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sábado, 22 de noviembre de 2008

Todos somos calaveras

El escultor Luis García Vidal decidió que a la muerte hay que hacerla visible, muy presente, para que no nos asuste. Y así creó el Jardín de los Desvelados, en Estella, donde las enormes calaveras y los coches descacharrados expresan esa inquietud.

Su historia es el último capítulo del libro Cuidadores de mundos. Por eso, la semana pasada quise ponerme en contacto con él para invitarle a la presentación del libro en Pamplona y para enviarle un ejemplar. Primero escribí a Javier Hermoso de Mendoza, un estellés que conocía bien a Luis y que solía decirme si el escultor andaba mejor o peor de salud, con más o menos fuerzas para atender visitas. Javier me respondió que Luis había desaparecido hacía varios meses y que acababan de confirmar que un cadáver encontrado en el río Ega era el suyo.

La noticia me dejó primero helado, luego triste. Repasé sus fotos, releí el capítulo de su historia y encontré un pequeño consuelo en las propias palabras de Luis. Copio un párrafo del libro:

"Después de sufrir un accidente de tráfico y de perder a un hermano por un cáncer feroz, llegó a la conclusión de que lo único que podemos hacer con la muerte es desvelarla y ponerla bien a la vista. “No hay nada más natural que la muerte. Si la ocultamos, sólo conseguimos tenerle miedo”, dice. Así ha labrado Luis, de 79 años, la naturalidad con la que habla de su propio final. En una de las calaveras más grandes, que aparece medio enterrada en la ladera, ha excavado una galería interior que va desde los dientes hasta la bóveda del cráneo. “Esa será mi tumba”, explica. “Los faraones hicieron las pirámides para que los enterraran, ¿no?, pues yo quiero que me entierren o que dejen mis cenizas dentro de la calavera, qué menos. Mira, ven, sácame una foto aquí, que se vea bien el hueco, y puedes poner: el artista mira su futura tumba. Ahí dentro estaré bien, tranquilo, sin disgustos”.

Aquí tenéis esa foto. Recuerdo muy bien aquel momento. Yo estaba algo impresionado y Luis se reía.


Me fui de Estella admirado por su serenidad y su buen humor. Pero también me fui con un cierto desasosiego. El escultor tenía 79 años, se le notaba cansado, envejecido, y hablaba con melancolía del deterioro de su obra. El acceso al Jardín de los Desvelados era libre las 24 horas del día y algunos visitantes maltrataban las calaveras. Algunas estaban en bastante mal estado y otras apenas asomaban de la tierra, medio devoradas por la vegetación. Luis soñaba con grandes proyectos escultóricos, como el de un avión estrellado con un montón de esqueletos desparramados. Pero apenas tenía fuerzas para frenar el deterioro de sus obras antiguas y ya parecía imposible que pudiera emprender nuevas. Quiso mostrarme el antiguo esplendor de su parque:

"Cuando fotografío las calaveras medio derruidas, Luis saca de su bolsa varias imágenes enmarcadas, en blanco y negro, en las que se ve el parque en su esplendor de hace 20 o 25 años: unas impresionantes calaveras de tres metros y medio de altura, admiradas por visitantes que a sus pies parecen liliputienses. Otra escultura, de la que hoy sólo queda medio cráneo hundido entre las zarzas, era entonces una gran calavera que lucía una dentadura perfecta y miraba al cielo con ojos aterrados. Los proyectos de nuevas obras bullen en el cerebro de Luis pero las fuerzas de sus brazos apenas le alcanzan para restaurar las deterioradas. Muestra las viejas fotos con nostalgia: “Mira, mira cómo era esto antes, fíjate qué esculturas. ¿No podrías publicar alguna de estas fotos, para que se sepa cómo eran las calaveras?”. Las fuerzas menguantes de Luis, la añoranza por aquella época vigorosa y el deterioro imparable de su obra van amasando, en el Jardín de los Desvelados, una metáfora triste".

Aquí tenéis una de esas fotos de los años 80:


Nadie más que Luis se encargaba de cuidar las calaveras, de manera que probablemente su obra irá desapareciendo poco a poco. Al pensar en ese triunfo del olvido, he entendido un poco mejor por qué escribimos.

* * *

Aún estamos a tiempo de visitar el Parque de los Desvelados. Y aquí está el capítulo del libro dedicado a Luis: Todos somos calaveras.

ACTUALIZACIÓN: Javier Hermoso de Mendoza acaba de colgar este vídeo sobre el Parque de los Desvelados, grabado el día en que apareció el cadáver de Luis.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Ardigaldu

"Algunos pastores murieron en los páramos del Oeste, por el mordisco de una serpiente o congelados por la noche, sin nadie que pudiera socorrerles. Pero muchos más sufrieron la tortura de la soledad: en América se acuñó el término vasco ardigaldua (“perdido entre las ovejas”, “ovejizado”) para referirse a quienes pasaban meses con los rebaños y después, trastornados, rehuían el contacto humano. En 1908, los vascos de Boise (Idaho) se asociaron y crearon un fondo para pagar el billete de vuelta a casa a los compañeros que enloquecían".

Es un párrafo de Amerikanuak, un capítulo del libro Los sótanos del mundo (información / compra).

En ese capítulo encontraréis historias de los pastores vascos que emigraron al Far West y de algunos personajes en particular: Dionisio Txoperena, el pastor navarro que en 2001 protagonizó una campaña de publicidad del gigante telefónico estadounidense AT&T, en la que encarnaba la soledad más radical; Joxe Mallea-Olaetxe, el profesor que recogió en un libro las inscripciones que los pastores vascos tallaron en los álamos del Oeste durante casi un siglo; y Martxel Tillous, el cura que vive en el Basque Center de San Francisco y conduce en su coche 100.000 kilómetros al año para oficiar misas, bautizos y funerales en euskera por los once estados occidentales de Estados Unidos.

* * *

Alkate jauna
. ¿Quién es el único alcalde de una ciudad capital que habla euskera? (Y que lo habla fluidamente, no valen los chapurreos). Ni el de San Sebastián, ni el de Bilbao, ni el de Vitoria, ni la de Pamplona, ni el de Bayona...: respuesta.


miércoles, 17 de septiembre de 2008

Ya vienen los roncaleses

Con las primeras luces del 18 de septiembre, varias docenas de pastores y miles de ovejas se juntan en El Paso, cerca de Carcastillo. Han caminado cinco, seis o siete jornadas desde los valles pirenaicos de Roncal y Salazar y esperan a que el cabo de Guardas -o la autoridad de turno- pegue un tiro al aire con la carabina para anunciar la apertura de las Bardenas. Después los rebaños empiezan a entrar en esta inmensa estepa, donde pastarán hasta principios de mayo, como bien dice la jota:

A la Bardena del Rey
ya vienen los roncaleses
a comer migas con sebo
por lo menos siete meses.

Y para allá vamos nosotros: una cuadrilla de parados, funcionarios y autónomos relajados, dispuestos a pasar el miércoles y el jueves barzoneando por montañas, valles y estepas de Navarra, con la única condición de estar el jueves a las 8 de la mañana en El Paso. A última hora se han incorporado a la expedición una madre y una tía (ambas superan los 60 tacos y llevan más marcha que todos los treintañeros juntos). El campamento nocturno lo formarán una furgoneta melonera de 18 años -la mía-, un elegante Mercedes de 27 años -el de Josema- y cuatro tiendas de campaña.

Además de ver la entrada de los rebaños a Las Bardenas, tengo un interés especial en encontrar a José Antonio Ballent, que no es roncalés sino salacenco.


A José Antonio lo conocimos Josema y yo a finales de abril de 2006 en las primeras etapas de Vespaña, cuando le faltaban pocos días para echar a andar hacia los Pirineos. Nos cruzamos con él, nos saludamos y estuvimos de cháchara más de una hora. Escribí un perfil suyo. He fotocopiado el texto, lo he plastificado y me gustaría entregárselo el próximo jueves.

El penúltimo trashumante

José Antonio Ballent Urrutia lleva 53 años, desde los 14 hasta los 67, caminando con sus ovejas por una ruta prehistórica: de los Pirineos a las Bardenas en septiembre, de las Bardenas a los Pirineos en mayo. Ahora, cada vez más, las ovejas se quedan todo el año en las corralizas en lugar de subir a la montaña. Los pastores más pesimistas auguran que dentro de diez años nadie recorrerá las cañadas. Y el propio José Antonio, con dos prótesis en las rodillas, dice que ya no le quedan muchos viajes. Pero todavía se juntan cien mil ovejas en las Bardenas y todavía quedan motivos para que José Antonio cuide su rebaño todos los días: “Tengo que ayudar a mi hijo, que le ha cogido gusto al oficio”.

Podéis leer el perfil completo de Ballent, tal y como aparecerá en el libro Cuidadores de mundos (subtítulo del libro: El biógrafo de los pedruscos, el constructor de calaveras, el hombre de las doscientas fuentes y otras memorias vivas del País Vasco y Navarra). Publicaré el libro en noviembre con la editorial Altaïr.

viernes, 1 de agosto de 2008

Las raíces de una vida

Todos los días del año, con pocas excepciones, el carpintero destajista Juan Reguillaga Arruabarrena se echa a los bosques de Vizcaya y anda dos o tres horas. No camina a paso de montañero: abandona los senderos y va husmeando entre los árboles, los helechos y las zarzas, se agacha a menudo, escarba la tierra y patea tocones. “Son andares de zorro”, dice. Busca raíces muertas, la materia prima de su arte y de su vida.


(...)

Juan decidió dar vida a las raíces porque ellas le dieron la vida a él. Le dieron una segunda existencia: “Yo ahora tengo 13 años”, dice. Su primera vida empezó el 28 de febrero de 1948, cuando nació en el caserío Mendibil de Leaburu (Guipúzcoa), y terminó el 28 de octubre de 1993, cuando cayó al vacío desde lo alto de una escalera, en una obra de Gernika, y quedó en coma tres días. Cuando despertó y lo llevaron a casa, pensó que iba a permanecer atado para siempre a una silla de ruedas. “Estaba medio inválido. Tenía todo el costado y el brazo izquierdo hechos polvo, no los podía mover, no andaba, me arrastraba como podía. Y menuda situación: tenía cuatro hijos, acababa de montar un taller de carpintería, debía pagar el alquiler de la casa… Y yo no valía para hacer nada”.

Un día salió de su casa de Elorrio y entró, con el cuerpo encogido, medio a rastras, torcido de dolor, a un bosque cercano. Sólo pudo recorrer trescientos metros. Pero allí encontró una raíz muerta. La tocó, la movió y empezó a sentirse cada vez mejor. Volvió a casa caminando de pie. Y en ese momento, hace trece años, comenzó su segunda vida.

Juan asegura que a través de aquella raíz recibió la fuerza y la vida que le transmitían sus difuntos padres. Con 4 años perdió a su padre Esteban. Con 18, a su madre María Josefa. “Yo sabía que mis padres me iban a ayudar en aquel momento tan malo”, dice, “y descubrí que a través de las raíces puedo conseguir lo que más deseo. Yo echaba mucho de menos a mis padres, quería estar con ellos, y lo deseaba con tanta fuerza que un día me quedé mirando al sol y allí se me apareció el rostro de mi madre”.

Desde aquella aparición, suele arrodillarse a menudo para rezar mirando al sol. A veces se coloca una gran raíz a modo de máscara y mira a través de dos huecos. Entonces nota que el rostro se le transforma en rostro de gato o de tigre. Ha visto a sus padres otra media docena de veces, en algunas ocasiones al padre, en otras a la madre, siempre a las dos y media de la tarde, casi siempre mientras miraba fijamente al sol y alguna vez en el interior de su taller. “Es que en el taller he tenido dos intoxicaciones”, explica, “porque es un local muy pequeño y sin ventilación, y como trabajo con barnices y disolventes, un par de veces se me aparecieron mis padres y luego perdí el sentido. Con el disolvente suelo tener apariciones, sobre todo con el de la marca Valentine”.


El taller de Juan es digno de ver. Y él está encantado de recibir visitas. Se encuentra en la calle Bilbao número 15 de Bérriz, al pie de la carretera nacional, junto a un oportuno semáforo. En los festivos, cuando Juan pasa los días y las noches en el taller, coloca sus obras en la cuneta a la vista de los paseantes y los conductores que se detienen con la luz roja. A quien tenga interés, le mostrará las raíces con formas de animales (están a la venta), y a quien tenga mucho interés le explicará cómo en algunas raíces también ha descubierto los rostros de sus padres y la imagen de una Virgen y de un Cristo (éstas nos las vende, claro, aunque las ha regalado a “personas especiales”). También le enseñará el taller, un cubículo estrechísimo forrado de fotos y carteles, repleto de velas, estatuillas de santos y vírgenes, imágenes de soles, raíces desperdigadas por las esquinas –algunas barnizadas y brillantes, otras húmedas y terrosas-. El olor denso a madera y a disolvente, el silencio acorchado de la madriguera, la penumbra atravesada por los chorros de luz que se cuelan por los ventanucos, forman un ambiente propicio para las apariciones.

La mayoría de sus fotos -guarda miles- son imágenes del sol, de las nubes, de reflejos en los cristales. Juan tiene la vista muy entrenada para descifrar los brillos y descubrir rostros. Sabe que donde él ve la sombra de su padre, que le sigue pegado a los talones, los demás sólo vemos la sombra de una señal. No le importa mucho. Sabe que le acusan de loco, que le ignoran o que se ríen de él. Antes se enfadaba, pero cada vez menos. Porque a él le pasó lo que le pasó, un milagro, y eso no cambia aunque los demás no le crean. Y no se va a callar: tiene la misión de contarlo, de relatar las apariciones de sus padres, la magia de las raíces, el encadenamiento de milagros.

Por ejemplo: “Una de las veces en las que me intoxiqué y perdí el sentido, mi hijo vino por casualidad al taller y me salvó. Eso fue un milagro. Cuando se lo conté a Javi, el enterrador de Etxebarri, que es amigo mío, le impresionó mucho. Como vi que tenía fe, le regalé una raíz en forma de dinosaurio y un rosario que compré en la Colegiata de Cenarruza. Y por haberle hecho ese regalo, al día siguiente se me aparecieron a la vez mi padre y mi madre”. En el fondo, Juan llama milagro a la sucesión de actos de bondad y agradecimiento. Parece difícil despreciar esa idea.

(...)

Insiste en cargar con todas las piezas hasta mi coche, no deja que le ayude. “Juan, por favor, ya llevo yo alguna, que pesan un montón”. “Pesan un montón, ¿eh? Pues yo he cargado con raíces como éstas durante kilómetros y kilómetros por el bosque. Yo, que estaba medio inválido”. Comprendo que no debo ayudarle. Cuando deja sus obras de arte en el maletero, me estrecha la mano y las señala: “Si esto no es un milagro, yo tendría que ser un fuera de clase”.

* * *

>Estos párrafos son extractos de uno de los reportajes que publiqué el año pasado en El Diario Vasco y El Correo. Este reportaje sobre Juan Reguillaga (aquí tenéis la versión completa) formará parte, junto con otros 24 de la misma serie, de un libro que se publicará en noviembre.

viernes, 18 de julio de 2008

La odisea vasca en Terranova

“Cuando Jacques Cartier descubrió la desembocadura del río San Lorenzo en 1534 y bautizó aquellas costas como Canadá, los vascos ya estaban allí. El navegante francés exploró el golfo de San Lorenzo, plantó una cruz en la península de Gaspé y reclamó esos nuevos territorios -esa Terra Nova- para Francia. También anotó un hallazgo peculiar: en aquellas aguas remotas encontró a mil vascos pescando bacalao”.

(…)

“Nadie sabe desde cuándo estaban allí. Algunas hipótesis sostienen que conocían el litoral norteamericano mucho antes de los viajes de Colón, pero sólo pueden basarse en especulaciones. Es cierto que para el año 1000 los vascos habían desarrollado todo un comercio internacional de bacalao, con el que abastecían a mercados de toda Europa, y que pescaban en aguas remotas del Atlántico. La historia se confunde con la niebla de la leyenda cuando se dice que navegaban hasta un caladero prodigioso, más allá de Irlanda y del Mar del Norte, más allá incluso de Islandia, del que traían inmensas cantidades de bacalao.

En 1497, el navegante Giovanni Caboto zarpó de Bristol (Inglaterra) para buscar por el norte el paso hacia las Indias que Colón no pudo encontrar. Desembarcó en la actual isla de Terranova, cinco siglos después de la efímera aventura vikinga, y al regresar contó que aquellas aguas hervían de bacalaos: bastaba con sumergir una cesta lastrada con piedras y luego izarla, para sacar un montón de ejemplares enormes. Según los partidarios de la leyenda, aquel fabuloso caladero americano era el gran secreto guardado por los vascos durante muchos años”.

(…)

"En el siglo XVI, todas las primaveras llegaban al sur y al oeste de Terranova docenas de galeones balleneros vascos. En los parajes de Port-aux-Basques, Miarritz, Placentia, Portutxoa (“pequeño puerto”, hoy Port au Choix) y Opor Portu (“puerto de descanso”, hoy Port au Port), cientos de hombres desembarcaban en las playas, levantaban campamentos, almacenes, tonelerías y hornos para fundir la grasa de los cetáceos. Los barcos salían a la caza. Cuando veían una ballena, echaban al agua las chalupas y se acercaban remando hasta el animal. El arponero lanzaba un primer arponazo al corazón o los pulmones, y después los demás tripulantes atacaban con lanzas y jabalinas. Una vez cazada, ataban la ballena al costado del barco y la remolcaban a tierra o la despiezaban directamente en el mar, arrancando las capas de grasa en grandes tiras. La grasa se fundía en los hornos para obtener el combustible más apreciado de la época: un tonel de aceite de ballena se vendía por el equivalente a 5.000 euros, y había galeones que regresaban al País Vasco con 3.000 toneles en cada temporada. En otoño, antes de que los hielos taponaran el regreso, los balleneros zarpaban de vuelta a casa después de haber capturado diez, quince o treinta cetáceos por galeón.

Las factorías vascas repartidas por las costas de Terranova, Labrador y el golfo de San Lorenzo llegaron a reunir hasta nueve mil personas en algunas temporadas y constituyeron la primera industria en la historia de América del Norte. Incluso se formó una sociedad amistosa con los nativos mikmaq y beothuk, que trabajaban para los vascos a cambio de pan y sidra. Durante los siglos XVI y XVII en Terranova se habló un pidgin, es decir, un lenguaje rudimentario que mezclaba el euskera y las lenguas locales. A los misioneros y comerciantes europeos que llegaban en esas épocas, los nativos les saludaban con el término adesquidex (del euskera adiskide: amigo). Utilizaban con ellos docenas de términos como bacailos (bakailao: bacalao), kessona (gizona: hombre) o atouray (atorra: camisa) y a todos los extranjeros los llamaban souriquois (zurikoa: los de blanco). Según relató un jesuita del siglo XVII, cuando a los nativos se les preguntaba en euskera nola zaude (cómo estás), respondían apaizac obeto (los curas mejor)”.

Son algunos párrafos del reportaje "La odisea vasca en Terranova" que he publicado en el número 54 de la revista Altaïr (dedicada al Canadá atlántico).

  • El texto completo.
  • La expedición vasca Apaizac obeto. Construyeron una réplica de una chalupa ballenera del siglo XVI con las técnicas y los materiales de entonces, y con ella remaron mil millas por aguas de Quebec, Terranova y Labrador, vestidos como los balleneros de hace siglos y comiendo lo mismo que ellos.

miércoles, 25 de junio de 2008

La costa vasca a pie


"La costa vasca traza un arco de 225 kilómetros, una especie de cuenco en el que se recogen las últimas olas del Golfo de Vizcaya. Aquí termina de romper el océano, ese elemento caprichoso que a veces acaricia y a veces golpea, que alimenta pero hiere, que abre una ruta a la fortuna y otra a la desgracia.

Los vascos, como tantos otros pueblos, tuvieron que aprender a manejarse con el mar, a conocerlo y a hacer tratos arriesgados con él. Desde los habitantes prehistóricos, que descifraron las respiraciones del océano y aprovechaban las mareas bajas para recolectar marisco, hasta los marinos que se embarcaron en las prodigiosas expediciones a Terranova, cientos de generaciones se empeñaron en dominar las aguas. El hombre de Jaizkibel, hace 8.000 años, ya se aventuraba un par de kilómetros mar adentro para pescar. Sus descendientes siguieron explorando la costa: las calas, los peñascos, las corrientes, los oleajes. Los romanos establecieron rutas regulares por el litoral, industrias de salazón y un gran puerto como el de Oiasso. Los normandos legaron las técnicas navales más avanzadas. En un empeño de siglos los vascos aprendieron a trazar caminos sobre el océano, y todos los saberes cuajaron en la época de los grandes descubrimientos: de este pequeño tramo de costa salían los mejores barcos y los mejores hombres a cazar ballenas, a pescar bacalao, a traer galeones cargados de cacao y tabaco, a la rapiña de las conquistas y las guerras, a lanzar expediciones corsarias para defender los botines propios y atacar los ajenos. Siglos más tarde, los mismos puertos vieron zarpar la miseria de los emigrantes y la riqueza del hierro. En definitiva, el mar fue la puerta de los vascos para salir al mundo. Y la costa, esa línea de 225 kilómetros, era el umbral desde el que oteaban un horizonte plagado de promesas y amenazas.

Caminaremos durante trece jornadas por ese umbral, desde la desembocadura del río Atturri hasta el promontorio rocoso de El Covarón...".

Son los primeros párrafos de la presentación del Trekking de la costa vasca. Es decir: la costa vasca a pie, la serie andarina que he preparado para la revista Euskal Herria. (Podéis leer la presentación completa aquí: Viaje por el umbral de los vascos).

En el número 34 de la revista (junio-julio, está ahora en los quioscos) aparece la presentación del proyecto y la descripción de las cuatro primeras etapas, con fotos de Alberto Muro:

1. Bayona-San Juan de Luz.
2. San Juan de Luz-Hondarribia.
3. Hondarribia-Pasajes de San Juan.
4. Pasajes de San Juan-San Sebastián.

En los siguientes tres números se publicarán el resto de las etapas por Guipúzcoa y Vizcaya. Y en diciembre saldrá el libro con el recorrido completo. Que aproveche.

sábado, 26 de abril de 2008

Los pequeños guardianes del mundo (3): Javier Etxepare


Entre las hayas aparece una hondonada de barro negro, encharcado, revuelto, de unos cuatro metros de largo por dos de ancho. En la parte más baja hay una pequeña base de cemento, con una tubería de la que no mana agua. “¡Ya me han fastidiado la fuente los jabalís!”, dice Javier Etxepare Mendigaldu. “Vienen a esta charca a bañarse, se revuelcan y a veces me mueven la tubería. Voy a tener que fijarla mejor. Ya tengo trabajo para esta semana”.

Javier, 68 años, suele venir al bosque con azada, hoz, paleta, tuberías y algo de cemento. No es que nadie vaya a pasar sed si no arregla esa fuente, porque en los alrededores hay bastantes más. Le pregunto cuántas ha hecho en esta ladera norte del monte Eskamelo (Álava). Se para un momento, las va contando entre dientes, una a una, y responde: “Diecisiete”. Diecisiete fuentes en esta pequeña zona de la Sierra de Cantabria-Toloño. Alrededor de doscientas en toda Álava y en la sierra navarra de Codés. Y no sólo las construye, también las mantiene.

Todo empezó hace una quincena de años, cuando andaba a la paloma con sus compañeros cazadores. Iban sedientos por el monte y encontraron tres charcas de las que apenas se podía beber. Javier les hizo una promesa: “¡La próxima vez que vengáis aquí tendréis una fuente!”. Y así es la gente de palabra: la empeña en un compromiso noble -incluso evangélico: dar de beber al sediento- y la mantiene para el resto de sus días.

(...)

Javier camina a buen ritmo, con un bastón y una hoz. Otros días suele acompañarle su perra, una setter que ya está mayor: “Tiene doce años y el día que se fastidie me va a traer muchas lágrimas”, dice. “Hace poco vimos unos corzos y la perra se quedó quieta, mirándolos un buen rato, cómo disfrutó”. Sin dejar de andar en ningún momento, cada pocos metros Javier se agacha y da un golpe de hoz a alguna zarza que se asoma al camino. O aparta alguna piedra. De vez en cuando sale del sendero y nos metemos por la ladera en busca de alguna fuente. Algunas están visibles y próximas al camino, otras quedan bastante ocultas. “Los paseantes no las encuentran, porque no salen de la pista, pero los cazadores y los buscadores de setas ya saben dónde están, y menudo gusto, cuando se han dado la soba y tienen un chorro tan bueno para beber”. Javier se agacha junto a la fuente y siega la vegetación que ha ido creciendo en el entorno. Luego, con la punta de la hoz, rasca el interior de la tubería para limpiarla de musgos y tierrillas.

(...)

“La verdad es que las fuentes están bonitas, así, rústicas, y es un gusto venir al monte y beber unos tragos de agua tan rica. Además, el agua que corre nunca es mala. Alguna vez la he llevado a analizar a un laboratorio y me han dicho que es excelente. Hay quien se queja, oye, Etxepare, que ayer bebí de tal fuente y me ha dado dolor de tripas. Pero eso es porque aquí el agua sale helada, y si vas acalorado y bebes mucho, te hace daño. El agua fría hay que masticarla”.

Los cazadores y los vecinos le dan las gracias a menudo por su trabajo. Y también ha recibido reconocimientos oficiales. En Pipaón, pueblo al que llega una tubería con agua de cinco fuentes abiertas por Javier, el ayuntamiento le organizó un homenaje para agradecerle los trabajos que se toma en el cuidado del bosque. También le homenajearon los ayuntamientos de Lagrán y Peñacerrada. Le dieron comidas y placas, pero Javier no es hombre de muchos discursos. “A los del pueblo sólo les dije una cosa: cuidad el agua, que es oro. Cuando no esté yo para hacer las fuentes, entonces ya veréis”. Se lo piensa un momento y añade: “Bueno, qué narices, cuando yo no esté ya saldrá otro loco a cuidarlas”.

***
El reportaje completo se publicó en El Diario Vasco y El Correo en el pasado verano.

martes, 1 de abril de 2008

Los pequeños guardianes del mundo (2): Josetxo Mayor


Josetxo es un jubilado donostiarra que lleva 21 años abriendo, limpiando y cuidando los caminos del monte Ulía. Sube todos los días del año, haga el tiempo que haga, salvo el primero de cada mes (porque ese día le toca cobrar la pensión). ¿Y el día de Navidad? ¿Tampoco perdona el día de Navidad? "Bueno, ese día no trabajo pero vengo a Ulía por lo menos a pasear. Y, hombre, mientras paseo se me ocurre alguna idea nueva”.

Aquí van algunos extractos del reportaje que publiqué el verano pasado en El Diario Vasco y El Correo.

"Josetxo Mayor conoce tan bien Ulía que se sabe hasta las biografías de los pedruscos. 'Mira, ¿ves esa piedra de ahí, la que está entre las zarzas? Antes estaba aquí, colocada en el camino, pero alguien la ha tirado. ¿Por qué harán esas cosas?'".

"También conoce la vida y milagros de cada árbol: 'Aquellos olmos estaban muy pochos, hasta que quité todas las zarzas de alrededor y hay que ver cómo crecen. Este abedul –pasa la mano por el tronco como si acariciara a un nieto- era un pirulí y mira qué hermoso se ha puesto'. Relata con detalle los avatares de los madroños y las hayas que plantó, de los pinos caídos, del roble maltratado por algún bestia, del sendero que tuvo que ensanchar para que los caminantes no pasaran tan cerca de un castaño y no se agarraran de sus ramas".

"Todo empezó con un ataque de pena. La pena de ver cerrados y abandonados casi todos los senderos que Josetxo, nacido en Zemoria, en las faldas del monte, recordaba de toda la vida. 'Hace veinte años la gente sólo paseaba por la parte alta de Ulía, por la carretera y por la pista que va a la antena, porque los caminos habían desaparecido. Yo llevaba tiempo sin venir, y cuando vine me dio una pena casi de llorar, me entraron ganas de empezar a quitar la maleza a mandobles'. Josetxo empezó a rumiar una idea. Y en la mañana del 16 de septiembre de 1986 se lanzó: 'No se me olvida esa mañana. Fui a la zona del caserío Barracas y me puse a abrir un camino. Pero con los dientes', se ríe. 'No llevaba ninguna herramienta, quité cuatro rastrojos a mano, y medio a escondidas por si venía algún dueño de los terrenos a preguntarme qué hacía. En esa primera mañana pensé: ‘a ver hasta dónde soy capaz de llegar’".

Veinte años después, ha sido capaz de abrir una red de senderos que comunica todas las zonas de Ulía. Gracias a Josetxo, el camino que viene del Faro de la Plata puede seguir por media ladera hasta la punta de Mompás, sin tener que desviarse a las carreteras de la zona alta de Ulía. Así se completó un precioso itinerario costero entre Pasaia y Donostia, señalizado con las marcas rojas y blancas del GR-121 (Gran Recorrido). Y también se pueden dar paseos breves por los caminitos que serpentean entre los bosques".

"Josetxo camina por sus dominios explicando la minúscula historia de cada arbusto, cada piedra y cada rincón. Nombra los árboles como si los saludara: álamos temblones, abedules, fresnos, robles, rebollos, pinos. Le gustan mucho los helechos reales, que en las zonas más sombrías flanquean el sendero con sus matas espesas y elegantes, y le maravillan los lirios del Pirineo, especie protegida que de tanto en tanto asoma entre los arbustos unos racimos de flores amarillas. Pronto aparecen los primeros escalones, construidos con grandes piedras que Josetxo trajo volteándolas desde las laderas cercanas. Cuando empezó la obra, la vaguada estaba cubierta de zarzas y de pinos caídos, él se abrió paso con la azada y la pala. Para salvar las hondonadas hizo levantes, amontonando tierra y revistiéndola después con losas; para suavizar las pendientes peligrosas –“esta bajada era un rascaculos”- construyó tramos amplios de escaleras".

"Josetxo habrá recorrido este tramo cientos de veces pero camina como si fuera la primera, en alerta constante, vigilando cada rincón, agachándose aquí y allá para recoger piedrecitas del camino y echarlas a un lado. No hay diez metros sin el recuerdo de un esfuerzo. '¿Ves esta roca grande? Llegaba hasta la mitad del camino, no dejaba sitio. Pues cogí el puntero y la maza y venga, tres mañanas seguidas masticando la piedra, hasta que le comí la mitad. Mira, mira las marcas del puntero en la roca. Y aquellas escaleras en zigzag las construí porque un día me dijeron que se habían caído dos personas. Tardé tres meses. El desmonte lo empecé en febrero de 2000, con la pala y la azada todo el día, cuánta agua me cayó y cuánto frío pasé'. De pronto, como si cayera en la cuenta de que está poniendo demasiado énfasis en los esfuerzos, explica: 'Aquí hay mucha fatiga y muchos sofocones. Pero juramentos, ni uno. Un voluntario no tiene derecho a decir juramentos. Si no quiere trabajar, que lo deje'."

"Termina el paseo. Me atrevo con la pregunta que me ronda desde hace un rato: 'Josetxo, dentro de treinta años ¿quién cuidará de todo esto?'. Se para, se gira con una sonrisa radiante y dice: '¡Pues yo mismo, hombre!'.

PD: En el reportaje completo se puede leer la historia de un hallazgo emocionante: durante sus trabajos, Josetxo desenterró por casualidad una calzada del siglo XIX. Unos años más tarde, un paseante anónimo colocó una placa en una de las rocas cercanas a la calzada para bautizar ese tramo: ahora se llama "Avenida Josetxo".

PD2: Josetxo Mayor recibió la medalla al mérito ciudadano de San Sebastián. Durante la celebración, sólo le pidió una cosa al alcalde: una desbrozadora mecánica.

martes, 25 de marzo de 2008

Los pequeños guardianes del mundo (1): Xabier Cabezón


Admiro a personas como Josetxo Mayor, Javier Etxepare o Xabier Cabezón. Han escogido un pedacito de este mundo y dedican sus esfuerzos, su tiempo y a veces hasta su dinero para cuidarlo, mimarlo, protegerlo. Trabajan en silencio, tratan de arreglar los abandonos o los destrozos que hieren sus pequeños territorios, se afanan por prepararlos para que otros visitantes y caminantes puedan disfrutarlos. En vez de quejarse, madrugan y se echan al monte con una azada, una hoz o un gps. Ninguno espera a que llegue una subvención para moverse.

Me fascina ese empeño generoso y callado, ese amor por el mundo. Josetxo Mayor lleva veinte años subiendo al monte Ulía para limpiar los viejos caminos y abrir nuevos. Allí está todos los días del año -salvo el primero de cada mes, ya explicaré el motivo-, de siete a diez de la mañana, llueva, nieve o truene. Javier Etxepare ha construido más de doscientas fuentes en las montañas de Álava, para que los cazadores, los seteros y los excursionistas nunca pasen sed. Y Xabier Cabezón lleva más de 30 años rastreando los rincones remotos del valle de Leitzarán y los documentos más polvorientos para recuperar la historia de sus minas, ferrerías, molinos, trenes y puentes, y para intentar frenar los destrozos que se están comiendo medio milenio de historia guipuzcoana.

Xabier ha descubierto ruinas de las que no se acordaba nadie, como las vías de un tren minero o unas bocaminas y unas galerías borradas de la historia, ha dibujado planos de las viejas ferrerías, ha escrito informes exhaustivos sobre los restos desperdigados por el valle. Y mantiene una página web que es la Biblia del Leitzarán, en la que ofrece toda esa información y muchas sugerencias para paseos y visitas. Por si fuera poco, hace un par de semanas también puso en marcha un blog sobre el Leitzarán.

En el blog repite una vieja denuncia que nadie atiende: hace un año, la empresa propietaria de una central eléctrica destrozó la ferrería de Plazaola, una de las más antiguas del valle (aparece en documentos de 1415 y para entonces ya llevaba tiempo funcionando) y la mejor conservada hasta entonces. La ferrería está protegida por la ley (es zona de presunción arqueológica). Xabier informó del destrozo a la sociedad de ciencias Aranzadi y después pasaron el aviso al departamento de Cultura de la Diputación de Guipúzcoa. La Diputación no ha respondido ni ha movido un dedo. Un año más tarde, la ferrería sigue destrozada y medio sepultada por las excavadoras de la empresa hidroeléctrica.

El verano pasado escribí un reportaje sobre Xabier y la memoria en derribo del Leitzarán, que podéis leer aquí. En la foto aparece Xabier con su hijo Unai, que sigue los pasos de su padre y pronto nos ayudará en un pequeño reportaje para la tele. Posan ante uno de los muros de la ferrería de Plazaola que quedan en pie, devorados por la vegetación como una ruina camboyana.

viernes, 29 de febrero de 2008

La emocionante vida del troglobio

Imaginemos unos bichitos minúsculos, invertebrados, que viven en la oscuridad absoluta de las cuevas desde los tiempos de los dinosaurios. Son ciegos, se orientan con largas antenas que captan estímulos químicos y tienen un aspecto blancuzco o transparente -no necesitan pigmentos porque no reciben ninguna radiación solar-. Su menú se compone de sustancias orgánicas que arrastra el agua y guano de murciélago. De acuerdo, no es una vida con mucho glamour. Los troglobios nunca han dado pie a leyendas ni Disney hará nunca una película de dibujos animados con ellos. Pero se trata de seres muy valiosos: “En Aralar tenemos algunas especies de troglobios que son endémicas, es decir, no existen en ningún otro lugar del mundo”, explica Eneko Agirre, biólogo y gerente de la cueva de Mendukilo. “Incluso hay especies que sólo se encuentran en una determinada cueva y en ninguna más. Si desaparecen de ahí, habrán desaparecido de todo el mundo. La superficie de Aralar, la que todos conocemos, es una maravilla; pero si hay algo único en esta sierra es el subsuelo y en especial los troglobios, una joya de la biodiversidad”.

“La verdadera maravilla de Aralar está en el subsuelo”, recalca Agirre, “es un mundo impresionante, un continente sin descubrir. Pero no tenemos conciencia de que tan cerca de casa exista ese mundo desconocido”.

La de los troglobios es una de esas historias que no caben en siete minutos de tele, pero ayer mostramos al menos una pizca de ese asombroso mundo subterráneo:



El paseo por Mendukilo es muy recomendable. Si alguien quiere más información, en este reportaje del año pasado desarrollé un poco más las historias de la cueva. Y para organizar una visita, la propia web de Mendukilo.

viernes, 15 de febrero de 2008

¡Alirón!

Al pueblo viejo de Gallarta se lo tragó la tierra. Carmelo Uriarte, minero jubilado de 75 años, mira al lugar en el que nació y sólo ve un socavón de doce millones de metros cúbicos (equivale a un hueco tan extenso como ocho campos de fútbol y 200 metros de profundidad). En los años 50 descubrieron que debajo de Gallarta se extendía un inmenso yacimiento de hierro y empezaron a comerse el pueblo a golpe de dinamita.

“¡Y no era una aldea!”, dice Uriarte. “Tenía siete mil habitantes, el frontón más grande del País Vasco con 16 números, iglesia, ayuntamiento, varios colegios. Hacia el año 59 o 60 empezaron a trasladar a las familias a otras casas que construyeron más allá, en el Gallarta nuevo, pero algunos seguimos unos años en el pueblo viejo. Vivíamos al borde de la mina y aquello era terrible, todo el día con las explosiones y las polvaredas”.


Las dimensiones de aquella mina al aire libre, bautizada como Concha II, resultan espeluznantes. El borde del socavón está a unos 200 metros de altitud; el fondo, 17 metros bajo el nivel del mar. Todavía más abajo, mucho más abajo, se despliega una impresionante red de galerías: cincuenta kilómetros de pasadizos subterráneos que alcanzan los 205 metros bajo el nivel del mar. Y dentro de ese laberinto existen sesenta cámaras de veinticinco metros de alto por cien de ancho: suficiente para albergar la catedral de Burgos en cada una de ellas. “Fue el mejor criadero de hierro de Europa”, explica Uriarte. “En otros sitios sacaban mineral con una ley del 46 o el 48%. Aquí tenía como mínimo un 58% de hierro”.

El socavón de Concha II sólo es un episodio más en la historia minera de la comarca. Eso sí: es el último episodio, con el que se liquida un oficio que se practicaba en estas tierras desde la prehistoria. La época más frenética se extendió entre finales del XIX y finales del XX, cien años en los que la zona minera de Triano fue uno de los principales yacimientos de hierro de todo el planeta (en algunos años aquí se obtuvo el 10% de toda la producción mundial). Las minas devoraron las montañas y dejaron un paisaje asombroso, plagado de escombreras, ruinas, cortes y cráteres hoy inundados y convertidos en lagos.


Ayer explicamos en la tele algunos recorridos que se pueden hacer por la zona (por ejemplo, el que pasa junto al lago Parkotxa, el de la foto, que no es otra cosa que las entrañas destripadas de un viejo monte. Fijaos en las cumbres del fondo: esa era la altura de la montaña en toda esta zona hace cien años. Se la comieron y ha quedado el circo que veis ahora en la imagen).

El pasado verano escribí un reportaje sobre esta región, con los testimonios de los mineros jubilados y el recuerdo de aquellos que padecieron unas condiciones de trabajo durísimas, rozando la esclavitud (la esperanza de vida llegó a caer por debajo de 30 años), para extraer ese hierro con el que se levantaron las inmensas riquezas de la burguesía bilbaína. Podéis leerlo aquí.

Si el mineral extraído a golpe de dinamita contenía mucho hierro, los mineros cobraban paga extra. Por eso esperaban en las puertas del laboratorio, donde se analizaban químicamente los pedruscos. Y si había buenas noticias, se extendían por toda la mina con un grito triunfal: ¡Alirón! ¡Alirón! Eran las palabras que los químicos británicos habían escrito con una tiza en el mineral: All iron. ¡Todo hierro!

miércoles, 9 de enero de 2008

Paseos por la tele: Añana

Como dije hace unas semanas, creo que esto debe de ser una cumbre profesional: ¡me pagan por pasear! Y ahora también en la tele. Desde mañana, jueves 10 de enero, saldré un ratito cada dos semanas en el programa "Horrelakoa da bizitza" (ETB1), para hablar de alguna excursión, algún paseo, alguna visita. No estoy muy seguro, pero creo que se emite desde las 19.40 hasta las 20.25 más o menos, y yo me colaré un ratito, 7-8 minutitos, no sé en qué momento.

Hoy nos hemos ido a Álava para grabar las imágenes de la primera excursión: un paseíto precioso desde Salinas de Añana hasta el lago de Caicedo (el único lago natural del País Vasco). Las salinas componen un paisaje extraordinario, formado por una estructura de terrazas muy ingeniosa que desde hace más de mil años se ha ido extendiendo por las laderas. Ahora que está de moda hacer este tipo de listas, las salinas de Añana merecerían sin ninguna duda un puesto entre las siete maravillas vascas. El pasado verano escribí un reportaje que empieza así:


"El Valle de Añana está completamente aterrazado, desde el manantial de Santa Engracia hasta el fondo de la vaguada. Visto desde lo alto parece una inmensa colmena, una obra construida por insectos: 120.000 metros cuadrados de terrazas, canales, pozos y caminos. Y para mayor asombro, ni un solo clavo sostiene esta arquitectura alucinante. Todo es piedra, madera y arcilla".

El de la foto es Eustaquio Martín, de 80 años, uno de los últimos salineros. Relata cómo era la vida cuando todas las familias del pueblo trabajaban de sol a sol en las salinas.

Si os apetece, podéis leer el reportaje entero.





miércoles, 26 de diciembre de 2007

Lectura de acantilados







Los acantilados de Zumaia y Deba son un fichero de la historia de nuestro planeta. Geólogos de todo el mundo vienen a leer el flysch, ese inmenso hojaldre de piedra que va alternando capas de calizas, margas y areniscas. Esas capas son sedimentos acumulados en el fondo del mar hace decenas de millones de años, que emergieron por los movimientos tectónicos y que han quedado al descubierto gracias a la erosión. Su composición da muchas pistas a los geólogos, que saben leer en cada capa una página de historia natural. Entre todas forman un libro de ocho kilómetros que abarca 50 millones de años (desde hace 100 hasta hace 50 millones de años). Algunos acontecimientos de ese periodo pueden leerse con una claridad asombrosa, casi única en el mundo, siempre que nos lo explique un geólogo. En una de las visitas que organiza el centro zumaiarra de Algorri, podemos acercarnos al acantilado y leer en sus capas la extinción de los dinosaurios, el nacimiento de los Pirineos o los cambios cíclicos del clima.

La semana pasada recorrí de nuevo los acantilados. La visita con el geólogo la hice el pasado verano y la conté con detalle en este reportaje.

(Pinchad en las fotos y se ampliarán).

domingo, 23 de diciembre de 2007

Josu Iztueta cumple 50 años



Repito a menudo esta historia. El mismo día en que mi jefe me pilló haciendo fotocopias de mapas de Alaska y del Yukón, recibí una llamada que me proponía apuntarme a un viaje de nueve meses por las depresiones más profundas de cada continente. Era Josu Iztueta, un viajero tolosarra al que no conocía en persona pero sí, y mucho, de oídas. Me dio explicaciones durante diez minutos, me dijo que lo pensara y le respondí que no hacía falta. Antes de colgar ya le dije que me iba con ellos. Yo tenía entonces 23 años. Nunca he tomado una decisión tan radical en tan poco tiempo, ni creo que sea capaz de volver a hacerlo: sin ninguna transición, sin ningún razonamiento, sin ninguna duda.

Aquel viaje por los sótanos del mundo fue probablemente la época de aprendizaje más valiosa de mi vida. Porque recorrí el planeta de una punta a otra y conocí historias muy especiales, pero sobre todo porque hice un máster de periodismo, viaje y vida de la mano de Josu. Él no es periodista -sí que escribe de vez en cuando- pero reúne las mejores virtudes de un reportero: una curiosidad inagotable por el mundo, una capacidad de admiración constante, una tendencia permanente a ponerse en el pellejo de los otros. Allá donde va, compra todos los libros y las revistas que se le pongan a tiro para comprender mejor los lugares que pisa, toca puertas, pregunta a la gente, se interesa por sus vidas. A mí me bastaba con pegarme a sus talones para encontrar unas historias estupendas, con las que luego escribía crónicas semanales en la revista Zabalik.

Me acuerdo de un ejemplo entre docenas. Después de casi dos meses de viaje por Australia, llegamos a la costa tropical y decidimos dividir el grupo durante tres días. Algunos los pasaron recorriendo las playas y buceando en los arrecifes de coral. Otros seguimos el plan de Josu: un día de playa y buceo, claro, y los otros dos para buscar el rastro de las familias vascas que habían emigrado a esta zona para trabajar en los campos de caña de azúcar. Buscamos apellidos vascos en las lápidas de los cementerios y en los listines telefónicos, visitamos el Museo del Azúcar, supimos que existía un pueblo con frontón y allá nos fuimos, preguntamos en los bares y acabamos encontrando una familia vizcaína que llevaba cuarenta años en el trópico australiano. Fue un encuentro emocionante para ellos y para nosotros. Nos invitaron a cenar en su casa y nos contaron mil historias apasionantes de la emigración, divertidas algunas y trágicas otras.

Con Josu aprendí que los viajes y el periodismo son dos actividades que, bien hechas, comparten algo esencial: sirven para acercarse a los demás.

El pasado 20 de diciembre Josu cumplió 50 años. Lo celebramos con una fiesta medio sorpresa, en la que nos juntamos unos cincuenta o sesenta amigos, y le regalamos un blog que pronto se convertirá en la web oficial de la Nairobitarra, aquel autobús que en 1981 viajó desde Tolosa hasta Nairobi y que fue el principio de muchas aventuras. Ese blog recoge muchos textos sobre los viajes del autobús y sobre las expediciones de Josu por medio mundo, y también una galería de fotos de la historia de la Nairobitarra.

Hace unos años escribí un perfil de Josu. Empieza así:

"Josu Iztueta ha rastrillado el mundo durante un millón de kilómetros. En 1982 compró con su amigo Ángel un camión de mudanzas desvencijado, reclutó a veinte entusiastas y cruzó con ellos las arenas del Sáhara; las manos se le quedaron pegadas a ese volante durante veinticinco años más, en los que Ángel y él condujeron a 1.500 personas por Europa, África y las dos Américas. Entre viaje y viaje, se calzó los esquís y atravesó Groenlandia. Pedaleó por Laponia y California. Remó en piragua por el Nilo, el Báltico y el Mediterráneo. Palpó la muerte en el cauce helado del río Yukon. Pero las aventuras son un celofán engañoso. Josu guarda motivos más íntimos para viajar, para arriesgarse y sufrir: su curiosidad inagotable por el mundo, la capacidad de admiración constante, la reacción instintiva de ponerse en el pellejo del otro. ¿Por qué viaja Josu? La respuesta es sencilla pero tan potente como para sostener toda una vida. Se adivina entre sus argumentos para organizar una expedición a los puntos más bajos de cada continente y no a las cumbres: “En los ochomiles no vive nadie; en las depresiones encontraremos mineros, nómadas, pescadores, pastores”. Ahí late su definición del viaje: viajar es acercarse a los demás".

El perfil completo puede leerse aquí.

(Las fotos: Josu con 31 años, al terminar la travesía de Groenlandia sobre esquís, y Josu ahora).

martes, 27 de noviembre de 2007

El deporte más rápido del mundo


Pues sí: el objeto que sale en el texto anterior es el esqueleto de una cesta punta, como decían Caravinagre e Imanol. Habrá que poner adivinanzas más difíciles.

En la década de 1880, un jugador guipuzcoano llamado Melchor Guruceaga se fracturó la muñeca mientras competía en el frontón Plaza Éuskara de Buenos Aires. Para compensar la fuerza perdida, pidió que le diseñaran una xistera -la herramienta de entonces- más larga y más abombada, que permitía retener la pelota y lanzarla a muchísima velocidad.

En aquellos primeros años a la cesta punta la llamaban máuser, como el fusil, porque sus disparos alcanzan velocidades mortales: pelotazos a 302 km/h (cifra atribuida por el libro Guinness a José Ramón Areitio en el frontón New Port de Rhode Island, Estados Unidos, en 1979).

El nuevo deporte se extendió por todo el mundo con un éxito arrollador, gracias a la velocidad del juego y a que se movían dinerales con las apuestas. En la época dorada, cientos de puntistas vascos salían todos los años a jugar en frontones de cuatro continentes: desde Madrid, Mallorca, Valladolid o ¡Panticosa! -ojo, pirineístas, aún quedan restos junto al balneario-, hasta los frontones asiáticos de Shanghai, Tientsin, Yakarta o Manila, pasando por los africanos de El Cairo y Tánger, los europeos de Bruselas, Roma o Milán, los americanos de México, La Habana, Montevideo, Sao Paulo, Caracas y docenas más. El cogollo estaba en Estados Unidos, con catorce frontones que movían millones de dólares en apuestas, alguno de los cuales reunía más de 13.000 espectadores diarios durante los cuatro meses de la temporada. "Es que entonces sólo estábamos los perros, los caballos y nosotros", explica Chino Bengoa, campeón del mundo en 1970. Se refiere a los juegos en los que se apostaba.

De aquella época dorada quedan historias alucinantes, como las de los puntistas vascos aliados con los gánsteres para manejar el frontón de Chicago, o la épica vikinga de jugadores muertos a pelotazos hasta que se implantó el casco.

Este verano publiqué un reportaje sobre la cesta punta, que empezaba así: "El detalle llamaba la atención a los forasteros: muchos hombres de Markina (y de Bolibar, Aulestia o Berriatua) lucían un brazo derecho bastante más desarrollado que el izquierdo. La prolongación de ese brazo musculoso, tenso, torneado, era la cesta punta, un elemento casi orgánico, tan unido durante décadas al cuerpo de los marquineses que parecía a punto de incorporarse al patrimonio genético. Si el esplendor de este deporte se hubiera prolongado unos años más, quizá la siguiente generación habría nacido con el brazo ya rematado por una cesta punta".

Podéis leerlo entero aquí.

(En la imagen, el berritxuarra Julen Bereikua, uno de los delanteros más espectaculares del momento, de cuyas paletas rotas por un pelotazo se habla en el reportaje. La foto, como la del texto anterior, es de Iñaki Mendizabal).

martes, 16 de octubre de 2007

Los últimos exploradores




Como decía ayer, las ruinas emergidas del pueblo de Tiermas y sus manantiales ahogados me recordaron a ciertas personas que practican una afición tremenda: los espeleobuceadores. Combinan exploración, ciencia y deporte en condiciones tan extremas que a menudo están enganchandos a la vida sólo por un hilo (literal). A cambio, pisan lugares en los que nunca jamás ha estado ningún ser humano. Y además ofrecen una idea sencilla y barata para conseguir agua, mucha más agua que la que nos proporcionan los embalses, y sin necesidad de inundar tierras ni ahogar pueblos.

Este verano escribí un reportaje sobre el espeleobuceo (El Diario Vasco, 1 de septiembre de 2007). El reportaje empieza así:

"Miguel Castro, estellés de 43 años, y sus siete compañeros del grupo navarro Tritón son espeleobuceadores. Es decir, personas que cuando ven un manantial sienten unas ganas locas de meterse en el agua, colarse por la boca de la surgencia y bucear, montaña adentro, por estrechas y serpenteantes galerías inundadas. A menudo desembocan en salas por encima del agua, donde pueden caminar y tomar aire sin ayuda de las botellas. Y a veces descubren cavernas del tamaño de una catedral, sumidas en una oscuridad absoluta, por cuyas paredes caen cascadas de una belleza escalofriante que nadie ha visto jamás, hasta que los espeleobuceadores las iluminan con sus focos.

Otras veces las galerías bajan a unas profundidades muy arriesgadas, donde la presión del agua altera el nitrógeno del aire embotellado y puede producir narcosis: la temible borrachera de las profundidades. Entonces los buzos se desorientan, se angustian, buscan la salida con movimientos frenéticos, empiezan a chocar contra las rocas y sufren ataques de pánico. Se mueren literalmente de miedo. Otro de los riesgos consiste en perder el hilo guía, la única manera de encontrar la salida cuando el agua es demasiado turbia y un buzo no puede verse ni las manos. Hay quien se pierde y da tumbos por el laberinto hasta que se le acaba el aire".

El resto se puede leer aquí.

(Las fotos son propiedad del Grupo Tritón).

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