lunes, 30 de junio de 2008

Javier Olabe

El jueves murió Javier Olabe, a los 28 años. El mazazo nos dejó doblados. Ahora, después de unos días, después del repaso de algunos recuerdos, el asombro doloroso por su muerte se convierte a ratos en asombro gozoso por su vida. Porque Javier fue un chico extraordinario, en el sentido más literal de la palabra, y sus amigos -aunque sean algo lejanos, como yo- nos sabemos privilegiados por haber conocido a alguien como él.

Javier era un chico delgado y pálido, con una salud frágil, sufría asmas y problemas respiratorios. De él me queda una imagen: sus carcajadas quebradizas. Imponía el buen humor a la mala salud. Un primer recuerdo: Javier estudiaba primero de Periodismo; su profesor de prácticas -Javier Marrodán, si no me equivoco- se quedó boquiabierto con los textos que escribía y nos los pasaba a los demás profesores. Una de esas prácticas iniciales consistía en describir el recorrido de los encierros de San Fermín. Javier describió los pasos de un sacerdote que iba a administrar el santo viático a un moribundo de la calle Estafeta. El texto, magnífico, parecía escrito por un obispo jubilado o por un autor de hace un par de siglos, no por un chaval de 18 años.

A Javier lo conocí en persona más tarde, en la redacción de la revista Nuestro Tiempo. Supe que era monaguillo de la catedral de Pamplona, que frecuentaba chats en latín y que era dantzari. Poseía un talento y una sensibilidad fuera de lo común, pero si me cayó fenomenal fue porque combinaba una amabilidad exquisita con un humor negro afiladísimo. Nos divertíamos mucho diciendo tonterías y burradas. Él disfrutaba describiendo situaciones tétricas y horteras, como aquel viaje descacharrante de su grupo de danzas a un festival de Campo de Criptana (Ciudad Real), pueblo que él llamaba Campo de Criptonita y del que salieron corriendo mientras les gritaban "¡terroristas!". Recuerdo uno de los mandamientos de su decálogo del esnob, publicado en Nuestro Tiempo: "Cuanto más libanesa sea la película, mejor".

Un par de años más tarde fue alumno mío en la asignatura de Periodismo Literario. Todas las semanas, cuando me enfrentaba a la pila de prácticas que debía corregir, esperaba el momento en que llegara la de Javier Olabe. Solía dosificarla: si me la encontraba antes de tiempo, la apartaba y esperaba a estar cansado de leer y corregir otras prácticas. Entonces leía la suya y me reía como un descosido. Javier respiraba con dificultad pero escribía como una catarata. Guardo sus textos de prosa desparramada, de frases interminables en las que llevaba al lector agarrado con una correa, textos salpicados con incisos que eran bombazos de ironía, adjetivos como dardos, comparaciones que encendían carcajadas. A mí casi me daba vergüenza ser su profesor. Escribía mucho mejor que yo, y yo no sabía hacer otra cosa que corregirle una coma aquí o allá y ponerle nueves y más nueves. Semana tras semana sus columnas eran perfectas, así que una vez le propuse -con poca convicción- que hiciera algo distinto, que cambiara de tono, que se probara en otros terrenos. Me daba remordimientos que las prácticas no le sirvieran para nada, porque él ya iba muy por delante. No deberían haberle cobrado esa asignatura.

Cuando acabó la carrera, ingresó en el seminario. De vez en cuando me escribía una crónica muy divertida de sus supuestas penurias. Estoy seguro de que no tenía ni una queja real, pero se regodeaba: describía habitaciones lóbregas, monjas de apariencia transilvana, pechugas descongeladas que lucían tres falsas incisiones para que parecieran asadas en una barbacoa (pechugas caducadas que llegaban al seminario desde las residencias de Proyecto Hombre: comemos lo que rechazan los yonquis, decía).

Cuando gané el premio Marca, Javier me envió este soneto desde el seminario:

Para Ander, preferido de las musas, implorando su patronazgo.

Cuando sé de tu triunfo literario
por narrar malandanzas de ciclistas
me confieso baldón de deportistas
y comprador del Marca refractario.

Cuando te veo premiado y millonario,
orlado de laureles plus-Marquistas,
te auguro el clamor de las revistas
y se me hace menos triste el seminario.

De lo que hoy son lauros y ovaciones
--Sic transit gloria mundi: todo pasa--
sólo saldrán gusanos empachados.

Si no sabes qué hacer con los millones,
ten presente que en esta santa Casa
comemos los yogures caducados.

Unos días más tarde compré un cargamento de yogures (griegos, cremas, mousses, multifrúticos...) y me acerqué al seminario de Pamplona. Llamé y llamé, pero eran las fiestas de Navidad y los seminaristas estaban de vacaciones en sus casas. Al menos encontré una monja, a la que pude dejar la gran bolsa llena de yogures y una nota para Javier. Unos días más tarde me llegó otro mail suyo:

"Querido y magnánimo Ander,

En primer lugar quiero disculparme por el retraso en agradecerte tus yogures. Como ya te he comentado algunas veces, el seminario no se distingue por la vanguardia tecnológica de sus instalaciones, por lo que tengo que responder el correo de sábado en sábado.

No puedes figurarte el regocijo que causó tu regalo inesperado. A la monja no le hizo muchísima gracia (¿A quién se le ocurre mandarte yogures? ¿No será a tu madre? ¡Con la de yogures que hay aquí! Le comenté que era una broma de un amigo, y se río con la risa de los que celebran los chistes que no entienden para salvaguarda de su honra), pero sí a los seminaristas, no tanto por la paráfrasis erudita tan bien traída que incluiste (la cual, no obstante, a todos gustó), sino por la alegría inaudita de poder comer yogures sin caducar. Así como en torno al roscón de reyes se crea una atmósfera angustiosa de ruleta rusa, alrededor de tu pila de yogures se formó un silencio reverencial y obsequioso, natural por una parte en quienes cotidianamente tratan con lo sagrado, pero excesivo para cualquiera que no estuviera avisado de la precariedad de nuestra dieta. Repuestos del estupor y después de proclamar, entre alborozados e incrédulos, las fechas de caducidad que nos sonreían desde el futuro, dimos cuenta de los yogures. Estaban muy ricos. Tuvimos la precaución de comer con cautela los yogures "bio", ya que después de dos años de tomarlos caducados, con sus bífidus muertitos, una ración de microbios activos tendría en nosotros efectos impensados y seguramente nocivos".

En los últimos tiempos Javier pasaba unos días a la semana en la parroquia de Bera. Le prometí que un sábado iría a comer con él. Cuando le escribí para concretar la cita, me contestó que había dejado de ir a Bera por algún problema de salud. Aquel encuentro quedó colgando.

Hace unos meses volvimos a escribirnos. Recordamos sus columnas y quedamos en que yo publicaría algunas en este blog. No lo he hecho. Lo haré en los próximos días. Os aseguro que nos vamos a reír mucho.

Gracias, Javier. Descansa en paz.

19 comentarios:

Anónimo dijo...

A mí también me resultaba sorprendente esa mezcla de sensibilidad y humor negro (en realidad, para nada sorprendente) Un día, en Nuestro Tiempo, nos regaló una de las frases más desternillantes que he oído nunca. En una sobremesa, nos explicaba en qué consistía ser monaguillo de la Catedral y cómo, a veces, la liturgia resultaba un poco compleja. "Pero hay una norma infalible -dijo Javier-. En caso de duda, genuflexión".
Qué grande.
Un abrazo.
Bea

Nahum dijo...

Poco después de darte la noticia, Ander, a mí también me llego un correo-e de AMI con una gran idea: ¡¡qué gran blog se estará haciendo desde el cielo, eh!! Con Peter y con Javi en vanguardia celestial.

Humor negro hasta en las fotos. Todavía nos reímos recordando las que trajo, en batín, del pobre Buero Vallejo...

Descanse en paz.

ARP dijo...

Muchas gracias por tu texto; no conocía a Javier Olabe pero me entristece su muerte y a la vez me he reído con lo de los yogures caducados: sí, era un gran escritor y tú has escrito un gran texto con todo ello. Rezaré por él

Imak dijo...

Qué buena gente y qué buen homenaje. Sin duda se lo pasará en grande Peter. Esperamos esas columnas...

Francis dijo...

Es el mejor homenaje que le puedes hacer, Ander. Gracias por ser como eres.

sintomático dijo...

Muchas gracias, Ander, pro el recuerdo y por recuperar sus columnas. Sus textos en La Serpiente eran sin duda los mejores, tanto por raros, como por bien escritos.

Es cierto, Nahum, recuerdo las risas con la foto de Buero Vallejo. ¡Qué buen hombre!

Ander Izagirre dijo...

Gracias a todos.

Por cierto: Francis me acompañó cuando llevé los yogures al seminario. Como os pasará a algunos de vosotros, ella no conoció a Javier pero sí le conoce por las historias que escribió y por las que contamos quienes le conocimos.

Es un consuelo misterioso, esto de ver a la gente reunida alrededor del recuerdo de Javier.

Antonio M. dijo...

La columna que escribió sobre Notre Dame resume de forma magistral su maravillosa pluma y su afinado sentido del humor. Rebuscaré los NTs para postearla.

Descanse en paz

Ander Izagirre dijo...

Antonio, sería muy bonito que juntáramos los textos de Javier Olabe. Yo iré colgando los que tengo y abriré una carpetica con ellos.

J. dijo...

Espero las columnas de Javi. Emocionante, Ander.

Ander Izagirre dijo...

"Las fechas de caducidad que nos sonreían desde el futuro". Qué tío.

IMANOL dijo...

Plás, plás, plás...!!

eresfea dijo...

Nadie disfrutaba las esdrújulas como él.

enrique dijo...

Y nadie podrá odiar la vulgaridad tanto como lo hacía él. Sin duda, de otra pasta y otro tiempo.
Vivirás en mi recuerdo, Olaf, amigo.

eVa dijo...

Hola, Ander:
Creo que conocí a Javir Olabe. Su muerte me ha pillado por sorpresa -¿cuándo no?- y tus palabras me han conmovido. Descanse en paz.

A. Cristóbal dijo...

Hola, Ander:

Sólo agradecerte tu hermoso retrato de Javier y la recopilación de algunos de sus textos. Su muerte fue una sorpresa para mí, y eso que este último año he estado mucho con él, pero no esperaba este fulminante desenlace. En medio de la tristeza, tus textos me han vuelto a hacer reír al recordar a Javier. Su rica personalidad contenía esa ironía, esas filias y fobias tan suyas... que lo hacían único. Me ha alegrado recordar su sentido del humor porque cuatro días antes de que muriera estuve visitándole en el hospital en Santander, me escribía pidiéndome libros que mereciera la pena leer y me decidí a aparcar el monte aquel domingo e ir a estar con él. Le llevé varios libros, mi portátil y un montón de películas en dvd. Su madre, que es un ángel, me devolvió todo en el tanatorio y, al llegar a casa, abrí la disquetera del ordenador y vi que la última peli que había visto era "En bandeja de plata", de Billy Wilder, con Walter Matthau y Jack Lemmon. A los dos nos encantaban las pelis antiguas y pensé que una buena comedia le animaría. Pero posteriormente recordé que en esa peli hay un montón de chistes sobre enfermedades, hospitales y cosas así y me sentí mal pensando que quizás no era el tipo de peli que más le convenía en sus circunstancias... Pero ahora al leer todo esto estoy segura de que se rió porque, como apuntabais, supo anteponer el buen humor a la mala salud. ¡Muchas gracias por vuestros testimonios de Javier Olabe, a Javier Marrodán por el enlace hasta vosotros, y saludos para todos! Ana Cristóbal.

Ander Izagirre dijo...

Ana, me alegro mucho de recibir tus noticias. Y me alegro especialmente de que estuvieras con Javier en esos últimos días. Estoy seguro de que se rió viendo "En bandeja de plata". Un beso.

A. Cristóbal dijo...

Gracias, Ander. Yo estoy segura de que cuando haya leído tus elogios se habrá turbado un poco, como le solía pasar, pero le habrá hecho mucha ilusión que recuperes esos geniales artículos. Guardaba muy buen recuerdo de su paso por Nuestro Tiempo. Lástima que se me olvidó recogerlo en el obituario que escribí sobre él en Diario de Navarra, mis disculpas a toda la familia NT. Un beso.

Anónimo dijo...

Gracias por recordar esta faceta magistral de Javier Olabe. Soy un seminarista compañero suyo; pasamos grandes momentos juntos, y su muerte..., en fin, espero que esté gozando de la compañía de Jesús en el Cielo, su Amigo, como él tantas veces decía. Rezo mucho por él y todavía me emociono al recordarlo. Muchas gracias.

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