viernes, 4 de julio de 2008

Las columnas de Javier Olabe (2): La maldición de Amparito Crystal

En la asignatura de Periodismo Literario, los alumnos debían escribir una reseña de El nuevo periodismo, el libro en el que Tom Wolfe recopilaba los textos de algunos periodistas estadounidenses de los años 60. Estos autores defendían el uso de técnicas literarias en las crónicas y los reportajes (diálogos, descripciones detalladas, caracterización de personajes...) sin dejar de lado el rigor exigible al periodismo. Buscaban sumergirse en las vidas de las personas, conocer sus entornos hasta el mínimo detalle y retratarlos con gran precisión. Muchos de sus textos describían a los personajes y los ambientes extravagantes de aquellos bulliciosos años 60.

Javier Olabe no entregó una reseña. Simplente escribió un texto nuevoperiodista, que para él era "algo así":

La maldición de Amparito Crystal

Leída la antología de artículos que propone Tom Wolfe, parece que el Nuevo Periodismo se dedica a relatar el pormenor de las resacas de viragos descastadas adictas a los opiáceos, o la desidia deletérea de una bohemia tuna y aburrida. Algo así:

“Llamo a la puerta, pintada de un rojo furioso, y dentro oigo un taconeo desigual y quelonio. Un tufo agresivo a cosméticos caducados y sobaquina guarra precede la catinga portuaria de Amparito Crystal, el travestido cojo que hasta hace un año era la starlette más celebrada por la progresía intelectual y las fruteras de barrio. Atropellada sin piedad por el corcel fiero de la fama, Amparito Crystal se ha refugiado en el consumo ciego de psicotrópicos sin tasa... y en una buhardilla mínima y desastrada. Me abre una putanca equina y maldormida en la que me cuesta reconocer a la rutilante y festiva Amparito Crystal.

-¿Qué? -me espeta, y sin esperar respuesta masculla “ah, ya” y se da la vuelta con su torpeza patizamba agravada por la embriaguez temprana. La sigo.

Aunque todas las persianas están bajadas, el hedor delata una cochambre desparramada y ubicua. Amparito vuelca un rimero de revistas viejas y se sienta en un sofá de peluche rosa polvoriento y rajado. Rebusca debajo de un vestido de lentejuelas tirado en una mesita baja para sacar un vaso con güisqui, que por lo visto estaba bebiendo hasta mi llegada. Se lo acerca a los labios sin demasiada avidez, y el fulgor del vaso se le refleja en los ojos como una candileja turbia. Escarba en el bolsillo y saca una caja desbaratada de Prozac. Es una de las esquinas rasgadas de la caja hay restos de carmín seco.

-¿Quieres? -me dice cuando se da cuenta, algo sorprendida, de que estoy de pie frente a ella, y adivino enseguida que prefiere que no quiera-. Siéntate donde puedas.

Me siento en una silla voluptuosa de mimbre con el respaldo arrasado, y de Amparito brota una verborrea torrencial y ebria:

-No sé ni cómo fue. Un día salí al escenario, y sólo oí aplausos. Eso está bien, dirás. Pues no. Está mal, muy mal. A mí me gustaba escucharlas a ellas. Ya sabes quién son, querido. Las esposas de todos los hombres que yo envenenaba con mi belleza, de todos aquellos que yo tenía a mis pies, a los que ni siquiera miraba cuando ellos me devoraban con la vista, a los que machacaba las manos ansiosas con el tacón cuando las lanzaban hacia el escenario hacia mí, el objeto oscuro de sus deseos insatisfechos, el deleite secreto y animal que aquella turba enloquecida de marimachos domésticas no era capaz de satisfacer. Venían de todas partes, y gritaban como dementes, aullaban como perras, me llamaban puta. y maricón, y marrano, y a mí me encantaba, y ponía los ojos en blanco y les lanzaba los claveles que me tiraban sus maridos. Llegaban a cientos, a veces con los bolsos llenos de piedras, en autobuses organizados por las parroquias, y levantaban pancartas con las fotos de sus hijos para avergonzar a sus maridos perdidos sin remedio por mi causa. Y así una noche, y otra, y otra más, y me seguían allá donde iba, y aguaban las ruedas de prensa y saboteaban las veladas que yo ofrecía lanzando huevos a los embajadores que me cortejaban sin tregua. Pero un día, de golpe, nada. Sólo aplausos. Miré al patio de butacas, y sólo había viejos verdes, desdentados y con ganas de sandunga. Pero de ellas, ni rastro. Miré detrás del telón, por si habían sofisticado sus ataques y pretendían acaso apuñalarme por la espalda mientras recogía los claveles de su desgracia. Pero nada. Nada de nada. Me saqué el tacón derecho, se lo tiré a un sesentón baboso que me estaba hartando, me metí en un taxi revestida aún con los arreos de actuar, y me encerré en este pozo a recordar sus alaridos. A veces me parece que las oigo, que vienen con afanes renovados blandiendo hoces, gritando que quieren escupirme, lapidarme, quemarme viva, y me asomo a esa ventana, y las desafío como hacía antes. Pero no están. Ya nunca están. Se han ido, no sé a dónde. Y ya no puedo cantar. Porque yo cantaba para ellas".

5 comentarios:

albardäo dijo...

oso ona
una delicia

eresfea dijo...

"Deletéreas".
Estaba esperando este esdrujulón. (Y largo una confesión que hice a Javier en su momento). Lo leí en 1984 en un cuento de Poe, traducido por Cortázar, y fui directo al diccionario.
Pasaron los años y lo volví a leer en un texto de Javier. Le dije: "Javier, Poe y tú estáis en el club de los deletéreos, ¿no te da vergüenza?".
Y no, no le daba.

Ander Izagirre dijo...

Deletéreo. La utilizaremos y nos acordaremos de Javier, de Poe y de Eresfea.

IMANOL dijo...

Venenoso. Yo también he ido al diccionario.

Sergio dijo...

Mortífero. Yo también.

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