viernes, 15 de febrero de 2008

¡Alirón!

Al pueblo viejo de Gallarta se lo tragó la tierra. Carmelo Uriarte, minero jubilado de 75 años, mira al lugar en el que nació y sólo ve un socavón de doce millones de metros cúbicos (equivale a un hueco tan extenso como ocho campos de fútbol y 200 metros de profundidad). En los años 50 descubrieron que debajo de Gallarta se extendía un inmenso yacimiento de hierro y empezaron a comerse el pueblo a golpe de dinamita.

“¡Y no era una aldea!”, dice Uriarte. “Tenía siete mil habitantes, el frontón más grande del País Vasco con 16 números, iglesia, ayuntamiento, varios colegios. Hacia el año 59 o 60 empezaron a trasladar a las familias a otras casas que construyeron más allá, en el Gallarta nuevo, pero algunos seguimos unos años en el pueblo viejo. Vivíamos al borde de la mina y aquello era terrible, todo el día con las explosiones y las polvaredas”.


Las dimensiones de aquella mina al aire libre, bautizada como Concha II, resultan espeluznantes. El borde del socavón está a unos 200 metros de altitud; el fondo, 17 metros bajo el nivel del mar. Todavía más abajo, mucho más abajo, se despliega una impresionante red de galerías: cincuenta kilómetros de pasadizos subterráneos que alcanzan los 205 metros bajo el nivel del mar. Y dentro de ese laberinto existen sesenta cámaras de veinticinco metros de alto por cien de ancho: suficiente para albergar la catedral de Burgos en cada una de ellas. “Fue el mejor criadero de hierro de Europa”, explica Uriarte. “En otros sitios sacaban mineral con una ley del 46 o el 48%. Aquí tenía como mínimo un 58% de hierro”.

El socavón de Concha II sólo es un episodio más en la historia minera de la comarca. Eso sí: es el último episodio, con el que se liquida un oficio que se practicaba en estas tierras desde la prehistoria. La época más frenética se extendió entre finales del XIX y finales del XX, cien años en los que la zona minera de Triano fue uno de los principales yacimientos de hierro de todo el planeta (en algunos años aquí se obtuvo el 10% de toda la producción mundial). Las minas devoraron las montañas y dejaron un paisaje asombroso, plagado de escombreras, ruinas, cortes y cráteres hoy inundados y convertidos en lagos.


Ayer explicamos en la tele algunos recorridos que se pueden hacer por la zona (por ejemplo, el que pasa junto al lago Parkotxa, el de la foto, que no es otra cosa que las entrañas destripadas de un viejo monte. Fijaos en las cumbres del fondo: esa era la altura de la montaña en toda esta zona hace cien años. Se la comieron y ha quedado el circo que veis ahora en la imagen).

El pasado verano escribí un reportaje sobre esta región, con los testimonios de los mineros jubilados y el recuerdo de aquellos que padecieron unas condiciones de trabajo durísimas, rozando la esclavitud (la esperanza de vida llegó a caer por debajo de 30 años), para extraer ese hierro con el que se levantaron las inmensas riquezas de la burguesía bilbaína. Podéis leerlo aquí.

Si el mineral extraído a golpe de dinamita contenía mucho hierro, los mineros cobraban paga extra. Por eso esperaban en las puertas del laboratorio, donde se analizaban químicamente los pedruscos. Y si había buenas noticias, se extendían por toda la mina con un grito triunfal: ¡Alirón! ¡Alirón! Eran las palabras que los químicos británicos habían escrito con una tiza en el mineral: All iron. ¡Todo hierro!

1 comentario:

Caravinagre dijo...

Un sótano del mundo en la puerta de casa.
¡Qué historia! He oído / leído algunas vivencias de esos mineros y son terribles. Recuerdo que también había un tren que ascendía hasta el pueblo viejo de Gallarta para transportar el hierro, ¿no? ¿es cierto?
Lo del All Iron (Alirón) es indescriptible. Ahí tienes, gran parte de la historia resumida en una transgresión popular. Muy bueno.
Ah, y esos paisajes de lagos recientes nacidos antiguos socavones no me gustan nada. Me dan grima. Tan artificiales.

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