jueves, 11 de octubre de 2007

Vespacio






Con el paso de los años vamos perfeccionando el arte de viajar lento. La cuestión es muy sencilla: cada vez disfrutamos más haciendo menos kilómetros.

La etapa del martes fue un éxito de lentitud. Salimos de Los Arcos (Navarra) y apenas se había calentado la vespa cuando encontramos una hilera de nogales a la entrada de Espronceda. La cuneta estaba sembrada de nueces. Y así pasamos media horita, cris-cras, cris-cras.

Un poco más adelante, en Azuelo, las higueras estaban a reventar. Las señoras del pueblo pasaban con cubos cargados de higos, pero no podían recogerlos todos y muchos se pudrían en las ramas. Y así pasamos otra media horita, zampando higos (no se me ocurre ninguna onomatopeya: ¿slurp, slurp?).

La siguiente media hora la pasamos charlando con un vecino de Azuelo. Los dos temas más jugosos: 1) cuando el Barça jugó en Pamplona el año pasado, la cuadrilla de su hijo se fue para allá la víspera; los amigos se separaron y se marcharon cada uno a una discoteca, para buscar a Ronaldinho, y el final de la historia no se puede contar; 2) un campesino de Tierra Estella no puede entender cómo los conductores de autobuses donostiarras consienten que un grupo de encapuchados les echen para incendiar el bus, por mucho cóctel molotov que lleven; eso no ocurriría si el chófer fuera estellés.

Josema, que no pierde oportunidad para intentar saciar su obsesión porcina, le preguntó si alguien del pueblo podría enseñarle una granja de cutos. El hombre telefoneó inmediatamente al alcalde: estaba en el monte, pero al cabo de una hora bajaría con el jondere y nos enseñaría su granja. Decidimos esperar. Josema se sentó al borde del camino y se puso a leer El Imperio, de Kapuscinski (quiere acabarlo en este viaje, ya le queda poco). Yo me fui con la moto a buscar algún bar en la comarca donde pudieran prepararme un par de bocatas. Y así pasó otra hora.

El alcalde, que había pensado que éramos veterinarios o algo así (¿quién iba a querer visitar la granja?), nos negó el permiso con la misma razón que nos han dado siempre: tienen miedo a que los cerdos se contaminen.

No pasa nada. Miramos el reloj: eran las doce y media y en toda la mañana habíamos recorrido 27 kilómetros. Este dato nos puso muy contentos.

Por la tarde apretamos un poco más (recorrimos de cabo a rabo la Rioja Alavesa, esplendorosa en el principio de la vendimia, y al atardecer caímos por la calle Laurel de Logroño para ponernos tibios a pinchos y crianzas, de la mano del sherpa Jorge Fernández y del amigo Víctor Soto).

Al final del día habíamos recorrido 107 kilómetros (apenas una hora y media sobre la vespa, repartida a lo largo de toda la jornada). Menos distancia que cuando viajábamos en bici.

Dormimos en Logroño, acogidos por la familia Soto y su hospitalidad beduina. Y antes de acostarnos, cuando mirábamos en el mapa dónde estaba Los Arcos (inicio de la etapa) y dónde estaba Logroño (final), descubrimos que habíamos batido una marca viajera en nuestro historial: después de una jornada entera de viaje, íbamos a dormir a 28 kilómetros de donde nos habíamos despertado.
Y así, de repente, le encontré el sentido a la tercera de las fotos que veis aquí (Josema echando una cabezadita en una cámara mortuoria de hace cinco mil años): el siguiente paso ya debería ser viajar atrás en el tiempo.

(Nicolas Bouvier escribió esto en Los caminos del mundo, uno de mis libros de viaje preferidos: “Prescindimos de todos los lujos salvo el de la lentitud”).

8 comentarios:

sintomático dijo...

El viaje lento.

Un detalle: casi todas las paradas son gastronómicas.

El viaje lento engorda.

desaparecido dijo...

El tiempo es uno de los placeres que menos degustamos, pero siempre nos quejamos cuando falta. Mejor las cosas... lentamente, disfrutando ¿no?

Nahum dijo...

Josema: un viaje para acabar con El Imperio.

Suena a Cheguevarismo...

Eric dijo...

Da gusto ir despacio. Cada vez os parecéis más al suizo aquel de Vespaña, el que viajaba con un burro. Aunque creo que Josema preferiría viajar con un cerdo.

J. dijo...

Sluurp, sluurp

eresfea dijo...

Aaaaah..., el ¡"jonderico"!

Arantxa dijo...

Hola Ander, soy Arantxa Freire, tu vieja compañera de clase (hace casi 10 años estamos envejeciendo) y cai de casualidad en tu blog, cuando buscaba los caminos del mundo en español.......¿donde lo encuentro? Entre tarea y tarea voy leyendo el blog de paso, y me muero de risa.

Te mando un besooooote enorme desde Madrid,

Arantxa

Ander Izagirre dijo...

¡Arantxa! ¡Qué sorpresa! Esto de internés es una maravilla. He pinchado sobre tu nombre pero no me deja acceder al perfil, quería ver si salía alguna dirección a la que escribirte. Mi mail aparece por ahí, en la portada del blog, arriba a la derecha. Mándame una señal de humo.

"Los caminos del mundo"... puf, ya no sé si se podrá conseguir. ¿Por qué lo buscas? Me pica la curiosidad, porque es uno de mis libros favoritos.

Venga, mándame un mensajico y nos ponemos al día.

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