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miércoles 26 de noviembre de 2008

El ciclista que ganó a la Stasi


"El ciclista que ganó a la Stasi", reportaje de Carlos Arribas en El País. Es la tremenda historia de Wolfgang Lötzsch, el mejor ciclista de la RDA en los años 70. Se negó a ingresar en el Partido Comunista y las autoridades le hicieron la vida imposible: le expulsaron de su club, le prohibieron participar en los Mundiales, le vigilaron docenas de chivatos y espías de la Stasi, le encarcelaron durante diez meses. Siguió entrenándose, compitió sin equipo, le castigaban a salir con cinco minutos de retraso y aun así continuó ganando carreras. Eso sí que era plomo en los bolsillos.

Gracias por la pista, Rafa.

(La foto estaba aquí, en esta página que habla de la película que se estrenó el pasado verano sobre la vida de Lötzsch).

martes 9 de septiembre de 2008

La próxima, sin manos

La triatleta Itsaso Leunda, 24 años, de Hernialde, andaba tan fina con la bici que la selección vasca de ciclismo la convocó para que ayudara a las más fuertes del equipo en el Campeonato de España del pasado domingo. A falta de cien kilómetros, Itsaso se metió en una escapada con otras seis corredoras. En un puerto a 38 kilómetros de meta, se fugó con la salmantina Fátima Blázquez. Y en el último kilómetro atacó a su compañera de escapada y se fue sola.

"Soy novata de verdad, no sé correr una carrera ciclista", dijo. "Miré hacia atrás y no la veía, pero tenía tanto miedo que hasta entrar en la meta no me vi ganadora. En los últimos metros no sabía si reír o llorar". Al cruzar la meta gritó y levantó una mano. "Es que todavía no sé andar en bici sin manos".

"Soy campeona de España pero no soy la mejor. Hay muchas ciclistas con más calidad y algún día me gustaría ser como ellas".

Yo ya me he hecho fan de la campeona que no sabe levantar las manos.



Foto: EFE

miércoles 13 de agosto de 2008

"Ojalá nunca hubiera ganado el Tour"

La historia de Roger Walkowiak es relativamente conocida: carambola increíble para un ganador inesperado. Pero detrás de la anécdota se esconde una de las historias más crueles del Tour de Francia, que se extendió durante cuarenta años como una sombra para su protagonista y víctima.Es la historia de cómo un triunfo mayúsculo envenenó la vida de un ciclista humilde, a quien no parecían destinadas semejantes glorias.

En la foto, Walkowiak confirma en el espejo del hotel que lo que le acaban de vestir es el maillot amarillo.


Durante el Tour me pidieron que colgara en el blog la historia de Walkowiak. Llega con mucho retraso, pero aquí va.

“Ojalá nunca hubiera ganado el Tour”

Después de cuarenta años de silencio, Roger Walkowiak aceptó hablar de nuevo ante una cámara. En el salón de su casa, aquel anciano menudo repasaba anécdotas ciclistas, y la cámara recordaba, a pesar de las canas y las arrugas, aquella cara redonda de niño tímido -pelo ensortijado, orejas desplegadas y una sonrisa apenas esbozada-, aquella cara infantil que a mediados de los años cincuenta se asomó, asustada por una fama repentina, a todos los diarios, las revistas y los cines franceses. Tras un buen rato de charla y rodeos cautelosos, el periodista arrimó una pregunta a la llaga de Walkowiak: su Tour victorioso de 1956. “Nunca hablo de aquel Tour, ni siquiera con mi mujer”. En el silencio angustioso que siguió a esta declaración, la cámara se acercó al rostro de Walkowiak, que enrojecía por momentos. Le temblaron las mejillas, escondió la cara en la palma de su mano izquierda y rompió a llorar. “Nadie sabe cuánto sufrí”.


Cuarenta años antes, la misma cara de niño temeroso apareció en la televisión: en la octava etapa de aquel Tour, al desconocido Walkowiak le acababan de vestir su primer maillot amarillo y se le acercó la cámara. El ciclista, incómodo, escondió la mirada entre los radios de su bicicleta y asentía con la cabeza gacha a las preguntas. El periodista, impaciente porque Walkowiak apenas pronunciaba monosílabos, le recalcó la importancia del momento como quien regaña a un chaval: “Roger, eres líder del Tour de Francia. Miles de personas te están viendo y quieren saber qué sientes con el maillot amarillo puesto”. Walkowiak se llevó las manos a la cara y balbuceó unas palabras: “Es increíble, no puedo creerme lo que ha pasado, es increíble...”. De pronto, ante un sollozo incontenible, el periodista tuvo que dejar el micrófono para recibir el abrazo de Walkowiak, quien lloraba sin parar de repetir “es increíble, es increíble...”.

>Cómo ganó el Tour y cómo lo lamentó el resto de su vida, en tres páginas.

> El texto es un capítulo del libro Plomo en los bolsillos.

(Epílogo feliz, 52 años después. En el reciente Tour, la organización invitó al anciano Walkowiak al podio de la etapa de Montluçon. Allí vistió el maillot amarillo a Sastre, recibió el aplauso del público y se reconcilió con el Tour).

miércoles 30 de julio de 2008

Ocaña contra Merckx, contra los Alpes, contra Ocaña

El conquense Luis Ocaña fue un ciclista tremendo. Aunaba una fuerza descomunal y un espíritu atormentado, que le llevaron a pelear hasta reventarse contra Eddy Merckx, el gran monstruo de los años 70.

Las fotos más famosas de Ocaña se dividen en dos tipos: aquellas en las que pedalea sentado, con la mirada firme y el gesto concentrado, mientras sus rivales se retuercen, y aquellas en las que aúlla de dolor, tirado en una cuneta o cubierto de sangre. Una curiosidad significativa: apenas hay fotos de Ocaña y Merckx juntos. Componían una mezcla explosiva. Si se juntaban, el pelotón estallaba en pedazos y uno de los dos quedaba fuera de combate. Casi siempre Ocaña.

En los comentarios del texto anterior mencionábamos una de las famosas fotos del conquense. Alberto Moyano la ha buscado y me la ha enviado para que la cuelgue aquí. ¡Mil gracias!


(No sé quién es el autor de la foto. Si alguien conoce el dato, que me lo diga y lo citaré).

La imagen es del Tour de 1969, en el que debutaron Eddy Merckx y Luis Ocaña. En las rampas del Ballon de Alsacia, mientras el belga machacaba a todos sus rivales y volaba a por su primer triunfo, el español se enganchó con la rueda de otro corredor y cayó a plomo. Sus compañeros del equipo Fagor le esperaron para empujarlo hasta meta. Más que empujarlo, lo llevan agarrado del maillot.

El de la izquierda, en primer plano, es Txomin Perurena. Detrás de él aparece un rubio: Patxi Gabica (¡Gabicacogeascoa!). No identifico a los otros, pero según las crónicas completaban la procesión Ramón Mendiburu, Luis Pedro Santamarina y Joaquín Galera. Entre todos arrastraron a Ocaña hasta meta, empapado en sangre. Resistió una etapa más y luego se retiró.

Este episodio es sólo uno de los cataclismos que sufrió Ocaña en sus batallas contra el Tour, contra Merckx y contra sí mismo. Podéis leer esas historias en Ocaña contra Merckx, contra los Alpes, contra Ocaña, un capítulo del libro Plomo en los bolsillos.

Dejadme que entresaque una anécdota de ese capítulo para ilustrar la voracidad de Eddy Merckx, quien acumuló 525 victorias a lo largo de su carrera y a quien por algo apodaban El Caníbal:

"Merckx disputaba hasta las metas volantes, esa clasificación secundaria establecida como aliciente para los modestos. En un Giro de Italia, el pelotón atravesaba la calle principal de un pueblo cuando al fondo apareció una pancarta. Merckx arrancó, esprintó como si le fuera la vida y pasó con ventaja, seguro de que se había anotado los puntos correspondientes. Sólo en los últimos metros levantó la cabeza del manillar y leyó lo que ponía en la pancarta: 'Vota Partido Comunista'”.

lunes 28 de julio de 2008

Farolillo triple


Este sufrido belga es Wim Vansevenant, último clasificado en el Tour de Francia con un retraso de 3 horas, 55 minutos y 45 segundos (como si hubiera pedaleado una etapa más que el vencedor Sastre). Lo retratan con el farolillo rojo, la lanterne rouge, la linterna que antiguamente portaba el último vagón de los trenes. Y lo extraordinario es que Vansevenant repite última posición en el Tour por tercer año consecutivo, una regularidad sólo al alcance de los campeones.

Y no lo digo de cachondeo. Vansevenant quizá inspire compasión, pobrecillo, siempre el último. Es cierto que sus cualidades no le permiten escalar puertos con los mejores, ni esprintar con los más veloces, ni rodar tan fuerte como los contrarrelojistas, ni siquiera participar en esas escapadas maratonianas en las que los secundarios se despellejan para conseguir un bingo que les cambie la vida. Vansevenant no juega a eso. Vansevenant se dedica a otra cosa: ayudar al jefe. Y en eso es un fuera de serie.

No olvidemos dos detalles evidentes: está en uno de los mejores equipos del mundo; y año tras año su líder Cadel Evans lo quiere en el grupo selecto que correrá el Tour para ayudarle. ¿Cómo ayuda? Eso es lo menos evidente.

Todos los líderes necesitan a varios Vansevenant que se desgasten por ellos en los lances menores de la carrera. En las etapas llanas, cuando el jefe marcha en una posición retrasada del pelotón y decide, por si acaso, subir a la parte delantera, puede hacer dos cosas: salirse a un costado del grupo y avanzar contra el viento, gastando fuerzas, o llamar a Vansevenant para que el viento se lo coma él. Vansevenant saldrá por un costado del pelotón y avanzará hasta alcanzar las posiciones de cabeza, donde dejará al líder cómodamente situado. Así el líder se ahorra un gramo de esfuerzo que luego lucirá en Alpe d'Huez o en alguna contrarreloj. En los finales veloces y angustiosos Vansevenant también deberá jugarse el tipo en curvas y rotondas, deberá meter el manillar en una jungla de manillares, ruedas y muslos, en una locura de bandazos, frenazos, gritos y pulsaciones a mil, para que el jefe pase los obstáculos sin apuros y en cabeza, no sea que una caída le deje cortado y pierda un tiempo precioso. Cuando el jefe y los compañeros tengan sed, Vansevenant dejará de pedalear, se descolgará del pelotón hasta que le alcance el coche del equipo, cargará ocho bidones de agua fresca en los bolsillos del maillot y en el cogote, pedaleará de nuevo para adelantar a todo el pelotón y repartirá la bebida entre los compañeros. Otro sofocón para Vansevenant. Al día siguiente le tocará ponerse en cabeza del pelotón y tirar a por una escapada peligrosa o marcar un ritmo fuerte para evitar las tentaciones de quienes planean fugarse. La misión de Vansevenant acabará al pie del puerto, reventado, y ya sólo le quedará sufrir descolgado hasta la meta. Y todavía peor si el líder pincha en algún momento crucial de la carrera. Si Vansevenant anda por allí, frenará, le dará su rueda, lo montará en la bici y correrá a pie para empujarle en la arrancada. Luego esperará a que llegue la asistencia con una rueda para él y pedaleará a muerte para no llegar fuera de control y para salir al día siguiente a currar de nuevo.

Gracias a su tercer farolillo rojo consecutivo, ha conseguido que los medios se fijen un poco en él y en ciclistas como él. ¡Aupa Vansevenup! Y no es nada fácil conseguir esta hazaña. Vansevenant fue último desde la 3ª etapa hasta la 19ª, farolillo rojo día tras día, mientras otros muchos se retiraban. Pero en la 19ª etapa se le coló Bernhard Eisel, que se colocó 42 segundos peor que él, cuando ya sólo quedaba un suspiro para llegar a París. En la contrarreloj del sábado, por suerte, Vansevenant recuperó la última plaza. Sus compañeros le tomaban el pelo: "Hace unos días le gastamos una broma", dice Mario Aerts. "Le engañamos diciéndole que Mathieu Sprick había acabado 18 minutos por detrás de él. Dijo que no le interesaba la última plaza, pero estaba muy nervioso hasta que comprobó la clasificación".

* * *
Los patrocinadores de Vansevenant merecen un comentario. Como veis en la camiseta, una marca es Lotto (una lotería belga) y la otra es una empresa farmacéutica que todos los años promociona un producto disinto. Este año toca Silence (un remedio contra los ronquidos), hace tiempo fue Davitamon-Lotto (supongo que alguna vitamina) pero mi favorito era el del año pasado, una genial combinación del azar y la incertidumbre: ¡Predictor-Lotto!

viernes 25 de julio de 2008

Los calvarios de Cunego y Bartali


Ayer Damiano Cunego metió la rueda de refilón en un bordillo, la bici se clavó, él salió volando y se dio de cara contra un muro de hormigón. Su compañero Daniele Righi echó pie a tierra para socorrerle: “Lo vi tendido en un charco de sangre, en una postura fea, sin moverse”, dijo después. A Cunego la sangre le manaba de la barbilla. Le dolía el pecho y tenía los brazos y las piernas abrasadas. Sus compañeros le ayudaron a levantarse y les dijo que no se quería retirar. Montó de nuevo en la bici y el médico de la carrera le atendió sobre la marcha, desde el coche. Le taponó la hemorragia de la barbilla, le envolvió la mandíbula en vendajes y le medicó para aliviar los dolores.

Cunego siguió adelante a pesar de que no le quedaba ya nada en juego. El italiano, ganador del Giro de 2004, había concentrado toda su preparación de este año para hacer algo grande en el Tour y llevaba una vuelta desgraciada: cuatro caídas, una flojera sorprendente en la montaña, un montón de minutos perdidos y una decepcionante 12ª posición a falta de cuatro días para el final. Además le esperaban 160 kilómetros de persecución agónica hasta la meta, no para cazar al pelotón, que ya volaba muchos minutos por delante, sino simplemente para evitar llegar con el control cerrado y para poder salir al día siguiente. Cualquiera se habría retirado. Pero Cunego siguió. Y yo me hice de Cunego, por su empeño de dignidad, porque estuvo dispuesto a pedalear entre dolores durante horas cuando ya lo había perdido todo (¡y porque lo tenía en mi porra de internet, mecagüenlamar!).

Le esperaron sus compañeros de equipo Righi, Marzano, Mori y Tiralongo, que le acompañaron en el vía crucis dándole relevos y empujándole en los repechos. Cuando llegaron a meta, 20 minutos y 12 segundos después del vencedor, Cunego se fue directo al hospital. Le cosieron la barbilla con cinco puntos, le hicieron radiografías en las manos, la mandíbula y el tórax para descartar fracturas y una ecografía del bazo para asegurarse de que no lo tenía dañado.

Esta mañana Cunego no ha podido tomar la salida. Podría decirse que su sacrificio no sirvió para nada. Pero sería falso.

* * *

De la misma manera que John Lee Augustyn escribió su línea después de las de Wim Van Est de 1951 y Joseph Fischer de 1903, ayer Cunego escribió la suya después de la de Bartali de 1937.


"Bartali era un chaval de 22 años cuando ganó con una autoridad deslumbrante el Giro de 1936. También conquistó el Giro de 1937. Y ese mismo año debutó en el Tour por la puerta grande: primero batió el récord de la ascensión al Ballon de Alsacia; luego, en la séptima etapa, se escapó en solitario en el mítico Galibier, venció en la meta de Grenoble y se vistió el maillot amarillo. El joven italiano distanciaba en doce minutos a sus rivales Vissers, Maes y Lapebie. El propio Mussolini le telefoneó para felicitarle, pero también para espolearle y pedirle que conquistara para los italianos la prueba más querida por los franceses. En aquellos años de nacionalismos inflados y tensiones prebélicas, Bartali cargaba con el honor de la patria en territorio enemigo. Al día siguiente la selección italiana organizó una emboscada en la subida al puerto de Laffrey: Bartali, Rossi y Camusso atacaron en tromba y descolgaron a los demás favoritos. Quedaba mucha distancia hasta la meta, pero Rossi y Camusso pedaleaban a todo gas para aumentar las diferencias y dejar el Tour sentenciado. En un descenso, los italianos atravesaron un puente de madera mojado por las salpicaduras de un arroyo alpino, un torrente rabioso que bajaba desde los neveros de las montañas. Rossi patinó. Camusso tropezó con él. Bartali no pudo esquivarlos. Y los tres saltaron por encima del parapeto y cayeron en una cabriola escalofriante hasta el arroyo. Rossi y Camusso se levantaron aturdidos y doloridos, pero encontraron sus bicicletas y treparon con ellas por las rocas hasta la carretera. De pronto, Camusso giró la cabeza y vio una mancha amarilla en el arroyo: era Bartali, recostado en el arroyo, inmóvil. Camusso bajó dando traspiés, llegó hasta Gino y lo arrastró fuera del agua. Bartali estaba conmocionado, con la cara empapada en sangre y las ropas desgarradas. Entre Rossi y Camusso consiguieron espabilarlo y subirlo a la carretera, cuando los perseguidores ya les habían adelantado. Lo montaron en la bici y arrancaron. Rossi, malherido, se retiró a los pocos kilómetros, pero Camusso y Bartali sufrieron lo indecible para llegar hasta la meta de Briançon, donde aparecieron con doce minutos de retraso. Bartali había salvado el liderato por un puñado de segundos. Pero esa noche no pegó ojo, por las heridas que le laceraban las rodillas y el pecho. Salió en la siguiente etapa, donde perdió veinte minutos y cualquier opción de victoria. Lo intentó un día más, pero ninguna arenga patriótica podía aliviarle los terribles dolores, y se bajó de la bici. Cuando volvió a Italia, relató su accidente a los periodistas: “Dios estaba conmigo en aquel arroyo helado”, dijo. “Sin Él, mi caída podría haber sido mortal”. Bartali se ganó así sus apodos: en Italia le llamaban El Piadoso; en Francia, El Monje Volador".

>El texto de Bartali es un fragmento de de Plomo en los bolsillos.

miércoles 23 de julio de 2008

Escaladores

Los escapados suben la última rampa del col de la Bonette-Restefonds, la carretera más alta de la historia del Tour, a 2.802 metros. En ese repecho terrible, azotado por el vendaval que barre la montaña, los corredores se retuercen y empujan la bici a riñonazos para coronar el puerto. Un ciclista del equipo Barloworld se levanta del sillín, acelera, se marcha con facilidad y pasa en primera posición por el alto. Es John Lee Augustyn, un sudafricano de sólo 21 años, debutante en el Tour. Dice Carlos de Andrés, comentarista de Televisión Española: "Augustyn va a dar mucho que hablar como escalador".

La premonición se cumple de manera casi instantánea. A los pocos segundos, Augustyn hace una demostración de escalada que saldrá en todos los telediarios de la noche, incluidos los que nunca hablan de ciclismo. Lo curioso es que la hace durante el descenso:




Cada vez que un ciclista cae por un barranco, se le quita el polvo al nombre de Wim Van Est, un holandés que marchaba con el maillot amarillo en 1951, se despeñó por un barranco de setenta metros en el Aubisque y apareció vivo cuando bajaron a buscar su cadáver. Para sacarlo de allí tuvieron que improvisar una liana anudando un montón de tubulares.

Me he acordado de Van Est, pero al ver las peripecias escaladoras de Augustyn me he acordado especialmente de un personaje mucho más polvoriento: el alemán Joseph Fischer, participante en el primer Tour de la historia. Le llamaban "escalador", cuando en el recorrido de entonces no se subía ninguna montaña:

"[Durante el Tour de 1903] los periodistas ensalzaban a los ciclistas con apelativos y epítetos de estilo homérico: acuñaron la expresión “gigante de la ruta” como sinónimo de ciclista; Garin era “el pequeño deshollinador”; Dargassies, “el herrero de Grisolles”; estaban “el poeta Muller”, “el terrible Aucoutourier” y “el escalador Fischer”. ¿El escalador, en un Tour plano, sin montañas? El apodo le había caído unos meses antes, al final de las 72 horas de París, una de esas pruebas ultramaratonianas tan del gusto de la época, en la que los ciclistas pasaban tres días seguidos dando vueltas en el velódromo del Parque de los Príncipes. El alemán Fischer terminó la carrera al borde de la locura. Tiró la bici, salió del velódromo, escaló un árbol y se sentó allí, sobre una rama, en silencio. Durante un par de horas, el alemán no dijo media palabra y nadie le convenció para que bajara. Joseph Fischer, el escalador. Había nacido la leyenda del Tour y la leyenda de sus primeros personajes".

>El texto es del libro Plomo en los bolsillos.

>Augustyn tiene un blog en el que escribe su diario del Tour. La última entrada, a estas horas, habla de los placeres del día de descanso. Vigilaremos para ver si escribe sobre su salto -literal- a la fama.

>Me pica la curiosidad: ¿quién bajó por el terraplén a recuperar la bici de Augustyn? Que esas bicis valen un dinerito...

martes 22 de julio de 2008

"No pude contra aquellas fieras bien alimentadas"

El menú de hoy y mañana incluye cinco platos fuertes: Lombarda, Bonette-Restefonds, Galibier, Croix de Fer y Alpe d'Huez. Adelantemos el postre: aquí va la historia de Vicente Blanco, el Cojo, un hombre capaz de pedalear desde Bilbao hasta París para salir en el Tour al día siguiente y capaz de llorar porque no le habían avisado de que en los postres había arroz con leche. Un ciclista que se dopaba con bacalao y que ganó un campeonato de España rompiéndole la punta a un lápiz.


La gran bilbainada de Vicente Blanco, el Cojo

Los pies de Vicente Blanco eran dos puros muñones. En 1904, cuando tenía 20 años y trabajaba en la siderurgia La Basconia, una barra de acero incandescente le entró por el talón izquierdo y le atravesó el pie hasta los dedos. Los músculos se le fundieron en un amasijo de carne quemada. Pocos meses después, Vicente volvió al trabajo en los astilleros Euskalduna y los engranajes de una máquina le trituraron el pie derecho: le amputaron los cinco dedos machacados. Pero Vicente era de Bilbao.

Y Vicente, alias el Cojo, se empeñó en correr el Tour. Después de sus accidentes, volvió a trabajar de botero en la ría bilbaína, y un día recogió de la chatarra una bicicleta sin neumáticos. Como no tenía dinero para comprarlos, ató las sogas del bote alrededor de las llantas y empezó a entrenarse. Se lució en las carreras más prestigiosas de la época (Pamplona-Irún-Pamplona, Vuelta a Cataluña, Irún-Vitoria-Bilbao-Irún), incluso ganó los campeonatos de España de 1908 y 1909, con la camiseta de lana de la Federación Atlética Vizcaína. Pero se hizo famoso por los continuos trompazos que se daba -“su cuerpo tiene más cicatrices que todos los toreros de España”, dijo el diestro Cocherito- y, sobre todo, por sus fanfarronadas. El cronista Ángel Viribay cuenta cómo Vicente se presentó en la salida de una larga carrera en Bilbao y anunció a voz en grito que saldría sin avituallamiento, para dar ventaja a sus rivales. Nadie sabía que unas horas antes sus amigos habían ocultado cazuelas de bacalao en diversos puntos del recorrido. El Cojo se escapó pronto, por el camino devoró a escondidas las tajadas de bacalao y llegó primero con muchos minutos de margen. Para completar el circo, entró en meta con un perro atado a su manillar.

>La historia sigue aquí.
>Es un capítulo del libro Plomo en los bolsillos.

(La foto la he sacado de aquí).


lunes 7 de julio de 2008

Otras razones para ver el Tour

1) Hace unas semanas, Josu charló en California con una vasca emigrante que ahora tiene 87 años. En realidad ella nació en Buenos Aires, pero sus padres provenían de la provincia pirenaica de Zuberoa, y al poco de nacer se la llevaron de vuelta a la tierra de origen. La mujer creció en Zuberoa, se casó con un pastor y juntos emigraron a Estados Unidos. Allí se la encontró Josu, seis o siete décadas más tarde. Ella le contó que le gusta mucho ver el Tour de Francia por televisión. Disfrutó con los años de Armstrong, porque entonces los americanos hacían más caso al Tour, y porque uno de los pocos que le peleaba el maillot amarillo era un chico vasco, cómo se llamaba, Beloki, y eso le llenaba de orgullo.

A la mujer le gusta el Tour, pero hay unas etapas determinadas que espera durante todo el año con una ilusión especial. En esas etapas se emociona hasta las lágrimas:

-Cuando pasan por los Pirineos, veo mi tierra en la televisión.

2) La generosidad de François Faber, que dejaba caer neumáticos de repuesto con disimulo para ayudar a sus rivales sin que se enteraran los jueces. El pinchazo de Erik Zabel y sus palabras sobre Rolf Aldag, el gregario que le espera. El narrador colombiano de Radio Caracol (y el gracioso despiste reptilesco del subtitulador). El Tour es una historia de hombres, de los muy grandes y de los muy pequeños.

lunes 2 de junio de 2008

Tan simple como los animales

Sergio Fernández Tolosa (Barcelona, 1974) decidió medirse con el desierto, un espacio desnudo en el que la supervivencia depende de reglas tan básicas como duras. Y para eso diseñó un gran viaje: la travesía en bicicleta de Australia, Atacama, Mojave, Namib, Kalahari, Gobi y Sáhara. Entre 2003 y 2007 pedaleó casi 30.000 kilómetros, aprendió a obedecer las leyes de las tierras inhóspitas y volvió a casa admirado por las vidas de sus remotos habitantes. Esas experiencias quedaron recogidas en los textos y las fotos de un libro espectacular: Siete desiertos con un par de ruedas.

Ése es el primer párrafo de la entrevista que le hice a Sergio Fernández, recién publicada en el Cuaderno de Viajes de la revista Altaïr (número dedicado a Creta, en el que también escribí la presentación). El ciclista catalán habla de sus razones para buscar el vértigo, de sus experiencias en un paisaje tan duro, de sus encuentros con los habitantes, pero aquí cuelgo un par de preguntas en las que explica un fenómeno fascinante: su adaptación a los desiertos. En un entorno tan hostil, cuando sólo se puede aspirar a la supervivencia, todo lo superfluo desaparece y el viajero se guía con un instinto vital tan simplificado como el de los animales.

-A veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano usted llegó a agradecer la compañía de una mosca.

-Sí, y le hablaba. Y también le hablaba al viento. Fue por un proceso de adaptación al medio. Me adapté físicamente (fui aprendiendo a soportar el calor, a dosificar la bebida, sabía cuándo convenía avanzar, cuándo ir más lento, cuándo parar…) y también me adapté mentalmente. En un viaje así, durante muchas horas no ocurre absolutamente nada, el paisaje es monótono y el pedaleo se convierte en una especie de meditación. Al final consigues un ritmo interior, una concentración con la que alcanzas momentos de clarividencia, incluso eres capaz de resolver problemas de tu vida que arrastras desde hace años. En otros momentos el cerebro crea fantasías. En un tramo de Australia llevaba los brazos cubiertos por una nube de moscas y hacía un calor horroroso, pero entonces empecé a pensar que las moscas también estarían sofocadas y dije “bueno, que se beban mi sudor, que aprovechen lo que puedan”. Te acabas solidarizando hasta con las moscas. En el fondo es un entretenimiento mental para distraerte del calor, el cansancio y el aburrimiento. Y una estrategia: si no puedes con las moscas, alíate con ellas. Cuando empezaba a soplar el viento en contra, yo le saludaba: “Hombre, ya estás por aquí, has venido otra vez a joderme, ¿eh?”, y me reía. Los problemas te molestan cada vez menos. La otra opción es desesperarse. Y hace falta mucha serenidad para atravesar el desierto.

-En esa adaptación, usted relata que se iba convirtiendo en un animal. Llegó a disputarle una sombra a un camello, y una fuente a una manada de caballos.

-En el desierto todos los seres vivos competimos por lo mismo: sombra y agua. La única diferencia es que los humanos cargamos ropa y comida. Cuando no tienes asegurada la supervivencia más básica, las demás necesidades se simplifican o desaparecen: a mí ya me daba igual comer arroz todos los días, me echaba a dormir en cualquier lado, no me importaba llevar la misma ropa. Sólo obedecía a la ley principal: ahorrar esfuerzos. Como los animales. Y dentro de esa sencillez, cualquier detalle añadido es un lujo. En una aldea africana conseguí una zanahoria y la comida de ese día ya fue especial, porque el arroz sabía un poco distinto. Un día echaba al café más azúcar de lo normal, otro día no le echaba nada, y esos cambios eran todo un acontecimiento.

PD: Aquí tenéis la entrevista completa en su versión original, antes de los recortes y los retoques lógicos del editor.

PD2: Todavía quedan historias pendientes de Islandia y Groenlandia. Ya llegarán.

martes 29 de enero de 2008

¿Y cómo sabes eso? (1ª parte)



Paco es un señor muy importante que siempre se está riendo. Entre sus innumerables virtudes destacan un par: es la persona que mejor sabe decir la palabra BOBO (la pronuncia así, con la boca llena de aire, en mayúsculas); y sabe dar puñetazos muy certeros en el deltoides (la parte superior externa del brazo), de ésos que parecen amistosos pero duelen de narices. Normalmente son simultáneos, el ¡bobo! y el puñetazo en el deltoides. Entre bobo y bobo, a veces también me llama txirrindulari (ciclista, una palabra que le gusta mucho porque le parece casi onomatopéyica). La primera vez que hablé con él, hace ya trece años y pico, me dijo que sólo se le ocurrían dos explicaciones sobre mí. Una de ellas era que yo estaba loco. Y se reía, el tío.

Paco es el mejor profesor que he tenido. Su lección principal era muy sencilla: para ser buen periodista primero hay que ser bueno a secas. Y además se lo creía. Y además logró que sus alumnos nos lo creyésemos. Con sus clases también conseguía que nos entraran unas ganas locas de ponernos a escribir. Nos seducía con reportajes excelentes, nos ayudaba a descubrir los trucos, nos empujaba a intentarlo por nuestra cuenta y nos enseñaba a pulir los textos hasta que el lector pudiera deslizarse por ellos como por una pista de patinaje. Hay profesores que enseñan muy bien a redactar y hay algunos, muy raros, que además de enseñar a redactar enseñan a escribir. Paco era riguroso con las faltas de ortografía, las redundancias o los jaleos sintácticos, pero centraba sus esfuerzos principales en meternos estas cinco claves en la cabeza: saber mirar, saber escuchar, saber pensar, saber expresarse y aprender qué es el hombre. Para hacer más o menos bien esas cinco cosas, es necesaria una virtud básica pero muy difícil: la humildad.



Paco me machaca el deltoides cada vez que me pongo a tiro porque me acusa de reventarle una asignatura. Y se ríe, el tío. Ocurrió en el último curso de la carrera, en una de las últimas clases de Periodismo literario. Llevaba cuatro meses explicándonos en qué consistía ese asunto del periodismo literario: en lugar de ceñirse a fórmulas rígidas, un periodista puede emplear las técnicas de la literatura para escribir textos más atractivos; su único límite es la realidad: no puede retocar una escena ni falsear un detalle para lograr una historia más redonda. Porque al periodista le corresponde escribir un relato veraz de los hechos. Y no puede traicionar ese pacto con el lector sin perder crédito.

Paco me hizo leer en clase un relato que yo había escrito sobre uno de los episodios más épicos de la historia del ciclismo: la victoria de Charly Gaul en el Monte Bondone, en el Giro de 1956. En aquella etapa, una tormenta de nieve repentina se abatió sobre los ciclistas y muchos quedaron desperdigados por la montaña, perdidos en la nieve, refugiados en chabolas o abrigados por los espectadores que salían a rescatarlos. De los cien ciclistas que marchaban en carrera casi setenta se retiraron, incluido el líder, con hipotermias y congelaciones. Los espectadores y los jueces que esperaban en la meta no tenían ninguna noticia de los corredores y organizaron una expedición con coches para ir a buscarlos, pero en medio de la nevada apareció un espectro que daba pedales y que cruzó la línea medio inconsciente y con una pierna helada. Era Gaul, un gran ciclista que aquel año había fracasado en el Giro (antes del Bondone estaba clasificado en el puesto 24) y que sin embargo demostró una inmensa capacidad agónica para resistir bajo la tormenta y alcanzar la cumbre mucho antes que el resto de los escasos supervivientes. A pesar de que lo envolvieron en mantas y lo masajearon a conciencia, Gaul se pasó una hora temblando, sin decir palabra, sin entender nada de lo que le decían, sin enterarse de que había ganado el Giro.

Para escribir este relato yo había leído unas cuantas crónicas de la época. La historia era fantástica pero había un problema: las crónicas resultaban demasiado escuetas. Por ejemplo: antes de que se desatara la tormenta, Gaul marchaba escapado y estuvo a punto de caer a un barranco por unos problemas con los frenos. Aquel susto merecía ser contado con lujo de detalles, de manera que describí el momento en que Gaul volaba cuesta abajo y descubría que le fallaban los frenos, sacaba un pie, trazaba la curva con una trayectoria apuradísima que se iba abriendo y abriendo hasta el mismo borde del abismo, las ruedas pisaban la gravilla de la cuneta y empezaban a derrapar, a Gaul se le escapaba un grito…

Cuando terminé de leer el relato en clase, la primera pregunta de un compañero fue -lógicamente- cómo conocía yo tantos detalles de aquella historia. Y respondí:

-Un poco de documentación… y un poco de periodismo literario.

Paco soltó una carcajada. No me golpeó el deltoides porque había cien testigos, pero se hizo el escandalizado y preguntó a mis compañeros si les parecía legítimo que yo me hubiera inventado escenas como esa. Los que levantaron la mano para hablar debían de ser tan tramposos como yo, porque defendieron mi texto con un argumento que se hizo muy popular: la recreación de algunos detalles no afectaba a la verdad esencial de la historia, sino que contribuía a transmitirla con más eficacia. Paco sacudía la cabeza y me miraba con intenciones homicidas.

-Me paso cuatro meses diciendo que se debe buscar la manera más atractiva de contar una historia pero sin falsear jamás ningún detalle, y en la última clase llegamos a la conclusión de que “periodismo literario” es… ¡mentir!

Con el tiempo aprendí que Paco tenía razón. La ficción sirve para contar verdades, por supuesto. Pero si un periodista tiende a retocar los detalles, por muy secundarios que sean, el lector nunca sabrá dónde empieza el maquillaje y pasará las páginas con recelo, intentando adivinar las trampas. En cuanto se tope con una historia sorprendente, desconfiará. Por eso conviene respetar a rajatabla el pacto con el lector.

En mis libros y reportajes viajeros yo planteo un trato: esto es un relato escrito por un periodista y no hay ni un gramo de ficción. Si algo no concuerda exactamente con la realidad, se debe a algún fallo de mi percepción, de mis entendederas o de mi capacidad de expresarme, pero no hay retoques intencionados para redondear ninguna historia. Esta declaración no es ninguna bandera, sólo responde a una cuestión práctica: es la única manera de que el lector me crea cuando le cuente que Charly Gaul perdió el Giro del año siguiente por pararse a mear. O que paseando con Paco junto a la Torre de Hércules nos encontramos con un alumno suyo llamado Gandalf.

viernes 18 de enero de 2008

Ciclismo potable

Millones de personas de todo el mundo deben caminar muchas horas para llegar hasta una fuente, cargar bidones de agua y regresar a casa. Además, suele tratarse de agua no potable, cuyo consumo produce miles de enfermedades y muertes.

Unos compañeros de trabajo de Nerea han inventado un triciclo prodigioso para solucionar ese problema. 1. El agua se carga en un depósito trasero. 2. Mientras el ciclista pedalea de vuelta a casa, los pedales accionan una bomba que hace pasar el agua a través de un filtro. 3. Esa agua, ya purificada, se acumula en un segundo depósito que va en la parte delantera.

Mientras esperamos el modelo que convierta el agua en vino, admiremos el invento:

lunes 19 de noviembre de 2007

El Águila mutante


(La foto es de L'Equipe y la publica elmundo.es. Son Anquetil y Bahamontes).

Federico Martín Bahamontes ganó el Tour de Francia de 1959 y fue rey de la montaña seis veces. 42 años después de retirarse, aún lucha para pulir su palmarés. Y la vida le ayuda: sus rivales de la época van muriendo y él aprovecha para ajustar cuentas.

Hace dos años murió el luxemburgués Charly Gaul, vencedor del Tour de 1958 y de los Giros de 1956 y 1959. A Bahamontes le escuché decir algo parecido a esto: "Sí, Charly Gaul fue un gran ciclista, un rival muy duro. Pero un año me robó el premio de la montaña en el Tour, porque en un puerto yo pasé primero pero le dieron los puntos a él, y por esos puntos me acabó ganando. Yo debería tener siete premios de la montaña, no seis. Y ser rey de la montaña entonces tenía más merito porque lo disputaban los mejores corredores, no como estos años con Virenque, que no se lo disputaba nadie". (Richard Virenque fue rey de la montaña siete veces entre 1994 y 2004 y le quitó el récord a Bahamontes).

Ahora se cumplen veinte años de la muerte de Jacques Anquetil, el primer ciclista que ganó cinco Tours. En elmundo.es, Bahamontes reconoce la calidad de su rival y justo después le quita méritos: "Tenía un equipazo y remataba siempre en las cronometradas". Luego recuerda que le robó el Tour de 1963: "Nunca olvidaré la etapa de Chamonix. Ese día me la jugó sirviéndose de un motorista que le lanzó en la llegada. Me quitó el Tour".

A Bahamontes le llamaban el Águila de Toledo. Quizá se podría actualizar el apodo:



(La foto es de la Consejería de Medio Ambiente del Gobierno balear).

jueves 18 de octubre de 2007

La sección de Zoetemelk



Esta sección nace por las peticiones de G., secundadas por J. Me insistieron para que publicara un blog con los comentarios que dejaba en otros blogs: una jugada de vampiro.

La jugada me servirá para traer aquí algunos textos de los blogueros que habitualmente leo, para marcharme a veces por los cerdos de Úbeda... y para confesarme como escritor chuparruedas.

Esa misma fama tenía el pobre Joop Zoetemelk. Este ciclista holandés no solía dar espectáculo pero era una sanguijuela longeva y tenaz: fue ciclista profesional entre ¡1970 y 1987! Tiene el récord de Tours terminados (16). Fiel a su carácter, también posee el récord de segundas posiciones en el podio de París (6). En 1980 tuvo un despiste y ganó el Tour (el líder Hinault se retiró por lesión y le dejó por sorpresa el maillot amarillo). Y se convirtió en el ciclista más viejo capaz de ganar un Campeonato del Mundo: lo hizo en 1985, con 38 años y 9 meses. Corrió hasta los 40. ¡Bravo, Zoetemelk!

No me hace mucha ilusión parecerme a la estirpe de los Cadel Garrapata Evans, Greg MiroPaTudela Lemond o Jesús VejigaSincronizada Montoya (este murciano era un caso extremo: tenía órdenes de pegarse en todo momento a Perico Delgado, y en cierta ocasión el segoviano -harto de Montoya- se paró en la cuneta a echar una meadita; Montoya también se detuvo y se quedó esperando a que Perico terminara la tarea). Pero, oye, también tuvieron sus momentos de gloria gracias a la habilidad para refugiarse en chepas ajenas, y aquí cada uno se las apaña como mejorcito puede.

Hoy me apaño con una cita que recoge y comenta David Álvarez, un amigo periodista que siempre escribe con lupa y bisturí y que al final cose los textos de maravilla. Leedle, leedle.

La cita tan interesante que ha recogido hoy sobre el oficio de Don DeLillo dice: "A medida que DeLillo maduraba como escritor, aumentaba lo que desechaba, y no sólo porque sus libros eran cada vez más largos. Desde el manuscrito de The Names, escrita a principios de los ochenta, empezó a mecanografiar cada párrafo una y otra vez, muchas veces en la misma página, con lo que un mismo párrafo puede aparecer docenas de veces en docenas de páginas de un borrador, mientras lo pulía hasta que le satisfacía. (...) Este proceso otorga a los borradores de DeLillo un ritmo tremendamente pausado, como el de un ciego que tantea para encontrar su camino".

El pegajoso Zoetemelk añade: "Yo ya no sabría escribir a máquina ni a mano. Pero si supiera, y tuviera que reescribir tanto, seguramente escribiría mejor. Así que la culpa es del ordenador. Qué bien. PD: el don de Lillo era la verborrea valdanista, ¿no?".

(En la imagen, Joop Zoetemelk es obviamente el de verde, el que va pegadísimo a la rueda del líder Hinault. La foto es de www.velo-club.net).

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