jueves, 5 de junio de 2008

El regreso de Josu a Groenlandia

Todos tenéis en casa un mapa del interior de Groenlandia: basta con que miréis un folio en blanco. El 85% de esa gigantesca isla está cubierto por una capa de hielo que alcanza los tres kilómetros de grosor, una inmensa desolación en la que no existe ninguna referencia. En 1988, Josu Iztueta cruzó esquiando el casquete groenlandés con cuatro compañeros: Dina Bilbao, Ángel Ortiz, Nekane Urkia y Txiki Plazas. Entre la costa este y la costa oeste, recorrieron 600 kilómetros por una superficie helada, con vendavales, tormentas y temperaturas de 36 bajo cero, sin mapas, sin GPS, sin radio, sin teléfono, sin más referencias que las de una rueda de bicicleta con cuentakilómetros (para calcular la distancia recorrida cada jornada) y las de un sextante (un aparato para medir el ángulo entre el sol y el horizonte, que permite calcular aproximadamente la latitud). El esfuerzo físico fue tremendo, pero nada más terrorífico que el aislamiento total: si no llegaban a su destino, nadie sabría dónde estaban y ellos no podrían mandar ningún aviso. Así pasaron 34 días fuera del mundo.

A los más flojos nos bastaría la primera pega de aquella expedición para quedarnos en casa: en cuanto me dijeran que durante un mes sólo iba a comer puré de patatas, jamón york y galletas con mantequilla, me negaría a ir.

Yo tenía dos razones para viajar a Groenlandia: la primera, conocer Groenlandia; la segunda, asistir al regreso de Josu Iztueta a Groenlandia veinte años después. En Islandia no encontramos el mensaje que Agustín Egurrola dejó en un volcán hace cuarenta años, pero en Ammassalik sí dimos con los chavales inuit que Josu y sus compañeros conocieron y fotografiaron en 1988. Aquí tenéis una imagen de la escuela de Ammasalik hace veinte años:


Josu -con el mismo abrigo que en 1988- llevó un montón de copias de esta foto, con la idea de localizar a esos chavales veinte años después. Un domingo nos acercamos a la iglesia de Ammasalik y al final de la misa buscamos a jóvenes que rondaran la treintena para enseñarles la foto y preguntarles si reconocían a alguien.

A la primera, bingo: Konrad Larsen, el chavalín que aparece vestido de rojo en la fila de los que están de pie, es ahora un padre de familia de 31 años, éste que veis aquí:


Konrad identificó a casi todos los niños de la foto y escribió sus nombres en un papel. Suenan como un poema: Nuka Utuaq, Otto Larsen, Lund Kucho, Rita Kurtse, Marie Heimer, Pandita Singartod... Una de las niñas se llama Asta Hoy, y así parece que se ha seguido llamando todos los días durante los últimos veinte años. Mis nombres favoritos son Ardi Kuko y Odin Mikiki.


Konrad nos contó que Lund, Ketty y Ardi viven en Dinamarca, que Rita y Asta viven en Nuuk (la capital de Groenlandia), que una de las chicas murió, que Jakob Bianco es profesor en la misma escuela de Ammasalik. Al día siguiente, otra vez en la iglesia, encontramos a Jakob Bianco. Josu le dio las copias de la foto y él prometió repartirlas.


Esta es la pequeña historia de un reencuentro groenlandés. Y otra muestra de la chispa de Josu.

Dani-Caravinagre, que nos acompañó en Groenlandia y conoció a Josu sobre el terreno, se pregunta en qué fuente de la juventud bebió este hombre para ser tan "curioso insaciable, hábil y jovial". Cada cana de Josu, dice Dani, vale por cien vidas.

Ya hablé de esto y ahora sólo añadiré un detalle. Después de visitar Groenlandia, Josu y yo dimos una vuelta a Islandia en un cochecito alquilado durante un par de semanas. No pasaban diez kilómetros sin que Josu parara el coche: mira, allí hay un panel que explica cómo se formó este desierto de lava y las columnas de basalto; mira, allí hay un recinto muy curioso en el que cada pastor de la zona mete sus ovejas cuando van a esquilarlas; mira, por esta pista podemos ir a la granja más alta y más aislada de Islandia; mira, allí hay un museo muy interesante sobre los glaciares... Para mí era la primera visita a Islandia, un país que me ha fascinado, pero a veces viajaba medio dormido, cansado o despistado. Josu estaba en alerta constante, no dejaba escapar ni el más pequeño detalle del paisaje, de los pueblos, de la gente. Y era su novena vuelta a Islandia en cuatro años.

Cuando estoy con Josu Iztueta o con Agustín Egurrola, pienso que ya me gustaría a mí llegar a los 50 años o los 74 y ser capaz de hacer las cosas que hacen ellos. Luego pienso que ya me gustaría a mí hacer las cosas que hacen ellos... ahora mismo, con mi edad.

6 comentarios:

eresfea dijo...

Qué homenaje y qué vitalidad.

Anónimo dijo...

"Ya me gustaría a mí hacer"... la mitad de las cosas que tú has hecho, Willy Fog!

Ander Izagirre dijo...

Una característica chocante de Willy Fog es que iba con traje y el rabo por fuera. Espero que no te refieras a eso.

Anónimo dijo...

Yo sé cuál es el secreto de Josu. Lo contaré en breve, pero le he descubierto. Pensaba que era algo que le echaban al agua en Tolosa, pero no, no es así. ES algo más coherente.

P.D.: Qué gracia la hoja con los nombres.
P.D.2: Qué cursilerías digo por mail.

Ander Izagirre dijo...

Dos personas que conocen a Josu de refilón me escriben al mail. La primera persona me dice que este texto muestra "una verdad pasmosa: que Josu no es un tío raro, sólo uno de los pocos de verdad que hemos conocido. Un tío libre que hace lo que cree". La segunda propone que nombren a Josu patrimonio de la humanidad.

Anónimo dijo...

El secreto de Josu, aquí.

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