lunes, 31 de diciembre de 2007

Elantxobe, 31 de diciembre



Hacia 1520, unos cuantos pescadores de los pueblos cercanos se instalaron junto a una cala rocosa, al abrigo del cabo Ogoño. Aquella gente prefería un lugar seguro para amarrar los barcos antes que un terreno adecuado para construir las casas. Y así levantaron Elantxobe, apiñando construcciones precarias en una ladera que se venía abajo cada dos por tres. A pesar de los deslizamientos de tierra, el pueblo lleva casi cinco siglos aferrado a la montaña.

Hoy he caminado desde Elantxobe hasta Gernika. En el punto de partida me he encontrado con una metáfora para el 31 de diciembre, este día en el que alcanzamos a la última estación del año y giramos hacia el año siguiente. La escena está grabada en el punto donde muere la carretera que llega a Elantxobe, un pueblo con calles tan estrechas y empinadas que no hay espacio para maniobras. Por eso tuvieron que inventar una plaza giratoria:


miércoles, 26 de diciembre de 2007

Lectura de acantilados







Los acantilados de Zumaia y Deba son un fichero de la historia de nuestro planeta. Geólogos de todo el mundo vienen a leer el flysch, ese inmenso hojaldre de piedra que va alternando capas de calizas, margas y areniscas. Esas capas son sedimentos acumulados en el fondo del mar hace decenas de millones de años, que emergieron por los movimientos tectónicos y que han quedado al descubierto gracias a la erosión. Su composición da muchas pistas a los geólogos, que saben leer en cada capa una página de historia natural. Entre todas forman un libro de ocho kilómetros que abarca 50 millones de años (desde hace 100 hasta hace 50 millones de años). Algunos acontecimientos de ese periodo pueden leerse con una claridad asombrosa, casi única en el mundo, siempre que nos lo explique un geólogo. En una de las visitas que organiza el centro zumaiarra de Algorri, podemos acercarnos al acantilado y leer en sus capas la extinción de los dinosaurios, el nacimiento de los Pirineos o los cambios cíclicos del clima.

La semana pasada recorrí de nuevo los acantilados. La visita con el geólogo la hice el pasado verano y la conté con detalle en este reportaje.

(Pinchad en las fotos y se ampliarán).

domingo, 23 de diciembre de 2007

Josu Iztueta cumple 50 años



Repito a menudo esta historia. El mismo día en que mi jefe me pilló haciendo fotocopias de mapas de Alaska y del Yukón, recibí una llamada que me proponía apuntarme a un viaje de nueve meses por las depresiones más profundas de cada continente. Era Josu Iztueta, un viajero tolosarra al que no conocía en persona pero sí, y mucho, de oídas. Me dio explicaciones durante diez minutos, me dijo que lo pensara y le respondí que no hacía falta. Antes de colgar ya le dije que me iba con ellos. Yo tenía entonces 23 años. Nunca he tomado una decisión tan radical en tan poco tiempo, ni creo que sea capaz de volver a hacerlo: sin ninguna transición, sin ningún razonamiento, sin ninguna duda.

Aquel viaje por los sótanos del mundo fue probablemente la época de aprendizaje más valiosa de mi vida. Porque recorrí el planeta de una punta a otra y conocí historias muy especiales, pero sobre todo porque hice un máster de periodismo, viaje y vida de la mano de Josu. Él no es periodista -sí que escribe de vez en cuando- pero reúne las mejores virtudes de un reportero: una curiosidad inagotable por el mundo, una capacidad de admiración constante, una tendencia permanente a ponerse en el pellejo de los otros. Allá donde va, compra todos los libros y las revistas que se le pongan a tiro para comprender mejor los lugares que pisa, toca puertas, pregunta a la gente, se interesa por sus vidas. A mí me bastaba con pegarme a sus talones para encontrar unas historias estupendas, con las que luego escribía crónicas semanales en la revista Zabalik.

Me acuerdo de un ejemplo entre docenas. Después de casi dos meses de viaje por Australia, llegamos a la costa tropical y decidimos dividir el grupo durante tres días. Algunos los pasaron recorriendo las playas y buceando en los arrecifes de coral. Otros seguimos el plan de Josu: un día de playa y buceo, claro, y los otros dos para buscar el rastro de las familias vascas que habían emigrado a esta zona para trabajar en los campos de caña de azúcar. Buscamos apellidos vascos en las lápidas de los cementerios y en los listines telefónicos, visitamos el Museo del Azúcar, supimos que existía un pueblo con frontón y allá nos fuimos, preguntamos en los bares y acabamos encontrando una familia vizcaína que llevaba cuarenta años en el trópico australiano. Fue un encuentro emocionante para ellos y para nosotros. Nos invitaron a cenar en su casa y nos contaron mil historias apasionantes de la emigración, divertidas algunas y trágicas otras.

Con Josu aprendí que los viajes y el periodismo son dos actividades que, bien hechas, comparten algo esencial: sirven para acercarse a los demás.

El pasado 20 de diciembre Josu cumplió 50 años. Lo celebramos con una fiesta medio sorpresa, en la que nos juntamos unos cincuenta o sesenta amigos, y le regalamos un blog que pronto se convertirá en la web oficial de la Nairobitarra, aquel autobús que en 1981 viajó desde Tolosa hasta Nairobi y que fue el principio de muchas aventuras. Ese blog recoge muchos textos sobre los viajes del autobús y sobre las expediciones de Josu por medio mundo, y también una galería de fotos de la historia de la Nairobitarra.

Hace unos años escribí un perfil de Josu. Empieza así:

"Josu Iztueta ha rastrillado el mundo durante un millón de kilómetros. En 1982 compró con su amigo Ángel un camión de mudanzas desvencijado, reclutó a veinte entusiastas y cruzó con ellos las arenas del Sáhara; las manos se le quedaron pegadas a ese volante durante veinticinco años más, en los que Ángel y él condujeron a 1.500 personas por Europa, África y las dos Américas. Entre viaje y viaje, se calzó los esquís y atravesó Groenlandia. Pedaleó por Laponia y California. Remó en piragua por el Nilo, el Báltico y el Mediterráneo. Palpó la muerte en el cauce helado del río Yukon. Pero las aventuras son un celofán engañoso. Josu guarda motivos más íntimos para viajar, para arriesgarse y sufrir: su curiosidad inagotable por el mundo, la capacidad de admiración constante, la reacción instintiva de ponerse en el pellejo del otro. ¿Por qué viaja Josu? La respuesta es sencilla pero tan potente como para sostener toda una vida. Se adivina entre sus argumentos para organizar una expedición a los puntos más bajos de cada continente y no a las cumbres: “En los ochomiles no vive nadie; en las depresiones encontraremos mineros, nómadas, pescadores, pastores”. Ahí late su definición del viaje: viajar es acercarse a los demás".

El perfil completo puede leerse aquí.

(Las fotos: Josu con 31 años, al terminar la travesía de Groenlandia sobre esquís, y Josu ahora).

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Zoetemelk y la fe en los mapas

La lista de mis blogs de cabecera (la tenéis en la columna de la derecha) no obedece a ningún orden. Dos excepciones: el primero y el último están puestos ahí por algo.

El primero es el maestro Eresfea, maestro mío y de mucha otra gente, como puede apreciarse en los comentarios de sus lectores (y admiradores) habituales. Eresfea, conocido como Josean en la vida real, es un tipo que sabe dónde va. Da lo mismo que escriba sobre literatura rusa, excursiones montañeras, recolección de setas, diálogos uruguayos o escenas de infancia que le apartaron del comunismo gracias a un merengue, todo lo que escribe avanza siempre por un camino muy claro. O por una trocha, palabra que le gusta mucho. Una vez, hace ya varios años, me habló de la diferencia entre los escritores que son guías y los que son exploradores. Con el paso del tiempo lo voy entendiendo poco a poco. Poco a poco.

Eresfea siempre sabe dónde va y mantiene su fe infantil en los mapas. Pero el otro día esa fe le costó un par de horas de sofocón por una senda que existía en el mapa pero no en la realidad, un pequeño detalle que resulta algo molesto. Lo contó aquí.

Yo también sentí esa atracción infantil por los mapas, un fenómeno bastante misterioso. Hace pocos días escribí algo sobre eso, en los párrafos iniciales del capítulo que dedicaré a las Alpujarras en el libro Vespaña. El libro avanza lento y con muchas muchísimas interrupciones, pero aquí van tres parrafitos. Podéis lanzar críticas y sugerencias, así lo vamos puliendo y probamos eso de la escritura interactiva. Va:

"Hay itinerarios que se pueden recitar como conjuros: ¡Órgiva, Carataunas, Soportújar, Pampaneira, Bubión, Capileira, Pitres, Pórtugos, Busquístar, Trevélez, Juviles, Bérchules, Mecina-Bombarón, Yegen, Válor, Mecina-Alfahar, Ugíjar!

Nunca había estado en Las Alpujarras pero conozco sus pueblos desde que cumplí los 13años. Al menos los nombres. Me regalaron un libro de rutas cicloturistas por España que incluía un taco de hojas sueltas, recogidas en varios pliegues, en las que se dibujaba el perfil altimétrico de los recorridos. Solía desplegarlos sobre la alfombra del salón y me tumbaba boca abajo para leerlos, para seguir con el dedo las líneas rojas que subían a los puertos y bajaban a los valles. El itinerario de Las Alpujarras se convirtió en mi favorito. Por sus nombres. Leía sílaba a sílaba aquellas palabras tan raras, como quien trata de descifrar un código, y así memoricé Carataunas y Pampaneira y Mecina-Bombarón y algunos otros. Entonces para mí no eran más que puñaditos de casas alrededor de un campanario: el icono que aparecía en aquellos perfiles cicloturistas para representar los pueblos.

Algunos topónimos poseen una extraña capacidad de atracción, quizá porque sus letras y sus sílabas se agrupan de una manera tan exótica que revelan la presencia de otras gentes, otros paisajes y otras historias. Para un guipuzcoano de 13 años, nombres como Carataunas o Pampaneira o Mecina-Bombarón resonaban como un tam-tam. La toponimia es el primer indicio, la primera sospecha de que el mundo ha cuajado de una manera bastante diferente por ahí fuera. Y a esas edades es capaz de encender un impulso difícil de nombrar, una curiosidad por la geografía, una inquietud por buscarle las esquinas al mundo. Yo quería viajar a Pampaneira".



martes, 18 de diciembre de 2007

La furgoneta de Belén

Cuando ayer a las 7.30 de la mañana me senté al volante, dentro de mi furgoneta había un argelino durmiendo. Sí, sí, un argelino: un señor de Argelia. Con bigote y todo.

Pero, claro, yo no lo sabía y al principio no vi nada. Ocurrió así. Llegué a la furgoneta a las 7.30, aún noche cerrada y gélida. Abrí la puerta del conductor, dejé en el asiento la mochila y la bolsa con las botas de monte, metí la llave en el contacto y la giré para encender el calentador del motor diésel. Salí de nuevo, retiré del parabrisas los periódicos que había puesto la víspera para evitar que se helara, volví a entrar y cerré la puerta. Entonces escuché una voz cercana: “Hola, buenos días”. Pensé que era la radio, que se habría encendido justo cuando un locutor saludaba. Pero estaba apagada. Me asomé por la ventanilla y saludé al coche aparcado a mi izquierda, “buenos días”, pensando que alguien me hablaba desde allí. No había nadie. Volví a oír un “hola” justo detrás de mí. Me giré y en la parte trasera de la furgoneta, en la penumbra, vi a un hombre medio agachado, levantándose, moviendo los brazos.

Pegué un grito. Y luego otro, ya articulado: “¿¡Qué haces ahí!?”. El hombre, con la cabeza inclinada bajo el techo de la furgoneta, me respondió muy nervioso, con acento árabe: “¡Tranquilo, tranquilo, yo sólo duermo, sólo duermo, no pasa nada!”. Mi vieja furgoneta melonera tiene dos filas de asientos y detrás un espacio de un par de metros de largo, donde estaba el hombre. Me bajé, fui hasta la puerta trasera y la abrí. “¡Pero qué haces aquí!”. “Sólo duermo, de verdad, ayer hace mucho frío y yo me meto para dormir”. “¿Y cómo has entrado?”. “Puerta de atrás estaba abierta”. Era un hombre de unos cuarenta y tantos. Vi que en el suelo de la furgo había tendido una de mis colchonetas, sobre la que distinguí un revoltijo de ropas y mantas. “Qué tienes, ¿un saco?”. “Tengo manta”. Entonces vi mi saco de dormir. El hombre lo había sacado de uno de los cajones de la furgoneta y había dormido dentro de él, tapado con su manta. Y como almohada había utilizado un montoncito de ropas de Francis. “Ya me voy, no te preocupes”. “Venga, tranquilo, no pasa nada”.

Mientras terminaba de calzarse y recogía su manta y sus ropas, abrí la puerta del copiloto para colocar mejor la mochila. El hombre pensó que yo sospechaba: “¡No he robado nada, no he robado!”. “Ya lo sé, tranquilo, tampoco podrías robar mucho en esta furgoneta”. “Si yo robo aquí, yo no duermo aquí, ¿entiendes?”. Entiendo. Pensé en el posible botín: la caja de herramientas, el saco de dormir, la cinta de Supertramp…

El hombre seguía nervioso, intentando recoger sus cosas a trompicones. Le dije que se calmara y le pregunte de dónde era. “Vivo en Egia, en una habitación, pero fui a mi país de vacaciones y ahora, a la vuelta, habitación ocupada”. “No, que de qué país eres, ¿Marruecos, Argelia?”. “Argelia, sí”. Ya se relajó un poco y me preguntó. “¿Ahora tú a trabajar?”. “Sí, sí”. Cuando por fin salió de la furgoneta, nos dimos la mano. Y me quiso tranquilizar: “Ya no vengo más, ¿eh?, hoy ya no duermo aquí, ¿vale?”.

Se marchó calle arriba, con su manta recogida en una bolsa, caminando con torpeza por el frío y el despertar repentino, aún de noche y con un grado bajo cero.

***

Antes de arrancar, miré de nuevo dentro de la furgoneta y vi una lata de atún. El hombre la había sacado de mi cajón-despensa, la había abierto pero no se la había comido. Por la tarde descubrí en un rincón un cojín blanco de la compañía aérea Alitalia. Me gustaría devolvérselo. Si alguien se encuentra con el argelino errante…

Durante el viaje hasta Zarautz, no dejé de pensar en el hombre, en la ronda que habría hecho la víspera, de coche en coche, probando puertas en la oscuridad para ver si alguna no estaba cerrada y podía pasar la noche a resguardo del hielo. Pensé en el alegrón que debió de llevarse al encontrar abierta la puerta de mi furgoneta, precisamente una furgoneta con sitio para tumbarse, colchonetas y saco de dormir. Aun así, recordé las pocas noches de helada que he pasado yo en esta furgoneta, forrado de ropa y metido dentro de dos sacos, y pensé que el hombre había tenido que pasar un frío de narices. Qué noche más dura, con tanto frío, tanta soledad y tanto miedo.

Y de pronto caí en la cuenta de que acababa de vivir la historia central de las Navidades. Porque la historia del argelino (una persona sola y marginada en tierra extraña, sin nadie que le abra una puerta, que no tiene dónde pasar las noches heladas y que acaba en un establo -tendríais que ver la furgoneta-) es en esencia la misma historia de aquella pareja de hace dos mil años, la del carpintero y la mujer embarazada, la que supuestamente conmemoramos estos días. Es una historia muy potente, una historia que merecería conmemorarse de verdad porque nos hace preguntarnos sobre nosotros mismos y sobre nuestra manera de tratar a los demás, es una pregunta tan directa que quizá por eso la acallamos con las luces de las calles, el estruendo de las compras y el jolgorio de los regalos. Quizá para no tener que aceptar que dos mil años después seguimos haciendo lo mismo: ignorar, temer o echar a quienes buscan refugio.


PD: ¿Y este señor de la foto? Pues es una de las primeras imágenes que sale en Google al teclear "argelino con bigote". Qué majo.


domingo, 16 de diciembre de 2007

Más verdad de lo que parece


Nuestra amiga I. intentaba hablarnos de Sidney Poitier pero el nombre no le venía a la memoria:

-Cómo era este actor... éste que siempre hacía de negro...

viernes, 14 de diciembre de 2007

Arenisca y esmalte

Ayer jueves paseé de nuevo por las calas y los acantilados de Jaizkibel, donde abundan las rocas de arenisca erosionada.

El martes me quitaron la penúltima muela del juicio porque estaba cariada. Hoy viernes me han quitado la última, por la misma razón.



miércoles, 12 de diciembre de 2007

Tomar partido (Gervasio Sánchez)




La chica que aparece en las cubiertas de estos tres libros es Sofía Alface, de Mozambique. En la primera aparece con 14 años, en la segunda con 19, y en la tercera con 24. Cuando tenía 10 años fue a recoger leña con su hermana María, de 8. Pisaron una mina. María murió y Sofía perdió las dos piernas.

Sofía estará mañana en San Sebastián. Le acompañará el bosnio Adis Smajic, que perdió un ojo y una mano por culpa de otra mina cuando tenía 13 años. Sus historias son dos de las siete que recogió el periodista y fótógrafo Gervasio Sánchez en el libro Vidas minadas (1997). Cinco años más tarde, Sánchez publicó una segunda parte en la que mostraba cómo era la vida de estas personas pasado un lustro. Y ahora presenta Vidas minadas. Diez años después. Lo hará mañana, 13 de diciembre, a las 19.30, en la sala de actos de la Biblioteca Municipal de la Parte Vieja (la cripta, acceso por la calle San Jerónimo). Allí estarán Gervasio, Sofía y Adis.

Sánchez es uno de los fotoperiodistas internacionales más prestigiosos. En los años ochenta fotografió los conflictos de América Latina (El Salvador, Nicaragua, Colombia…). En los noventa trabajó en los Balcanes y en las guerras de África (Ruanda, Burundi, Angola, Liberia o Sierra Leona). También viajó a Timor Oriental y a Afganistán.

Además de su talento artístico y su pericia técnica, lo que realmente llama la atención es su cercanía con las víctimas. En medio del horror, Sánchez siempre se acerca a las personas. Porque le preocupan. Así de sencillo y de inusual. Le preocupaba, por ejemplo, la vida de los niños soldado que conoció en las guerrillas latinoamericanas y africanas. Junto con Chema Caballero, misionero en Sierra Leona, ideó el proyecto Salvar a los niños soldado, para rehabilitar a estos chavales que habían pasado su infancia repartiendo y recibiendo tiros y machetazos. Publicó un libro de fotografías que relataba esas historias atroces. En 1997 terminó el primer volumen de Vidas minadas, en el que relata la pesadilla que viven los habitantes de los países cuyos territorios han sido minados (con minas fabricadas en España, por ejemplo). La obra muestra los retratos y narra las vidas de siete personas que quedaron mutiladas en países como Camboya, Angola, Bosnia o Nicaragua, como Sofía o Adis. Y Sánchez sigue junto a estas víctimas cinco y diez años más tarde, porque le preocupa cómo avanzan esas vidas que un día fueron destrozadas por una mina.

Extraigo dos fragmentos de la entrevista que le hicieron a Gervasio Sánchez en la revista Greenpeace.

-¿Un periodista ha de tomar partido en una guerra?
-Por supuesto que sí, hay que tomar partido por las víctimas. En una guerra ya se sabe que la primera víctima es la verdad, pues para conocer la verdad lo que tienes que hacer es estar al lado de las víctimas. Porque son la única verdad incuestionable de las guerras. Cuanto más cerca estás de ellas, más cerca estás de la verdad.
-Después de tantos años viendo guerras y sufrimiento, ¿qué le anima a seguir adelante?
Mi trabajo me gusta mucho y recibo muchas compensaciones. Me relaciono con las víctimas de la guerra y eso me aporta mucho. Conozco a niños que han sido soldados y he visto cómo se reincorporan a la vida normal o forman una familia. Todo esto hace que yo no necesite ir al psicólogo. Hay colegas que trabajan en una redacción y acaban yendo a consulta porque terminan aburridos de su vida. Yo hago una balanza y en un lado sale lo peor del hombre en las guerras, pero también sale lo mejor. Ves al que se juega la vida por esconder en su casa a la hija de un vecino para que no la violen y la maten.

(Más información sobre el proyecto, los libros y el autor).

lunes, 10 de diciembre de 2007

Teletienda (con perdón)

La editorial Elea acaba de publicar la tercera edición de Los sótanos del mundo, relato del viaje por la depresión más profunda de cada continente. En esta página podéis encontrar más información sobre el libro y leer algunos fragmentos.

Si alguien quiere comprarlo pero no lo encuentra en las librerías o está acatarrado y prefiere no salir a la calle, puede pedirlo en esta dirección: info@eleaeditorial.com. Basta con mandar el nombre completo y las señas, pedir un ejemplar y la editorial lo enviará por correo (coste: 18 euros que se pagan contra reembolso, el mismo precio que en la tienda).

El autor desea a sus lectores que el viaje por las depresiones geográficas no les produzca ninguna depresión psicológica.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Antonio subiendo al monte Carmelo

Al texto del pasado miércoles le faltaba esta foto de Antonio en una noche oscura, con ansias, en amores inflamado, ¡oh dichosa ventura!... (el título se lo he copiado a Eresfea).

viernes, 7 de diciembre de 2007

Jornada de trabajo

Me pagan para que pasee por estos lugares. Creo que es la cumbre de mi carrera laboral.

(Fue una jornada completa, de ocho horas: empezamos a caminar a las 8.30 y paramos a las 16.30, con pausas para el picoteo, según convenio. Pinchad en las fotos y se ampliarán. Me acompañó el saltarín de la primera imagen, Xabier Igoa. Él lo hizo gratis).




miércoles, 5 de diciembre de 2007

Conversar

Nadie reparte juego en las conversaciones como nuestro amigo Antonio, la persona más atenta que conozco. Es el Guardiola de las mesas multitudinarias. Cuando hay alguien nuevo, recién llegado o que apenas conoce al resto del grupo, Antonio siempre anda atento para que no quede fuera de la conversación, se interesa por él, le pregunta, le da bola para que participe. A veces se da cuenta de que la charla va muy lanzada por terrenos que todos conocen muy bien menos la persona recién llegada y entonces aprovecha una pausa para balbucear un par de palabras ("bueno..., entonces...") y, zas, pega un pase de cuarenta metros y cambia la conversación hasta el otro lado del campo, para que la bola llegue a la persona menos integrada del grupo.

A veces esos cambios de Antonio pillan por sorpresa a todos los demás y nos partimos de risa. Un suponer: una larga conversación entre padres sobre las consultas con el pediatra se interrumpe con un balbuceo de Antonio ("bueno..., entonces..."), un giro de cuello hacia la persona que está callada desde hace diez minutos y una pregunta como "entonces, ¿son muy duras las pruebas físicas para ser guardia municipal?".

También nos reímos con el legendario juego de las sillas de Antonio: en una comida multitudinaria, a partir del segundo plato empieza a cambiarse de sitio en la mesa, se va de una punta a otra, para charlar con los de aquí y los de allá. Nos reímos, él se ríe, pero consigue romper los grupitos y que todos acabemos hablando con todos. La palabra conversar viene del latín "vivir en compañía". En eso nadie es más hábil que Antonio.

Visito a menudo la casa de Antonio y Ester (y los pequeños Juan y Fátima). Incluso la he okupado durante días y semanas. A veces me da un poco de apuro presentarme allí o quedarme a dormir: es una casa con dos niños pequeños, con sus horarios de baños y cenas, con las lloreras de rigor y el silencio cuando por fin duermen, son un padre y una madre agotados después de un día con mucho ajetreo en casa y en el trabajo. Pero es una familia de hospitalidad beduina. La última vez que dormí en Pamplona, Antonio me invitó por mail con estas palabras: "Ven siempre que quieras. Nos gusta salir de nuestras conversaciones".

domingo, 2 de diciembre de 2007

Y si llega a tener un hijo budista, qué, ¿eh?

Ya es la segunda vez que chupo rueda de David Álvarez, el que dispara balazos con tanta puntería. David es también uno de los autores de la página recienoido.com, en la que recogen "frases, murmullos, diálogos y secretos oídos en las calles de Madrid". Esto de asomarse sólo cinco segundos a la vida de los demás y luego retirarse es un ejercicio muy interesante y divertido, pero también bastante inquietante: muestra que si nos pillan en un momento aislado, cualquiera de nosotros puede parecer un loco, un atontado, un genio, un sabio o un bestia.

Además, la captura de fragmentos de conversaciones es un ejercicio adictivo. Echadle un vistazo a la página de David y ya veréis cómo en los próximos días andáis con la antena puesta. Aquí va una pieza donostiarra que cacé este sábado.

Entré en una librería-papelería, justo cuando salía un cliente. Dentro no había nadie más que los dueños de la tienda: una señora y un treintañero, que parecían madre e hijo. Escuché esto:

Madre: Y si ese hombre hubiera tenido un hijo budista, qué, ¿eh?
Hijo: Mucha casualidad habría sido, ¡mucha casualidad!
Madre: Bueno, pues tú por si acaso no digas esas cosas.

Para qué recurrir a paparruchadas paranormales ikerjimenescas, si la vida corriente está llena de enigmas apasionantes. ¿Cuál habría sido ese comentario ofensivo para el padre de un budista?

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