La Diputación no ha respondido ni ha movido un dedo. Un año más tarde, la ferrería sigue destrozada y medio sepultada por las excavadoras de la empresa hidroeléctrica.

El verano pasado escribí un reportaje sobre Xabier y la memoria en derribo del Leitzarán, que podéis leer aquí. En la foto aparece Xabier con su hijo Unai, que sigue los pasos de su padre y pronto nos ayudará en un pequeño reportaje para la tele. Posan ante uno de los muros de la ferrería de Plazaola que quedan en pie, devorados por la vegetación como una ruina camboyana.

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