martes, 18 de diciembre de 2007

La furgoneta de Belén

Cuando ayer a las 7.30 de la mañana me senté al volante, dentro de mi furgoneta había un argelino durmiendo. Sí, sí, un argelino: un señor de Argelia. Con bigote y todo.

Pero, claro, yo no lo sabía y al principio no vi nada. Ocurrió así. Llegué a la furgoneta a las 7.30, aún noche cerrada y gélida. Abrí la puerta del conductor, dejé en el asiento la mochila y la bolsa con las botas de monte, metí la llave en el contacto y la giré para encender el calentador del motor diésel. Salí de nuevo, retiré del parabrisas los periódicos que había puesto la víspera para evitar que se helara, volví a entrar y cerré la puerta. Entonces escuché una voz cercana: “Hola, buenos días”. Pensé que era la radio, que se habría encendido justo cuando un locutor saludaba. Pero estaba apagada. Me asomé por la ventanilla y saludé al coche aparcado a mi izquierda, “buenos días”, pensando que alguien me hablaba desde allí. No había nadie. Volví a oír un “hola” justo detrás de mí. Me giré y en la parte trasera de la furgoneta, en la penumbra, vi a un hombre medio agachado, levantándose, moviendo los brazos.

Pegué un grito. Y luego otro, ya articulado: “¿¡Qué haces ahí!?”. El hombre, con la cabeza inclinada bajo el techo de la furgoneta, me respondió muy nervioso, con acento árabe: “¡Tranquilo, tranquilo, yo sólo duermo, sólo duermo, no pasa nada!”. Mi vieja furgoneta melonera tiene dos filas de asientos y detrás un espacio de un par de metros de largo, donde estaba el hombre. Me bajé, fui hasta la puerta trasera y la abrí. “¡Pero qué haces aquí!”. “Sólo duermo, de verdad, ayer hace mucho frío y yo me meto para dormir”. “¿Y cómo has entrado?”. “Puerta de atrás estaba abierta”. Era un hombre de unos cuarenta y tantos. Vi que en el suelo de la furgo había tendido una de mis colchonetas, sobre la que distinguí un revoltijo de ropas y mantas. “Qué tienes, ¿un saco?”. “Tengo manta”. Entonces vi mi saco de dormir. El hombre lo había sacado de uno de los cajones de la furgoneta y había dormido dentro de él, tapado con su manta. Y como almohada había utilizado un montoncito de ropas de Francis. “Ya me voy, no te preocupes”. “Venga, tranquilo, no pasa nada”.

Mientras terminaba de calzarse y recogía su manta y sus ropas, abrí la puerta del copiloto para colocar mejor la mochila. El hombre pensó que yo sospechaba: “¡No he robado nada, no he robado!”. “Ya lo sé, tranquilo, tampoco podrías robar mucho en esta furgoneta”. “Si yo robo aquí, yo no duermo aquí, ¿entiendes?”. Entiendo. Pensé en el posible botín: la caja de herramientas, el saco de dormir, la cinta de Supertramp…

El hombre seguía nervioso, intentando recoger sus cosas a trompicones. Le dije que se calmara y le pregunte de dónde era. “Vivo en Egia, en una habitación, pero fui a mi país de vacaciones y ahora, a la vuelta, habitación ocupada”. “No, que de qué país eres, ¿Marruecos, Argelia?”. “Argelia, sí”. Ya se relajó un poco y me preguntó. “¿Ahora tú a trabajar?”. “Sí, sí”. Cuando por fin salió de la furgoneta, nos dimos la mano. Y me quiso tranquilizar: “Ya no vengo más, ¿eh?, hoy ya no duermo aquí, ¿vale?”.

Se marchó calle arriba, con su manta recogida en una bolsa, caminando con torpeza por el frío y el despertar repentino, aún de noche y con un grado bajo cero.

***

Antes de arrancar, miré de nuevo dentro de la furgoneta y vi una lata de atún. El hombre la había sacado de mi cajón-despensa, la había abierto pero no se la había comido. Por la tarde descubrí en un rincón un cojín blanco de la compañía aérea Alitalia. Me gustaría devolvérselo. Si alguien se encuentra con el argelino errante…

Durante el viaje hasta Zarautz, no dejé de pensar en el hombre, en la ronda que habría hecho la víspera, de coche en coche, probando puertas en la oscuridad para ver si alguna no estaba cerrada y podía pasar la noche a resguardo del hielo. Pensé en el alegrón que debió de llevarse al encontrar abierta la puerta de mi furgoneta, precisamente una furgoneta con sitio para tumbarse, colchonetas y saco de dormir. Aun así, recordé las pocas noches de helada que he pasado yo en esta furgoneta, forrado de ropa y metido dentro de dos sacos, y pensé que el hombre había tenido que pasar un frío de narices. Qué noche más dura, con tanto frío, tanta soledad y tanto miedo.

Y de pronto caí en la cuenta de que acababa de vivir la historia central de las Navidades. Porque la historia del argelino (una persona sola y marginada en tierra extraña, sin nadie que le abra una puerta, que no tiene dónde pasar las noches heladas y que acaba en un establo -tendríais que ver la furgoneta-) es en esencia la misma historia de aquella pareja de hace dos mil años, la del carpintero y la mujer embarazada, la que supuestamente conmemoramos estos días. Es una historia muy potente, una historia que merecería conmemorarse de verdad porque nos hace preguntarnos sobre nosotros mismos y sobre nuestra manera de tratar a los demás, es una pregunta tan directa que quizá por eso la acallamos con las luces de las calles, el estruendo de las compras y el jolgorio de los regalos. Quizá para no tener que aceptar que dos mil años después seguimos haciendo lo mismo: ignorar, temer o echar a quienes buscan refugio.


PD: ¿Y este señor de la foto? Pues es una de las primeras imágenes que sale en Google al teclear "argelino con bigote". Qué majo.


19 comentarios:

alvarhillo dijo...

Es muy duro tener que pasar las navidades durmiendo en la calle entre los escaparates opulentos y las lucecitas de navidad.
Por cierto, el señor de la foto es Agatángelo Soler y fué alcalde de mi ciudad. Lo que no sé es lo que hace entre las imágenes de argelinos con bigote.
Un saludo.

Paco Sancho dijo...

Ander: 10.

eresfea dijo...

Siempre del lado de las víctimas.

Marc Roig Tió dijo...

Pues haces que recapacitemos mucho sobre la Navidad. Muchas gracias.

IMANOL dijo...

Púes he pensado que has tecleado por error "argentino con bigote" (por que cara de argelino no tiene mucha, la verdad...), pero tecleando "argentino con bigote" me aparede: wikipedia: El mayordomo Keti, que vivió durante la dinastía VI, del Antiguo Egipto, es una de las más antiguas representaciones de un personaje adornado con un bigote.
Curiosa y, cada vez más típica, historia has vivido.

sintomático dijo...

Sí, la historia central de la Navidad tan manoseada y tan poco entendida. Bien por pararte a pensar y ayudarme a hacerlo a mí ahora.

Ander Izagirre dijo...

¡Agatángelo Soler! Acabo de buscarlo en Google y deduzco que eres alicantino, alvarhillo. Si no me equivoco, Alicante tiene una conexión especial con Argelia, ¿no? Me suena que mucha gente solía cruzar a Orán o a Argel a trabajar. Quizá esa foto venía en alguna página que hablaba de Alicante y de argelinos...

Por lo demás, sobre el asunto de la historia navideña, lo fácil es decirlo. La madre del cordero es hacer algo.

Lucía Martínez Odriozola dijo...

Mira, Ander, me da lo mismo que te haya sucedido o que sea uno de esos fantasmas que a veces nos sacuden el alma. No quería dejar de leer. Luego, he pensado que eso le podía haber sucedido a cualquiera, pero cuántas formas hay distintas de contar, de mirar la vida, incluso de taparse los ojos para no verla.
Una amigo, personaje de una de las novelas de Ramiro Pinilla, Ernesto Maruri, psicopsiquiatra o algo así, diría: Pero, tú... ¿por qué dejaste la puerta de la furgo melonera sin cerrar?

David Álvarez dijo...

ole

Caravinagre dijo...

La verdad que arruga el alma la historieta. La leí ayer y no pude comentar nada. Pero casi mejor, paseé un poco por la ciudad anoche al salir del trabajo. A veces miramos las esquinas, otras veces las escamoteamos. Ayer vi a unas cuantas personas que seguramente rogaban al cielo para que alguien les dejase la puerta de alguna furgo melonera abierta. O que alguien les hubiese invitado a pasar a algún lugar. Ninguna puerta estaba abierta y se preraban para pasar la noche en la calle. Creo que lo más terrible no es que ocurre, sino que es habitual. Ahí es donde más frío hace.

Un saludo,
Caravinagre

P.D.: Coincido con Lucía. El otro día hablando con un amigo sobre probabilidades: "Pero ¿por qué te pasó a tí?" Le podía haber pasado a cualquiera. O posiblemente pase habitualmente. Pero fue así.

alvarhillo dijo...

Tienes razón Ander. En lo de Argelia y en lo de que lo facil es decirlo. Pero tu lo cuentas de una manera y nos remueves de un modo que hace que nos planteemos que el dia que nos pase algo así nos impliquemos y no seamos meros espectadores

Lucía Martínez Odriozola dijo...

Por cierto, ¿dejaste la puerta de la furgo abierta la noche siguiente?

ardiendoaunclavo dijo...

Jo, Ander... Gracias por ayudarme a poner los pies sobre el piso.

Marta

Nahum dijo...

Para una renovada antología de relatos navideños. Si fuera ficción...

Arantxa dijo...

Ander, soy ARantxa. No se si te conte, creo que si, pero trabajo en CEAR (www.cear.es), una organizacion que trabaja con refugiados......quizas podriamos utilizar tu cuento para algo. Aun no se para que, pero define perfectamente la situacion de los refugiados en el mundo, la desproteccion.

Quizas, podríamos preparar para los proximas navidades una coleccion de cuentos sobre refugiados.......

Bueno, voy a darle una vuelta, a ver si, primero me lo cederías, y segundo, que uso bueno le podría dar.

Besos, y Feliz Navidad,

Arantxa

Ander Izagirre dijo...

Por supuesto, Arantxa, úsalo para lo que quieras. A cambio quizá te haga una consulta con algo relacionado con refugiados, ya te contaré.

Anónimo dijo...

He leído la historia del argelino, y un vez más, me ha dado escalofríos.
Titu y mi hermano se reían de mí cuando expuse mi teoría de la propiedad y de la economía, pero deberíamos tender a conseguirlo. Yo digo que la propiedad ni es privada "tuya" ni es privada "mía", sino colectiva, que las posesiones "ni se crean ni se destruyen", sino que se pasan de mano en mano. Cuando tenga hijos, no quiero que les regalen ni un sólo peluche, y a partir de ahora, si llega la ocasión, se los haré yo a mano, a la pequeña Uxue.
Gracias Ander, por no dejarnos dormir en la comodidad, y despertar la conciencia revolucionaria que empezaba a dormirse de nuevo. Maite

Antonio M. dijo...

Maravilloso.

frescopy@gmail.com dijo...

Ander, campeón, qué bueno leer otra historia tuya, así, como del día a día, y contada bien. Reconozco en tu relato y en los comentarios el papel terapéutico de la narrativa. Ya te dije. Estoy tan picado con la crónica que en una hora me voy pasar la noche de Navidad a Chipilo, una colonia de italianos a 2 horas del DF que han sido protagonistas de mi última crónica, que espero salga en un mes o dos. Y en unos días a Paraguay, adivina para qué. Pero bueno, justo ayer me encontré esto, una de esas introducciones a los cursos de narrativa que hablan del bálsamo que es leer una buena historia entre montones de datos duros. Tiene anécdotas muy chulas quizás nada nuevo pero te la copio: http://www.seminariodenarrativayperiodismo.com/pdfs/ponencia-roberto-herrscher-2011.pdf Ondo izan eta urbe berri on. P.

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