sábado, 5 de enero de 2008

Juguetes chinos


Antón Etxebarría es el seudónimo con el que firma nuestro amigo X para evitarse problemas con las autoridades chinas. Después de viajar los últimos años por casi toda Asia -desde donde ha escrito docenas de reportajes, crónicas y entrevistas interesantísimas-, ahora se ha instalado en Shanghai y sigue escarbando en las rendijas de esa misteriosa China que se nos acerca cada vez más rápido (que nos lo digan a los socios de la Real). Nuestro amigo X sigue metiendo las narices en los rincones más alejados y en las historias más sospechosas, sigue hablándonos de las personas que padecen las abstractas injusticias de la globalización en su propio pellejo y lo hace con un empeño y una capacidad de trabajo que pronto lo convertirán en el reportero vasco más prestigioso. Al tiempo.

A mediados de diciembre, El País publicó un reportaje suyo sobre las miserables condiciones de trabajo en las fábricas chinas que envían juguetes y peluches al mercado español: Cada vez que Wen hace un juguete. Una lectura muy apropiada para este día en el que muchos regalos llegan de Oriente.

(La foto también es suya).

miércoles, 2 de enero de 2008

Una de calçots en vinagre

Muchas regiones de la blogosfera parecen bañadas en vinagre, un ingrediente literario resultón, siempre excitante para los lectores. Y ahora que andamos con los propósitos del año nuevo, he decidido buscar algo con lo que cabrearme yo también, para darle un poco de lustre a este blog, porque un blog que no se queja, no se enfada, no protesta, no se indigna ni se escandaliza con pajas de ojos ajenos, ni es blog ni es na. Y ya puestos, como creo –o espero- que esto no se va a repetir mucho, voy a meterme con uno mucho más grande que yo: El País.

Me llama la atención la capacidad de algunos medios para encajar mundos tan distintos y preocupaciones tan opuestas: en una misma revista te ofrecen un brillante y estremecedor reportaje sobre los niños soldado de Sierra Leona y veinte páginas más allá te explican la mejor manera de servir un cóctel a los invitados junto a la piscina de tu chalé. El 31 de diciembre encontré en El País un ejemplo estupendo de cómo mostrar hondas preocupaciones sociales -¡el mundo está fatáh!- sin que esas inquietudes te amarguen el paladar ni te impidan disfrutar de francachelas, jolgorios y cuchipandas, que total esto son cuatro días, y dos lloviendo.

Desde que rediseñaron El País, en las contraportadas de este diario aparecen unas entrevistas tituladas “Almuerzo con…”. Son entrevistas normales y corrientes, que inciden más en la vertiente personal del entrevistado que en su faceta pública, y lo curioso es que siempre añaden un recuadro en el que se detalla lo que han zampado y pimplado el entrevistador y el entrevistado en algún restaurante de postín. También indican el importe de la comida. Como escribo avinagrado, no se me ocurren más que dos motivos para publicar ese recuadro exhibicionista: que el diario recaude unos dineritos a cambio de hacerles publicidad a los restaurantes o que los periodistas no se aguanten las ganas de fardar un poco y dar envidia a los lectores. Porque los menús que he visto hasta el momento (salvo en el caso de Óscar Pereiro: dos cafés, 2,20 euros) son de un pijerío que sólo aceptaríamos, ejem, si nos lo comiéramos nosotros mismos.

El 31 de diciembre entrevistaron a Pere Navarro, director de la Dirección General de Tráfico. Titular: “Vivimos en una apoteosis barroca del consumo”. Cáspita. Por la foto (Navarro sostiene en su mano derecha un calçot, una cebolla alargada y fláccida, pasada a la plancha, colgante sobre su boca abierta) podría parecer que él está a favor de esa apoteosis barroca. Pero un pequeño texto destacado aclara su opinión: “El director de la DGT aboga por una sociedad con menos prisas y más austera”. La austeridad, dice Navarro, es un valor que le transmitieron en su infancia y que ya no se lleva. Él mismo confirma esa sentencia con el menú que se zamparon: “Restaurante Casa Jorge, Madrid. Rovellons: 15 euros. Caracoles a la Llauna: 8,20. Pan con anchoas: 10,80. Calçots: 30. Botella de vino Cune: 12,95. Cafés: 6,30. Total: 89 euros con iva”. Ya no se lleva la austeridad, Pere, no se lleva.

Hoy entrevistan a Bernard Pivot, autor del Diccionario del amante del vino, quien plantea, según el entrevistador, “preguntas de esas que no te dejan dormir tranquilo: ¿por qué los ingleses, que no tienen vino, inventaron el sacacorchos? ¿Por qué el patrón de los vendimiadores franceses es español, el diácono zaragozano San Vicente?”. Inquietantes cuestiones, desde luego. Dignas de una contraportada. En este caso, el entrevistador y el entrevistado comieron un menú de 144,30 euros. Pero han tenido la delicadeza de no pedirnos austeridad a los demás, como hizo Pere Navarro, a quien podríamos aplicar una versión de sus campañas de tráfico: Pere, majetón, no podemos ser austeros por ti.

Me acuerdo de E., para quien la increíble abundancia de tipos de yogures es un síntoma de que vivimos en una sociedad decadente. Me voy a tomar otro de soja con vinagre.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Elantxobe, 31 de diciembre



Hacia 1520, unos cuantos pescadores de los pueblos cercanos se instalaron junto a una cala rocosa, al abrigo del cabo Ogoño. Aquella gente prefería un lugar seguro para amarrar los barcos antes que un terreno adecuado para construir las casas. Y así levantaron Elantxobe, apiñando construcciones precarias en una ladera que se venía abajo cada dos por tres. A pesar de los deslizamientos de tierra, el pueblo lleva casi cinco siglos aferrado a la montaña.

Hoy he caminado desde Elantxobe hasta Gernika. En el punto de partida me he encontrado con una metáfora para el 31 de diciembre, este día en el que alcanzamos a la última estación del año y giramos hacia el año siguiente. La escena está grabada en el punto donde muere la carretera que llega a Elantxobe, un pueblo con calles tan estrechas y empinadas que no hay espacio para maniobras. Por eso tuvieron que inventar una plaza giratoria:


miércoles, 26 de diciembre de 2007

Lectura de acantilados







Los acantilados de Zumaia y Deba son un fichero de la historia de nuestro planeta. Geólogos de todo el mundo vienen a leer el flysch, ese inmenso hojaldre de piedra que va alternando capas de calizas, margas y areniscas. Esas capas son sedimentos acumulados en el fondo del mar hace decenas de millones de años, que emergieron por los movimientos tectónicos y que han quedado al descubierto gracias a la erosión. Su composición da muchas pistas a los geólogos, que saben leer en cada capa una página de historia natural. Entre todas forman un libro de ocho kilómetros que abarca 50 millones de años (desde hace 100 hasta hace 50 millones de años). Algunos acontecimientos de ese periodo pueden leerse con una claridad asombrosa, casi única en el mundo, siempre que nos lo explique un geólogo. En una de las visitas que organiza el centro zumaiarra de Algorri, podemos acercarnos al acantilado y leer en sus capas la extinción de los dinosaurios, el nacimiento de los Pirineos o los cambios cíclicos del clima.

La semana pasada recorrí de nuevo los acantilados. La visita con el geólogo la hice el pasado verano y la conté con detalle en este reportaje.

(Pinchad en las fotos y se ampliarán).

domingo, 23 de diciembre de 2007

Josu Iztueta cumple 50 años



Repito a menudo esta historia. El mismo día en que mi jefe me pilló haciendo fotocopias de mapas de Alaska y del Yukón, recibí una llamada que me proponía apuntarme a un viaje de nueve meses por las depresiones más profundas de cada continente. Era Josu Iztueta, un viajero tolosarra al que no conocía en persona pero sí, y mucho, de oídas. Me dio explicaciones durante diez minutos, me dijo que lo pensara y le respondí que no hacía falta. Antes de colgar ya le dije que me iba con ellos. Yo tenía entonces 23 años. Nunca he tomado una decisión tan radical en tan poco tiempo, ni creo que sea capaz de volver a hacerlo: sin ninguna transición, sin ningún razonamiento, sin ninguna duda.

Aquel viaje por los sótanos del mundo fue probablemente la época de aprendizaje más valiosa de mi vida. Porque recorrí el planeta de una punta a otra y conocí historias muy especiales, pero sobre todo porque hice un máster de periodismo, viaje y vida de la mano de Josu. Él no es periodista -sí que escribe de vez en cuando- pero reúne las mejores virtudes de un reportero: una curiosidad inagotable por el mundo, una capacidad de admiración constante, una tendencia permanente a ponerse en el pellejo de los otros. Allá donde va, compra todos los libros y las revistas que se le pongan a tiro para comprender mejor los lugares que pisa, toca puertas, pregunta a la gente, se interesa por sus vidas. A mí me bastaba con pegarme a sus talones para encontrar unas historias estupendas, con las que luego escribía crónicas semanales en la revista Zabalik.

Me acuerdo de un ejemplo entre docenas. Después de casi dos meses de viaje por Australia, llegamos a la costa tropical y decidimos dividir el grupo durante tres días. Algunos los pasaron recorriendo las playas y buceando en los arrecifes de coral. Otros seguimos el plan de Josu: un día de playa y buceo, claro, y los otros dos para buscar el rastro de las familias vascas que habían emigrado a esta zona para trabajar en los campos de caña de azúcar. Buscamos apellidos vascos en las lápidas de los cementerios y en los listines telefónicos, visitamos el Museo del Azúcar, supimos que existía un pueblo con frontón y allá nos fuimos, preguntamos en los bares y acabamos encontrando una familia vizcaína que llevaba cuarenta años en el trópico australiano. Fue un encuentro emocionante para ellos y para nosotros. Nos invitaron a cenar en su casa y nos contaron mil historias apasionantes de la emigración, divertidas algunas y trágicas otras.

Con Josu aprendí que los viajes y el periodismo son dos actividades que, bien hechas, comparten algo esencial: sirven para acercarse a los demás.

El pasado 20 de diciembre Josu cumplió 50 años. Lo celebramos con una fiesta medio sorpresa, en la que nos juntamos unos cincuenta o sesenta amigos, y le regalamos un blog que pronto se convertirá en la web oficial de la Nairobitarra, aquel autobús que en 1981 viajó desde Tolosa hasta Nairobi y que fue el principio de muchas aventuras. Ese blog recoge muchos textos sobre los viajes del autobús y sobre las expediciones de Josu por medio mundo, y también una galería de fotos de la historia de la Nairobitarra.

Hace unos años escribí un perfil de Josu. Empieza así:

"Josu Iztueta ha rastrillado el mundo durante un millón de kilómetros. En 1982 compró con su amigo Ángel un camión de mudanzas desvencijado, reclutó a veinte entusiastas y cruzó con ellos las arenas del Sáhara; las manos se le quedaron pegadas a ese volante durante veinticinco años más, en los que Ángel y él condujeron a 1.500 personas por Europa, África y las dos Américas. Entre viaje y viaje, se calzó los esquís y atravesó Groenlandia. Pedaleó por Laponia y California. Remó en piragua por el Nilo, el Báltico y el Mediterráneo. Palpó la muerte en el cauce helado del río Yukon. Pero las aventuras son un celofán engañoso. Josu guarda motivos más íntimos para viajar, para arriesgarse y sufrir: su curiosidad inagotable por el mundo, la capacidad de admiración constante, la reacción instintiva de ponerse en el pellejo del otro. ¿Por qué viaja Josu? La respuesta es sencilla pero tan potente como para sostener toda una vida. Se adivina entre sus argumentos para organizar una expedición a los puntos más bajos de cada continente y no a las cumbres: “En los ochomiles no vive nadie; en las depresiones encontraremos mineros, nómadas, pescadores, pastores”. Ahí late su definición del viaje: viajar es acercarse a los demás".

El perfil completo puede leerse aquí.

(Las fotos: Josu con 31 años, al terminar la travesía de Groenlandia sobre esquís, y Josu ahora).

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Zoetemelk y la fe en los mapas

La lista de mis blogs de cabecera (la tenéis en la columna de la derecha) no obedece a ningún orden. Dos excepciones: el primero y el último están puestos ahí por algo.

El primero es el maestro Eresfea, maestro mío y de mucha otra gente, como puede apreciarse en los comentarios de sus lectores (y admiradores) habituales. Eresfea, conocido como Josean en la vida real, es un tipo que sabe dónde va. Da lo mismo que escriba sobre literatura rusa, excursiones montañeras, recolección de setas, diálogos uruguayos o escenas de infancia que le apartaron del comunismo gracias a un merengue, todo lo que escribe avanza siempre por un camino muy claro. O por una trocha, palabra que le gusta mucho. Una vez, hace ya varios años, me habló de la diferencia entre los escritores que son guías y los que son exploradores. Con el paso del tiempo lo voy entendiendo poco a poco. Poco a poco.

Eresfea siempre sabe dónde va y mantiene su fe infantil en los mapas. Pero el otro día esa fe le costó un par de horas de sofocón por una senda que existía en el mapa pero no en la realidad, un pequeño detalle que resulta algo molesto. Lo contó aquí.

Yo también sentí esa atracción infantil por los mapas, un fenómeno bastante misterioso. Hace pocos días escribí algo sobre eso, en los párrafos iniciales del capítulo que dedicaré a las Alpujarras en el libro Vespaña. El libro avanza lento y con muchas muchísimas interrupciones, pero aquí van tres parrafitos. Podéis lanzar críticas y sugerencias, así lo vamos puliendo y probamos eso de la escritura interactiva. Va:

"Hay itinerarios que se pueden recitar como conjuros: ¡Órgiva, Carataunas, Soportújar, Pampaneira, Bubión, Capileira, Pitres, Pórtugos, Busquístar, Trevélez, Juviles, Bérchules, Mecina-Bombarón, Yegen, Válor, Mecina-Alfahar, Ugíjar!

Nunca había estado en Las Alpujarras pero conozco sus pueblos desde que cumplí los 13años. Al menos los nombres. Me regalaron un libro de rutas cicloturistas por España que incluía un taco de hojas sueltas, recogidas en varios pliegues, en las que se dibujaba el perfil altimétrico de los recorridos. Solía desplegarlos sobre la alfombra del salón y me tumbaba boca abajo para leerlos, para seguir con el dedo las líneas rojas que subían a los puertos y bajaban a los valles. El itinerario de Las Alpujarras se convirtió en mi favorito. Por sus nombres. Leía sílaba a sílaba aquellas palabras tan raras, como quien trata de descifrar un código, y así memoricé Carataunas y Pampaneira y Mecina-Bombarón y algunos otros. Entonces para mí no eran más que puñaditos de casas alrededor de un campanario: el icono que aparecía en aquellos perfiles cicloturistas para representar los pueblos.

Algunos topónimos poseen una extraña capacidad de atracción, quizá porque sus letras y sus sílabas se agrupan de una manera tan exótica que revelan la presencia de otras gentes, otros paisajes y otras historias. Para un guipuzcoano de 13 años, nombres como Carataunas o Pampaneira o Mecina-Bombarón resonaban como un tam-tam. La toponimia es el primer indicio, la primera sospecha de que el mundo ha cuajado de una manera bastante diferente por ahí fuera. Y a esas edades es capaz de encender un impulso difícil de nombrar, una curiosidad por la geografía, una inquietud por buscarle las esquinas al mundo. Yo quería viajar a Pampaneira".



domingo, 16 de diciembre de 2007

Más verdad de lo que parece


Nuestra amiga I. intentaba hablarnos de Sidney Poitier pero el nombre no le venía a la memoria:

-Cómo era este actor... éste que siempre hacía de negro...

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